El marido de Carla Donatto se ocupó del entierro, incluso de conseguir un certificado de defunción falso donde decía que Gloria Echagüe había muerto de muerte natural. Todo se hizo con la velocidad de un rayo, y la mujer de Pedro Chazarreta fue enterrada en menos de 48 horas. Pero una semana después su madre, que vivía en el exterior y con la que Echagüe mantenía una relación distante desde su casamiento con Chazarreta, se permitió dudar. Viajó al país, fue a visitar la tumba de su hija, hizo preguntas. Las respuestas no la convencieron. Dudó más aún. Y con ella, por fin, empezaron a dudar todos. El fiscal pidió la exhumación del cadáver y después de pericias y otras diligencias judiciales la verdad salió a la luz: Gloria Echagüe fue degollada fuera de su casa y arrastrada hasta donde se la encontró, luego de que alguien rompiera con una piedra bola la puertaventana de vidrio. El asesino y sus eventuales cómplices limpiaron meticulosamente la sangre que había manchado la galería, borraron sus huellas, acomodaron la escena del crimen y, recién después, se fueron sin que nadie los viera. Nunca se encontró el arma homicida.
Fotos de Gloria Echagüe, fotos de Pedro Chazarreta, fotos de los dos juntos. Fotos de cuando eran jóvenes, fotos actuales. Fotos de Gloria Echagüe con unas amigas. Fotos de Chazarreta con unos amigos. Fotos de la pareja el día de su casamiento. Fotos de viajes. Fotos de Chazarreta el día del entierro de su mujer. Fotos de Chazarreta el día del inicio del juicio en su contra. Fotos de Chazarreta cuando lo llevan a cumplir con la prisión preventiva. Fotos de Chazarreta libre. Un breve comentario de aquel momento de Jaime Brena, el único periodista que pudo entrevistar a Chazarreta. Pero nadie tiene aún, claro, la foto de Chazarreta muerto. Corte.
Entonces Lorenzo Rinaldi le dice al pibe de Policiales: no vamos a ser los primeros pero tenemos que ser los mejores, y le saca el teléfono de la mano.
Nurit Iscar va a su computadora y tipea una a una las direcciones de los primeros diarios on line y agencias de noticias que le vienen a la memoria: La Nación, Clarín, El Tribuno, Página/12, Telam, Tiempo Argentino, Perfil, Crónica, La Gaceta, La Voz del Interior, La Primera de la Mañana. Y mientras lo hace piensa cuánta gente, a medida que se vaya enterando de la noticia, dirá: se hizo justicia. Lo mismo que concluía Jaime Brena unas horas antes, cuando escribía los datos que le pasaba el comisario Venturini en el papelito rosa que luego tiró en el tacho de basura del pibe de Policiales, y que ahora está sobre el escritorio de Rinaldi. Porque si bien la Justicia propiamente dicha, la de los jueces y los tribunales, dejó libre a Chazarreta por falta de mérito, la gran mayoría de los habitantes del país, equivocados o no, creen todavía hoy que Chazarreta fue quien degolló a su mujer. O la mandó degollar. Sin embargo, ella, Nurit Iscar, se permite la duda, sólo por eso de la falta de prueba. Aunque entiende el argumento de los otros: ¿por qué hacer pasar por accidente algo que a las luces del más tonto no lo era?, ¿por qué no darle intervención inmediata a la policía?, ¿por qué conseguir un certificado de defunción falso?, ¿puede gente educada en los mejores colegios y universidades ser tan ignorante? Pero sigue sin aparecer la prueba contundente, el arma homicida con sus huellas, un testigo, el ADN tomado de un pelo, del sudor, de otra sangre, lo que fuera que lo condene irrefutablemente; y entonces ella, aunque se equivoque, prefiere dudar. Debe dudar. No importa lo que sienta, lo que intuya. No hay pruebas. No importa cómo le caiga Chazarreta. Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Y ella no sabe si Pedro Chazarreta es inocente, pero sí que no se pudo demostrar que no lo fuera. No es el caso de Jaime Brena ni del 99,99% de la población: ellos no tienen dudas de que ese hombre es el asesino de su mujer. O que la mandó matar. O que sabe quién lo hizo y por qué, y se lo calla. Lo mismo da: culpable. Sin embargo, la justicia no es democrática, no se vota quién es culpable o no como se hace para elegir a un presidente o a un gobernador. Si lo fuera, si la justicia fuera un recuento de votos de la opinión pública, seguramente se habrían cometido varios errores. No siéndolo, también se los comete. Mientras Nurit revisa las noticias de último momento para ver si encuentra alguna información más acerca de la muerte de Chazarreta, evoca una a una las expresiones posibles que imagina pronunciadas a medida que cada persona conozca esa noticia. “Se hizo justicia”, “a la larga el que tiene que pagar, paga”, “Dios es justo”, “quien mal anda mal acaba”. En el mismo momento en que lo supo ella, o frente al noticiero de la noche, o con el diario de mañana por la mañana, en el departamento frente al suyo, en el de abajo, en el de la otra cuadra, en el café de la esquina. Hace doble click en la entrada del diario La Primera, ve que ya hay un breve informe de Zippo. Pero no bien comienza a leer, el sonido del teléfono la distrae y, aunque no atiende -nunca atiende sin que antes lo haga el contestador y la voz se identifique de manera que ella pueda decidir si toma el llamado o no-, tampoco sigue leyendo a la espera de que el sonido deje de quitarle concentración en la lectura y segura de que, una vez que la voz se identifique, rechazará el llamado. Pero la voz, esa voz, y la forma en que la nombra, la dejan tan helada como estuvo hace un rato cuando leyó la placa que decía Pedro Chazarreta degollado. Más helada. Hola, Betibú, oye que le dicen, y luego, llamame, mataron a Chazarreta y me gustaría que esta vez sí te ocupes del asunto. Y luego cortan. O corta. Sonido de ocupado. El contestador se detiene. Quien llamó se olvidó de decir quién era, o no se olvidó sino que tiene la certeza de que Nurit Iscar sabrá quién hizo el llamado. Y así es, ella sabe. No hace falta decirlo. Hay sólo un hombre en el mundo que todavía hoy puede llamar a Nurit con ese nombre, Betibú, un hombre que apenas al oír su voz le hace estremecer dentro de ella lugares que Nurit Iscar tiene casi olvidados: Lorenzo Rinaldi. Y es a él -y en menor medida al mismo Chazarreta, o al crimen que la mayoría de la población está convencida de que Chazarreta cometió- a quien Nurit Iscar, Betibú, le debe que luego de una exitosa carrera literaria -medida según algunos de los parámetros que en la literatura pueden medir éxito para unos y fracaso para otros- no haya vuelto nunca a escribir una sola novela propia, y haya decidido ganarse la vida siendo la escritora fantasma de gente que quiere contar cosas que a Nurit le importan tan poco como Desarma los nudos. Hola, Betibú, Nurit rebobina y escucha la cinta por lo menos cinco veces, Hola, Betibú, como si quisiera confirmar quién es que llama pero sin dudarlo un solo instante.
No contesta el llamado, sabe que Lorenzo Rinaldi volverá a llamar, en un rato, en un par de horas. Sabe que Rinaldi no se conforma fácilmente si no tiene lo que quiere. Y sabe también que no le quedará, a ella, Nurit Iscar o Betibú, más que atenderlo.
CAPÍTULO 05
Nurit y Lorenzo Rinaldi se conocieron en el año 2005 en un programa de televisión en el que coincidieron como invitados. Ella acababa de publicar Morir de a ratos, su tercera novela, que una vez más ascendía a los rankings de libros más vendidos no bien llegaba a las librerías. Él venía de recibir un premio en España por su trayectoria periodística, y en esos días aparecía como novedad editorial su libro de no ficción ¿Quién manda? Poder real de los medios en la Argentina del siglo XXI. El primer encuentro no fue en el set de grabación sino en la sala de maquillaje. Cuando Nurit entró él ya estaba sentado en una butaca alta -parecida a las que usan los peluqueros de hombres- con una capa de plástico puesta sobre los hombros para que los cosméticos no le mancharan el traje. A ella la ubicaron en el sillón de al lado. No bien se sentó, Nurit le advirtió al maquillador que le gustaba verse sencilla, natural. Tapame las arrugas, eso sí, pero que no se note, pidió. Rinaldi se sonrió a su lado. ¿Qué arrugas?, preguntó y ella, que sintió que se ruborizaba incluso unos segundos antes de que el color rojo dominara su cara, se excusó señalando sus mejillas: tengo rosácea. Ah, dijo él, y se sonrió otra vez. Luego quedaron en silencio mientras los maquilladores hacían su trabajo, pero dos o tres veces cruzaron la mirada a través del espejo. Antes de irse Rinaldi se acercó, esta vez mirándola abiertamente, pero no le habló a ella sino al maquillador: Lindos rulos, ¿no? Preciosos, contestó el hombre que sacudió el pelo negro de Nurit para que esos lindos rulos se armaran mejor. Ella se sintió incómoda. Se preguntó si la incomodidad sería por sentirse observada, o por recibir un piropo, o por la entrevista, o por el maquillaje, o por la rosácea. Con cada reportaje, como con cada vuelo en avión, en lugar de estar más tranquila sentía más cercana la posibilidad de estrellarse. Y era indefectible que antes y durante la entrevista -igual que cuando se ajustaba el cinturón en el momento de despegar- se preguntara: por qué estoy acá. Pero ahí estaba, otra vez. Para distraerse se puso a contar los cepillos de distintos tamaños que el maquillador había desplegado sobre la mesada: catorce; y luego contó los colores de la paleta de sombras: sesenta y cuatro. Apoyame la cabeza en el respaldo y mirame para abajo, mamita, le dijo el maquillador porque Nurit no lograba dejar de pestañear mientras él intentaba ponerle el rímel. ¿No viste qué bien que se portó tu compañero, que ya está listo?, señaló el hombre mientras Lorenzo Rinaldi se sacaba la capa. Nos vemos en el estudio, le dijo Rinaldi a Nurit y salió. De alguna manera, el hecho de que ya no hubiera testigos la alivió y el maquillador pudo terminar con su trabajo decentemente. ¿Quién es?, le preguntó ella mientras el hombre daba por concluido el maquillaje esparciéndole un poco de polvo volátil en los pómulos. Lorenzo Rinaldi, el director del diario El Tribuno, ¿no lo conocés? Sí, claro, de nombre y de leerlo, sí, pero no le conocía la cara, contestó Nurit. Uno de los hombres más inteligentes del país, siguió el maquillador, y uno de los más jodidos, concluyó. Y Nurit muchas veces después de aquel día se preguntó por qué le dio tanta importancia a la inteligencia de Lorenzo Rinaldi y descartó la segunda parte de la frase del maquillador que la habría protegido de unas cuantas noches en vela y de llantos descontrolados.