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Milne se encogió de hombros.

– Depende de los costes de extracción. Ahora las empresas comienzan a hacer prospecciones al oeste, lo que llaman el petróleo atlántico. Y ya está llegando crudo del oeste de Shetland a Flotta.

– En Orkney -puntualizó la mujer.

– Se llevaron ellos la concesión -prosiguió Milne-. Allí, dentro de cinco o diez años el margen de beneficio será más sustancioso.

– ¿Y se irán del mar del Norte?

Asintieron con la cabeza como un solo hombre.

– ¿Ha hablado usted con Briony? -inquirió la mujer de pronto.

– ¿Quién es Briony?

– La… bueno, no está casada con Jake, ¿verdad? -añadió, dirigiéndose a Milne.

– Una novia, creo -agregó éste.

– ¿Dónde vive? -preguntó Rebus.

– Comparte una casa con Jake, en Brae -respondió Milne-. Trabaja en la piscina.

Rebus se volvió hacia Walt.

– ¿Está muy lejos?

– A unos diez kilómetros. -Lléveme allí.

Pasaron primero por la piscina, pero no estaba de turno y les indicaron dónde quedaba la casa. Brae parecía pasar por una crisis de identidad, como si de pronto hubiese tenido que cambiar. Las casas eran nuevas y anodinas; se notaba que había dinero, pero el dinero no lo compra todo y era imposible que Brae volviera a ser el pueblo de antaño, cuando aún no existía el terminal de Sullom Voe.

Encontraron la casa y Rebus le indicó a Walt que aguardase en el coche. Le abrió una joven veinteañera con pantalón de chándal y una camiseta de tirantes blanca. Iba descalza.

– ¿Briony? -preguntó Rebus.

– Sí.

– Perdone, pero no sé su apellido. ¿Puedo pasar?

– No. ¿Quién es usted?

– El inspector John Rebus -dijo, mostrando su identificación-. Se trata de Alian Mitchison.

– ¿De Mitch? ¿Qué sucede?

Había muchas respuestas a la pregunta y Rebus escogió una.

– Ha muerto.

Vio que ella palidecía y se agarraba a la puerta para sostenerse, pero no le dijo que entrara.

– ¿Desea sentarse? -aventuró Rebus.

– ¿Qué le ha sucedido?

– No lo sabemos exactamente; por eso quería hablar con Jake.

– ¿No lo saben exactamente?

– Podría tratarse de un accidente. Estoy intentando averiguar cosas sobre él.

– Jake no está.

– Lo sé. He intentado ponerme en contacto con él.

– Llamaron varias veces del Departamento de Personal.

– A petición mía.

La mujer asintió repetidamente con la cabeza.

– Pues él aún no ha regresado -añadió, sin apartar el brazo del marco de la puerta.

– ¿Podría darle un recado?

– Yo no sé dónde está. -A medida que hablaba sus mejillas iban recobrando el color-. Pobre Mitch.

– ¿Y Jake, no tiene usted idea de dónde puede estar?

– Se va por ahí a veces sin rumbo determinado.

– ¿Y no llama?

– Él necesita su territorio. Igual que yo; el mío es la natación, y el de Jake el senderismo.

– ¿Cuándo vuelve, mañana…, pasado?

– A saber -contestó ella, alzando los hombros.

Rebus sacó del bolsillo su bloc de notas, escribió unas líneas y arrancó la página.

– Tenga. Son dos números de teléfono. Dígale que me llame.

– Muy bien.

– Gracias. -Miraba la hoja, incapaz de llorar-. Briony, ¿hay algo que pueda usted decirme sobre Mitch? ¿Algún detalle que ayude en la investigación?

Alzó la vista del papel y se le quedó mirando.

– No -respondió, y a continuación le cerró despacio en las narices.

En el último instante sus miradas se cruzaron y en sus ojos Rebus vio algo que no era desconcierto ni pena.

Miedo, le pareció. Y un fondo calculador.

Sintió de pronto que tenía hambre y que le apetecía tomar un café. Fueron a comer a la cantina de Sullom Voe. Era un local blanco, limpio y espacioso con macetas y carteles de prohibido fumar. Walt seguía parloteando acerca de que Shetland seguía siendo más nórdica que escocesa; prueba de ello era que la mayoría de los topónimos eran noruegos. A Rebus le parecía el fin del mundo, lo cual le complacía. Le dijo a Walt lo que había hablado en el avión con el de la pelliza.

– Ah, ése debe de ser Mike Sutcliffe.

Rebus pidió que le llevara a verle.

Mike Sutcliffe había cambiado su pelliza de borrego por un impecable atuendo de trabajo. Le encontraron inmerso en una acalorada conversación junto a los depósitos de lastre de agua. Dos subalternos le escuchaban decir la poca diferencia que representaría sustituirles por un par de simios, a la par que hacía aspavientos mirando los depósitos y señalaba después los muelles, en uno de los cuales se veía un petrolero de tamaño no inferior a seis campos de fútbol. Al ver al inspector, Sutcliffe perdió el hilo del discurso; despidió a los trabajadores y echó a andar; pero tenía necesariamente que pasar por donde él estaba.

Rebus esgrimió su mejor sonrisa.

– Señor Sutcliffe, ¿me ha conseguido ese mapa?

– ¿Qué mapa? -replicó Sutcliffe sin detenerse.

– Me dijo que tenía alguna idea de dónde dar con Jake Harley.

– ¿Ah, sí?

Casi tenía que correr para mantenerse a su altura. Ya no sonreía.

– Claro que sí -espetó con brusquedad.

Sutcliffe se detuvo de pronto y Rebus lo rebasó por inercia.

– Escuche, inspector, en este momento estoy hasta las gónadas de líos. Ahora no tengo tiempo.

Y se largó sin dignarse a mirarle. Rebus le siguió sin decir palabra durante unos cien metros hasta que se cansó. Pero Sutcliffe continuó como si fuera a llegar al final del muelle y seguir caminando sobre las aguas si era preciso.

Rebus volvió junto a Walt, pensativo. Aquello era poco menos que echarle a patadas. ¿Por qué habría cambiado así de actitud? Le vino a la mente la imagen de un viejo de pelo blanco con falda escocesa y escarcela. Sí, debía de ser eso.

Walt le acompañó al edificio principal de la administración, y le dejó en un despacho con teléfono, diciéndole que iba a buscar café. Rebus cerró la puerta y tomó posesión de una mesa. Las paredes estaban invadidas por enormes fotos con plataformas petrolíferas, petroleros, oleoductos y el enclave de Sullom Voe; había montones de folletos de propaganda y, sobre un escritorio, la maqueta de un superpetrolero. Pidió línea y llamó a Edimburgo, buscando un término medio entre cierta diplomacia y un cuento chino, pero llegó a la conclusión de que ganaría tiempo diciendo la verdad.

Mairie Henderson estaba en casa.

– Mairie, soy John Rebus.

– Válgame Dios.

– ¿Cómo no estás en el trabajo?

– ¿Es que no has oído hablar de la oficina portátil? Con el fax, un módem y el teléfono lo tienes resuelto. Escucha, estás en deuda conmigo.

– ¿Cómo es eso? -replicó Rebus intentando parecer ofendido.

– Todo aquel trabajo que hice por ti y al final, de artículo nada. No es precisamente un toma y daca. Los periodistas tenemos memoria de elefante.

– Te filtré la dimisión de sir Ian.

– Sí, hora y media antes de que lo supieran los demás. Y, además, no era precisamente el crimen del siglo. Sé que me ocultas información.

– Mairie, me duele que digas eso.

– Me alegro. Y ahora dime que me llamas por cortesía.

– Totalmente. ¿Qué tal estás?

Se oyó un suspiro.

– ¿Qué quieres?

Rebus giró ciento ochenta grados en el sillón. Era cómodo; ideal para dormir.

– Necesito que escarbes un poco.

– Vaya, qué sorpresa más inesperada.

– Su nombre es Weir. Y se hace llamar mayor Weir, pero puede ser un rango espúreo.

– ¿T-Bird Oil?

Mairie era una periodista excepcional.

– Exacto.

– Hizo un discurso en ese congreso.

– Bueno, se lo leyó un tipo.

Una pausa. Rebus se estremeció.