– Sí, señor, con identificación -dijo el hombre, que miraba a Rebus como si fuese el jefe de una banda de atracadores.
Volvió a pasarle el auricular y el de la empresa de seguridad le dio el número que quería. Rebus marcó y esperó.
– Diga.
– ¿Señor Sturges?
– Al habla.
– Mire, lamento molestarle a estas horas. Soy el inspector John Rebus y le llamo desde la entrada de su empresa.
– No me diga que han intentado robar. -Emitió un profundo suspiro diciéndose que iba a tener que vestirse y llegarse allá.
– No, señor, únicamente necesito unos datos sobre uno de sus empleados.
– ¿Y no puede aguardar a mañana?
– Me temo que no.
– Bien. ¿De quién se trata?
– De Ryan Slocum.
– ¿Ryan? ¿Qué sucede?
– Una enferma grave, señor -dijo Rebus valiéndose de la habitual mentira-. Una anciana pariente suya. Necesitan la autorización del señor Slocum para operar.
– ¡Santo cielo!
– Por eso es urgente.
– Sí, claro. -Siempre daba resultado lo de las abuelas en peligro de muerte-. Bueno, no conozco de memoria la dirección de mis empleados.
– ¿Pero conoce la del señor Slocum?
– He ido un par de veces a cenar a su casa.
– ¿Está casado?
Una esposa. No se había imaginado a John Biblia casado.
– Su mujer se llama Una. Son una pareja encantadora.
– ¿Y la dirección, señor?
– Bueno, ¿no prefiere el número de teléfono?
– En realidad, las dos cosas. Así, si no está en casa podemos enviar a alguien a que le espere.
Rebus anotó los datos, le dio las gracias y colgó.
– ¿Sabe usted por dónde se va a Springview? -preguntó al vigilante.
Capítulo 35
Springview era un área residencial moderna en la carretera de la costa al sur de la ciudad. Rebus aparcó fuera de Three Rankeillor Close, apagó el motor y contempló la casa. Delante de ella un jardín con el césped cortado, rocalla, matas y parterres. Sin valla ni seto de separación con la calle. Igual que las otras casas.
La construcción era nueva con dos pisos y tejado a dos aguas. A su derecha estaba el garaje y en una de las ventanas se veía un aparato de alarma. A pesar de las cortinas, en el cuarto de estar había luz. El coche aparcado en la grava era un Peugeot 106 blanco.
– Ahora o nunca, John -dijo para sus adentros dando un profundo suspiro al apearse.
Se dirigió a la puerta, tocó el timbre y retrocedió. Si abría el propio Ryan Slocum, quería estar apartado. Recordó el entrenamiento del Ejército para combate sin armas y la vieja máxima: disparar primero y preguntar después. La que habría debido recordar en Burke's.
Detrás de la puerta se oyó la voz de una mujer:
– Sí. ¿Qué desea?
Comprendió que le observaban por la mirilla y volvió a dar un paso al frente para que le viese la cara.
– ¿Señora Slocum? -dijo alzando su placa-. Departamento de Policía, señora.
La puerta se abrió de par en par. Era una mujercita delgada, con bolsas oscuras bajo los ojos y pelo negro corto y despeinado.
– Oh, Dios mío, ¿qué ha sucedido? -preguntó con acento norteamericano.
– Nada, señora. ¿Por qué iba a pasar nada?
Su rostro expresó alivio.
– No sé dónde está Ryan -dijo sorbiéndose unas lágrimas y buscando un pañuelo, pero se dio cuenta de que no tenía y le dijo a Rebus que pasara.
El la siguió a una sala bien amueblada, y mientras ella cogía un kleenex, aprovechó para descorrer levemente las cortinas de la ventana. Así podría ver si llegaba un BMW azul.
– Quizá se ha quedado trabajando -dijo, sabiendo de antemano la respuesta.
– Ya llamé a la oficina.
– Ah, bien; pero como es jefe de ventas, ¿no habrá tenido que acompañar a algún cliente?
– Él siempre me llama. En eso es muy cumplido.
Cumplido: extraño vocablo. La habitación tenía el aspecto de las que se limpian antes que se ensucien. Una Slocum debía de ser muy hacendosa. Preocupada, no cesaba de retorcer en sus manos el kleenex.
– Procure calmarse, señora Slocum. ¿Tiene algún tranquilizante?
Seguro que tenía algún fármaco a mano.
– Está en el baño. Pero no quiero tomarlo. Me atonta.
Al fondo del salón había una mesa de comedor de caoba y seis sillas ante una estantería de tres cuerpos con muñecas de porcelana e iluminación indirecta. Objetos de plata y ninguna foto familiar.
– ¿Quizás algún amigo podría…?
La señora Slocum se sentó y volvió a levantarse.
– ¿Quiere tomar un té, señor…?
– Rebus. Inspector Rebus. Sí, estupendo.
«Que haga algo y se entretenga.» La cocina era apenas más pequeña que la sala. Rebus echó un vistazo al jardín trasero. Allí sí que había valla y no era fácil que Ryan Slocum entrara en la casa sin ser visto. Rebus estaba atento a cualquier sonido de coches…
– Me ha dejado -dijo la mujer, deteniéndose en medio del cuarto con la tetera en una mano y el hervidor en la otra.
– ¿Por qué dice eso, señora Slocum?
– Falta una maleta… y ropa.
– ¿Y no será cuestión de negocios? ¿Algo urgente?
Ella negó con la cabeza.
– Habría dejado una nota o algo, un recado en el contestador.
– ¿Lo ha comprobado?
Ella asintió con la cabeza.
– He estado todo el día en Aberdeen, de compras y dando una vuelta, y cuando volví, no sé cómo decirle, encontré la casa distinta, más vacía. Me di cuenta enseguida.
– ¿Pero había insinuado algo de irse?
– No. -Intentó esbozar una sonrisa-. Pero una mujer casada lo sabe, inspector. Hay otra mujer.
– ¿Otra mujer?
Una Slocum asintió con la cabeza.
– ¿No es lo que pasa siempre? Últimamente ha estado tan…, no sé, distinto. De mal humor, distraído…, mucho tiempo fuera de casa, cuando yo sabía que no tenía reuniones de trabajo. -Subrayaba lo que decía con inclinaciones de cabeza-. Se ha marchado.
– ¿Y no tiene idea de dónde puede haber ido?
Negó con la cabeza.
– Donde esté ella.
Rebus volvió al salón y miró entre las cortinas pero no vio ningún BMW. Notó una mano en el brazo y se volvió sobresaltado. Era Una Slocum.
– Me ha dado un susto de muerte -dijo.
– Ryan siempre me reprocha lo silenciosa que soy. Es por la alfombra.
Metros y metros de Wilton de centímetro y medio.
– ¿Tienen ustedes hijos, señora Slocum?
Ella negó con la cabeza.
– Creo que a Ryan le habría gustado tener un hijo. Quizá por eso…
– ¿Cuánto tiempo llevan casados?
– Mucho. Quince años; casi dieciséis.
– ¿Dónde se conocieron?
Ella sonrió rememorando el pasado.
– En Galveston, Texas. Ryan era ingeniero y yo trabajaba de secretaria en la misma empresa. El había emigrado de Escocia poco antes. Se notaba que echaba de menos su tierra, y yo sabía que acabaríamos viniendo aquí.
– ¿Cuánto tiempo hace que viven aquí?
– Cuatro años y medio.
Cuatro años y medio sin ningún asesinato. Tal vez John Biblia había abandonado su retiro para una faena concreta.
– … Por supuesto -añadió Una Slocum-, de vez en cuando vamos a ver a mis padres. Viven en Miami. Y Ryan va a Estados Unidos por negocios tres o cuatro veces al año.
Hombre de negocios: Rebus añadió un dato a lo que había pensado. O quizá no.
– ¿Suele ir a la iglesia, señora Slocum?
Ella se le quedó mirando.
– Cuando nos conocimos, sí. Luego dejó de hacerlo, pero últimamente ha vuelto a ir.
Rebus asintió con la cabeza.
– ¿Podría echar un vistazo? A lo mejor hay algún indicio de dónde ha ido.
– Pues… sí, supongo que sí. -Se oyó el clic del hervidor al desconectarse-. Voy a servir el té -añadió ella volviéndose para ir a la cocina, pero se detuvo y se dio la vuelta-. ¿A qué ha venido usted, inspector?