«Bannock será el primer yacimiento de T-Bird Oil sujeto a un estricto desmantelamiento», leyó. Al parecer había siete opciones, desde dejarlo tal como estaba hasta un desmantelamiento integral. La «modesta propuesta» de la empresa era dejar la estructura y aparcar el tema para más adelante.
«Ah, sorpresa -dijo Rebus para sus adentros, al leer-: si se dejaba aparcado habría fondos para futuras prospecciones y desarrollo.»
Guardó los folletos en el sobre y los metió en el cajón para seguir con el papeleo. Debajo del montón había un fax; era de Stuart Minchell, remitido la víspera a las siete de la tarde: más detalles sobre los dos compañeros de trabajo de Alian Mitchison. El que trabajaba en el terminal de Sullom Voe se llamaba Jake Harley y estaba de vacaciones en las Shetland haciendo senderismo y algo de ornitología, por lo que seguramente no se habría enterado aún del fallecimiento de su amigo. El que trabajaba en el mar se llamaba Willie Ford y cumplía el período de trabajo de dieciséis días y, «naturalmente», se habría enterado.
Cogió el teléfono, sacó del cajón la nota de cortesía de Minchell, miró el número y marcó las cifras. Era temprano. Daba igual…
– Personal.
– Stuart Minchell, por favor.
– Al habla.
Premio: Minchell era un hombre de empresa madrugador.
– Señor Minchell, soy el inspector Rebus.
– Inspector, tiene suerte de que haya contestado al teléfono. Generalmente dejo que suene, pues es la única manera de sacar adelante algo de trabajo antes de que empiecen las prisas.
– Le llamo por su fax, señor Minchell. ¿Por qué dice que Willie Ford se habría enterado «naturalmente» de la muerte de Alian Mitchison?
– Porque trabajaban en el mismo turno, ¿no se lo dije?
– ¿En el mar?
– Sí.
– ¿En qué plataforma, señor Minchell?
– ¿No se lo dije también? En Bannock.
– ¿La que queda aparcada?
– Sí. Nuestro departamento de relaciones públicas tiene mucho trabajo allí. -Guardó silencio-. ¿Es importante, inspector?
– Probablemente no -respondió Rebus-. Gracias, de todos modos -agregó; colgó y tamborileó con los dedos sobre el auricular.
Salió y se compró para desayunar un bocadillo de carne encebollada en conserva. El panecillo tenía mucha miga y se le pegaba al paladar. Se tomó un café. Al volver al «cobertizo», Bain y Maclay estaban ya en sus mesas con las piernas en alto, leyendo la prensa sensacionalista. Bain comía un donut y Maclay una salchicha.
– ¿Informes de confidentes? -preguntó Rebus.
– Nada de momento -dijo Bain, sin levantar la vista del periódico.
– ¿Y de Tony El?
Maclay respondió:
– Hemos distribuido la descripción a toda la policía escocesa, pero no han contestado.
– Llamé al DIC de Grampian -añadió Bain- para decirles que indagasen en el restaurante indio de Mitchison, y parece que era cliente habitual. Tal vez sepan algo.
– Muy bien pensado, Dod -dijo Rebus.
– ¿Verdad que no es sólo un niño bonito? -comentó Maclay.
La previsión meteorológica anunciaba sol y chaparrones. A Rebus, en coche camino de Ratho, se le antojaban rachas de diez minutos entre nubarrones y rayos de sol. Cielo azul y otra vez nubes. Y en determinado momento comenzó a llover cuando el cielo parecía despejado.
Ratho estaba situada entre tierras de cultivo que bordeaba al norte el canal Union, muy concurrido en verano para dar un paseo en barco, dar de comer a los patos o almorzar en el restaurante de la orilla. Quedaba a menos de un kilómetro de la M8 y a tres del aeropuerto Turnhouse. Se dirigía allí por Calder Road, confiando en su sentido de la orientación. La casa de Fergus McLure estaba en Hallcroft Park y sabía que era fácil de encontrar, pues el pueblo estaba formado por una docena de calles, y, además, McLure trabajaba en su domicilio. No le había telefoneado previamente para que no estuviera prevenido.
A los cinco minutos de llegar había localizado Hallcroft Park; aparcó ante la casa de Fergie y llamó a la puerta. No contestaba nadie. Volvió a tocar el timbre. Los visillos de la ventana no le dejaban ver el interior.
– Debería haber telefoneado -musitó.
En aquel momento pasó una mujer con un terrier tirando de la correa y resoplando al olisquear el suelo.
– ¿No está? -dijo la mujer.
– No.
– Qué raro; tiene ahí el coche -agregó mientras señalaba con la cabeza un Volvo aparcado, antes de que el perro se la llevase a rastras.
Era una ranchera azul 940. Rebus miró por las ventanillas pero no vio más que un interior impecablemente limpio. Echó un vistazo al cuentakilómetros y marcaba muy pocos. Coche nuevo. Los neumáticos ni siquiera habían perdido el brillo.
Volvió al suyo, con un kilometraje cincuenta veces superior al del Volvo, y decidió regresar a Edimburgo por Glasgow Road, pero cuando iba a cruzar el puente del canal vio, al otro lado, un coche de policía en el aparcamiento del restaurante, justo en la rampa de bajada al canal, y a su lado una ambulancia. Frenó y entró en el aparcamiento dando marcha atrás para acercarse al sitio. Le salió al paso un agente haciéndole señales de que se alejara, pero él ya tenía la placa en la mano. Aparcó y bajó del coche.
– ¿Qué ha pasado? -inquirió.
– Alguien se tomó un baño vestido.
El agente siguió a Rebus por la rampa hasta el embarcadero. En los amarres había barcos de paseo y un par de turistas que parecían haber desembarcado de uno de ellos. Llovía otra vez y las gotas punteaban la superficie del agua. Los patos habían desaparecido al ver que sacaban un cadáver chorreando y lo depositaban sobre los tablones de madera del embarcadero. Un hombre con aspecto de médico procedía a auscultarlo con expresión de pocas esperanzas. El restaurante tenía abierta la puerta trasera, desde donde el personal contemplaba la escena con interés y horror.
El médico negó con la cabeza. Uno de los turistas, la mujer, comenzó a llorar y su compañero le cogió la videocámara y le pasó una mano por los hombros.
– Resbalaría y al caer se golpearía en la cabeza -comentó alguien.
El médico examinó la cabeza del muerto y descubrió una brecha.
Rebus dirigió la mirada hacia el grupo del restaurante.
– ¿Alguien ha visto algo? -Todos negaron con la cabeza-. ¿Quién dio parte?
– Yo -contestó la turista, con acento inglés.
Rebus se volvió hacia el médico.
– ¿Cuánto tiempo llevaría en el agua?
– Soy médico de cabecera, no un experto, pero, de todos modos, yo diría que… no mucho. Desde luego no toda la noche.
Del bolsillo de la chaqueta del ahogado rodó un objeto que fue a encajarse entre dos tablones. Un frasco marrón con tapón rojo de plástico. Pastillas por receta. Rebus miró la cara abotargada, relacionándola con un hombre mucho más joven, un hombre que él había interrogado en 1978 por su vinculación con Lenny Spaven.
– Es de aquí -dijo a los agentes y al médico-. Se llama Fergus McLure.
Trató de hablar con Gill Templer por teléfono pero no pudo localizarla y le dejó media docena de recados en distintos lugares. De vuelta a casa, limpió sus zapatos, se puso su mejor traje, cogió la camisa menos arrugada y la corbata más discreta (excluida la de luto).
Se miró en el espejo. Duchado y afeitado, con el pelo seco y peinado. El nudo de la corbata bien hecho, y por una vez había localizado un par de calcetines iguales. Se veía bien, pero no le convencía del todo.
Era la una y media y había que ir a Fettes.