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– ¿Tiene algún problema con las máquinas?

– Diez segundos, y ya empieza con las preguntas. Espere que traiga unos vasos.

Fue a la cocina y cerró la puerta tras de sí, recogió los recortes de prensa y los periódicos de la mesa y los metió en uno de los armaritos. Enjuagó dos vasos y los secó despacio, mirando a la pared. ¿Qué querría? Información, desde luego. Le vino a la cabeza la cara de Gill. Ella le había pedido un favor y había muerto un hombre. En cuanto a Kayleigh Burgess… tal vez había tenido la culpa del suicidio de Geddes. Salió con los vasos y se la encontró en cuclillas ante el equipo de música, leyendo los títulos de los discos.

– Nunca he tenido tocadiscos -le dijo.

– Me han dicho que se van a poner de moda -comentó él mientras abría el Macallan y servía las bebidas-. Lo que no tengo es hielo, aunque podría arrancar un trozo del congelador.

– Solo está bien -dijo ella, levantándose y cogiéndole el vaso.

Vestía vaqueros negros ajustados, descoloridos en la entrepierna y las rodillas, y una cazadora vaquera forrada de borreguito. Advirtió que tenía los ojos algo saltones y las cejas arqueadas, sin depilar, pensó. Los pómulos marcados.

– Siéntese -dijo.

Ella se sentó en el sofá, con las piernas levemente separadas, los codos apoyados en las rodillas y sosteniendo el vaso a la altura del rostro.

– ¿No es el primero que toma hoy, verdad? -inquirió.

Rebus dio un sorbo y dejó el vaso en el brazo del sillón.

– Puedo dejarlo cuando quiera. ¿No ve? -contestó y le mostró las manos vacías.

Ella sonrió y bebió, observándole por encima del vaso. Rebus trató de interpretar su actitud. ¿Coqueta, descarada, tranquila, expectante, calculadora, risueña?

– ¿Quién le dijo lo de la investigación? -preguntó.

– ¿Quiere decir quién informó a los medios de comunicación o a mí personalmente?

– Lo mismo da.

– No sé de dónde salió, pero un periodista se lo contó a otro y corrió la noticia. A mí me llamó una amiga de Scotland on Sunday que sabía que estábamos cubriendo el caso Spaven.

Rebus se puso a pensar: Jim Stevens, al margen de la escena como si fuera el director de escena. Stevens, destinado en Glasgow. Chick Ancram, de Glasgow. Seguro que Ancram sabía que Rebus y Stevens hacía tiempo…

Cabrón. No le extrañaba que no le hubiera invitado a llamarle Chick.

– Es como un mecanismo.

– Me parece que ya sé de dónde procede.

Sonrió levemente.

Cogió la botella y la dejó al alcance de la mano. Kayleigh Burgess se reclinó en el respaldo del sofá y se sentó sobre las piernas recogidas, mirando en derredor.

– Bonito cuarto. Es muy espacioso.

– Necesita una mano de pintura.

Ella asintió con la cabeza.

– Las molduras, desde luego, y quizá la ventana. Pero yo eso lo eliminaría. -Se refería a un cuadro que había encima de la chimenea; una barca de pesca en el muelle-. ¿Dónde es?

– Un lugar ficticio -respondió Rebus, encogiéndose de hombros.

A él tampoco le gustaba el cuadro pero no hasta el extremo de deshacerse de él.

– Podría también rascar la pintura de la puerta -prosiguió ella-, quedaría bien en su tono natural. Acabo de comprarme un piso en Glasgow -añadió al interpretar su mirada inquisitiva.

– Me alegro.

– Los techos son muy altos para mi gusto, pero…

Se interrumpió al darse cuenta del tono con que Rebus había hecho el cumplido.

– Lo siento. Soy un poco anticuado para chismorrear.

– Pero no para la ironía.

– Tengo mucha práctica. ¿Qué tal va el programa?

– Pensé que no quería hablar de eso.

Rebus alzó los hombros.

– Será más interesante que Bricolaje en casa -replicó, mientras se levantaba para volver a llenar los vasos.

– Va bien -dijo ella, mirándole, pero él no levantaba la vista del vaso-. Iría mejor si usted se dejase entrevistar.

– No -respondió él cuando volvió al sillón.

– No -repitió ella-. Bien, pues con usted o sin usted el programa seguirá adelante. Ya está estructurado. ¿Ha leído el libro de Spaven?

– No soy un gran lector de ficción.

Ella se volvió hacia los numerosos libros que había al lado del equipo de música, que desmentían la afirmación.

– He conocido a pocos presos que no proclamen su inocencia -prosiguió Rebus-. Es un mecanismo de supervivencia.

– Y tampoco se habrá tropezado con un error de la justicia, ¿no?

– He visto muchos. Pero el «error» suele producirse cuando el criminal queda impune. Todo el sistema judicial es un error.

– ¿Puedo citar la fuente?

– Esta conversación es estrictamente extraoficial.

– Pues déjelo bien claro antes de decir las cosas.

– Extraoficial -insistió él, alzando un dedo.

Ella asintió con la cabeza y alzó su vaso para brindar.

– Por los comentarios extraoficiales.

Rebus se llevó el vaso a los labios pero no bebió. El whisky comenzaba a relajarle, fundía el cansancio y su dolorida cabeza. Un cóctel peligroso. Sabía que desde ese momento tenía que ir con mucho más cuidado.

– ¿Algo de música? -dijo.

– ¿Un sutil cambio de conversación?

– Preguntas, preguntas -replicó él, poniendo la cinta Meddle.

– ¿Qué es? -preguntó ella.

– Pink Floyd.

– Ah, me gusta. ¿Su nuevo disco?

– No precisamente.

Le dio pie para que le hablara de su trabajo y cómo se había dedicado a aquella profesión y ella le contó su vida hasta la niñez, interrumpiéndose de vez en cuando para preguntarle algo de su pasado, pero él negaba con la cabeza y la obligaba a seguir con su historia.

«Necesita parar -pensó-; un descanso.» Pero ella estaba obsesionada por su trabajo, y quizás aquella conversación era la máxima concesión que se hacía, sólo porque con él era como si trabajara. Volvió a surgir lo de la culpa; culpa y ética. Le vino a la cabeza una historia: Primera Guerra Mundial, Navidad, los enemigos salen de sus trincheras a darse la mano y jugar un partido de fútbol, para volver de nuevo a las trincheras a coger las armas…

Al cabo de una hora y cuatro whiskies, ella se había tumbado en el sofá con una mano detrás de la cabeza y la otra en el estómago. Se había quitado la cazadora y ahora se subía las mangas de la camiseta: la lámpara convirtió en filamentos dorados el vello de sus brazos.

– Será mejor que llame a un taxi… -dijo con voz queda, con el Tubular Bells de fondo-. ¿Y éste quién es?

Rebus no contestó. Era innecesario: se había rendido al sueño. Podía despertarla, ayudarla a subir a un taxi. Podía llevarla a casa; a aquella hora, Glasgow estaba a menos de una hora de coche. Pero la tapó con el edredón y dejó la música tan baja que casi no se oían las entradas de Viv Stanshall. Fue a sentarse en un sillón junto a la ventana y se tapó con un abrigo. La calefacción de gas caldeaba el cuarto. Esperaría a que se despertase y se ofrecería a llamar a un taxi o bien a hacer de chofer. Ella diría.

Tenía mucho que pensar, mucho que planear. Y una idea para el día siguiente, Ancram y la investigación. Estaba perfilándola, dándole forma, consolidándola. Mucho que pensar…

Le despertó la luz de las farolas de la calle y tuvo la sensación de no haber dormido mucho; miró hacia el sofá y vio que Kayleigh no estaba. Iba a cerrar de nuevo los ojos cuando advirtió que en el suelo estaba la cazadora vaquera.

Se levantó medio adormecido; ahora deseaba despejarse. La luz del recibidor estaba encendida y la puerta de la cocina, abierta. También había luz…

La encontró junto a la mesa, con dos paracetamol en la mano y un vaso de agua en la otra. Y los recortes de prensa esparcidos, delante. Dio un respingo al verle y a continuación fijó la mirada en la mesa.