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– Menestra y bistec con patatas o chili -dijo la mujer, sirviendo los tés de una gran tetera.

– La cantina permanece abierta las veinticuatro horas del día -comentó el cicerone a Rebus-. Muchos nuevos al principio se hartan de comer. El pudín es mortal -añadió a la par que se daba unas palmaditas en el vientre y reía-. ¿A que sí, Thelma?

Rebus recordó que el hombre de Yardarm le había hecho el mismo comentario.

A pesar de estar sentado, a Rebus le temblaban las piernas. Lo atribuyó al vuelo. El guía dijo que se llamaba Eric y que, dado que eran policías, omitiría el vídeo preliminar de seguridad.

– Aunque, de acuerdo con el reglamento, debería enseñárselo.

Los dos negaron con la cabeza y Lumsden preguntó cuánto faltaba para abandonar aquella plataforma.

– El último crudo ya ha sido extraído -respondió Eric-. Bombearemos una última carga de agua de mar en el depósito y casi todos marcharemos a tierra. Aquí sólo quedarán los de mantenimiento hasta que decidan qué hacer con ella. Y más vale que se decidan pronto porque mantener esto a base de turnos es muy caro, pues hay que traer las provisiones, hacer el cambio de turnos y, además, disponer de un barco de seguridad. Todo eso cuesta dinero.

– Lo cual no importa mientras Bannock produzca, ¿no es eso?

– Exacto -dijo Eric-. Pero si no produce… los responsables de finanzas empiezan a ponerse nerviosos. El mes pasado perdimos dos días de trabajo por unos problemas con la calefacción. Vinieron y anduvieron con sus calculadoras por todas partes… -añadió, y se echó a reír.

No era en absoluto el peón clásico, el tipo duro, sino un hombre delgado de uno sesenta y cinco con gafas de montura metálica sobre una nariz aguileña y barbilla alargada. Rebus miró a los otros tipos que había en la cantina, tratando de asimilarlos al estereotipo de «grandullón» trabajador del petróleo con la cara manchada de crudo y bíceps tensos tratando de taponar un chorro de oro negro. Eric advirtió que se fijaba en los de la otra mesa.

– Esos tres trabajan en la sala de control. Actualmente casi todo se hace por ordenador: circuitos digitalizados y monitores… Soliciten ustedes que les den una vuelta: es como la NASA, y con tres o cuatro personas funciona todo. Están muy lejos los tiempos de Texas Tea.

– Hemos visto unos manifestantes en un barco -dijo Lumsden, echándose azúcar.

– Están zumbados. Estas aguas son peligrosas para un barco pequeño. Y se acercan demasiado; una ráfaga fuerte podría lanzarles contra la plataforma.

Rebus se volvió hacia Lumsden.

– Tú representas a la policía de Grampian. Podrías hacer algo.

Lumsden lanzó un bufido y se volvió hacia Eric.

– De momento no han hecho nada ilegal, ¿verdad?

– Lo único que están infringiendo son las reglas tácitas de la navegación. Cuando acaben el té querrán ver a Willie Ford, ¿no es eso?

– Así es -dijo Rebus.

– Le dije que nos veríamos en el salón recreativo.

– Quisiera ir también a la habitación de Alian Mitchison.

Eric asintió.

– La misma de Willie. Son habitaciones de dos literas.

– ¿Y sabe usted lo que piensa hacer T-Bird Oil con la plataforma cuando deje de funcionar? -preguntó Rebus.

– A lo mejor acaban hundiéndola.

– ¿Después de todo el jaleo con Brent Spar?

Eric se encogió de hombros.

– Los de finanzas están a favor de ello. No necesitan más que dos cosas: que el Gobierno lo apruebe y una buena campaña de relaciones públicas. Y ésta ya va muy avanzada.

– ¿A las órdenes de Hay den Fletcher? -aventuró Rebus.

– Exacto -contestó Eric, cogiendo su casco-. ¿Han acabado?

– Cuando quiera -dijo Rebus, dando el último sorbo.

Fuera hacía ahora viento «tempestuoso», según expresión de Eric. Rebus avanzaba agarrado a la barandilla y vio que había trabajadores asomados en la plataforma, encuadrados por una cortina de espuma. Se acercó al grupo y vio que el barco de seguridad lanzaba chorros de agua sobre el barco de los manifestantes.

– Tratan de asustarlos para que no se acerquen demasiado a las patas de la plataforma -comentó Eric.

«Maldita sea, ¿por qué habrá tenido que ser hoy?», pensó Rebus, temiéndose que el barco chocara contra la plataforma y hubiera que evacuarla.

Continuaban acosándoles con las cuatro mangueras. Alguien le pasó unos prismáticos que enfocó sobre el barco. Impermeables color naranja, media docena de personas y pancartas: VERTIDOS NO. SALVEMOS EL MAR.

– Ese barco no parece muy seguro -comentó alguien.

En el puente se veía aparecer y desaparecer gente que agitaba los brazos y discutía.

– Esos gilipollas seguramente han ahogado el motor.

– No podemos dejarlo a la deriva.

– Podría ser un caballo de Troya, muchachos.

Se echaron a reír, mientras Rebus y Lumsden seguían a Eric. Subieron y bajaron escaleras de mano y en algunos tramos del suelo Rebus pudo ver a través de la celosía metálica el mar bullente bajo sus pies. Cables y tuberías por doquier, pero siempre de modo que no hubiera peligro de tropezar. Finalmente, Eric empujó una puerta y siguieron por un pasillo. Era un alivio estar a resguardo del viento. Habían permanecido a la intemperie ocho minutos seguidos, se dijo Rebus.

Pasaron por salas con mesas de billar, de pimpón, tableros de dardos y juegos de vídeo. Al parecer, los juegos de vídeo eran muy solicitados. No había nadie jugando al pimpón.

– Hay plataformas con piscina; pero aquí no -dijo Eric.

– ¿Es producto de mi imaginación o se mueve el suelo? -inquirió Rebus.

– Ah, sí -contestó Eric-, las juntas de dilatación; tiene que haber cierta holgura. Cuando azota el temporal se diría que se va a romper. -Otra carcajada.

Siguieron pasillo adelante para pasar por una biblioteca, vacía, y un salón de televisión.

– Hay tres salas de televisión -dijo Eric-. Exclusivamente por satélite, pero casi todos prefieren los vídeos. Aquí estará Willie.

Entraron en una amplia estancia con más de veinte sillas de respaldo recto y una gran pantalla. No había ventanas y estaba en penumbra. Frente a la pantalla había ocho o nueve hombres, de brazos cruzados, quejándose de algo. Uno de ellos miraba una cinta junto al proyector de vídeo. Se encogió de hombros.

– Lo siento -dijo.

– Ése es Willie -dijo Eric.

Willie Ford tendría algo más de cuarenta años, era fornido aunque algo encorvado y llevaba el pelo rapado. La nariz le tapaba una cuarta parte de la cara y la barba se ocupaba de ocultar el resto casi por completo. Si hubiese tenido la tez más oscura, habría podido pasar por un fundamentalista musulmán. Rebus se acercó a él.

– ¿Es usted el policía? -preguntó el hombre.

Rebus asintió.

– La gente parece inquieta.

– Por culpa de este vídeo. Tenía que ser Black Rain, con Michael Douglas, y resulta que es una peli japonesa de igual título pero sobre Hiroshima. Totalmente distinta. Pues sí, muchachos, tendréis que contentaros con otra cosa -dijo, volviéndose hacia el público alzando los hombros y alejándose con Rebus y los otros tres a la zaga.

Cruzaron el pasillo y entraron en la biblioteca.

– ¿Así que usted es el encargado del entretenimiento, señor Ford?

– No, simplemente me gustan los vídeos. En Aberdeen hay una tienda donde se pueden alquilar por dos semanas y casi siempre me traigo unos cuantos. -Conservaba en la mano la cinta japonesa-. No sé cómo ha podido suceder. La última película extranjera que han visto ésos debe de haber sido Emmanuelle.

– ¿Tienen películas porno? -preguntó Rebus para dar conversación.

– Docenas.

– ¿Muy fuertes?

– Depende. -Sonrió-. Inspector, ¿ha volado hasta aquí para interrogarme sobre vídeos porno?

– En absoluto. He venido a interrogarle sobre Alian Mitchison.

El rostro de Ford se ensombreció como el cielo. Lumsden miraba por la ventana, pensando quizá si iban a tener que pasar la noche allí…