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– Y entonces fue cuando comprendí que el plástico era para no manchar de sangre. No era una simple paliza.

– ¿Tony pensaba torturarle?

– Creo que sí. No sé… Quizá yo intenté impedírselo. Yo nunca he hecho una cosa así. Bueno, yo he dado lo mío en mi época, pero eso…

La siguiente pregunta era la que solía ser definitiva, pero Rebus ya no estaba tan seguro.

– ¿Alian Mitchison saltó o qué?

Shankley asintió con la cabeza.

– Estábamos de espaldas y Tony sacaba las herramientas y las miraba. El chico tenía puesta la bolsa en la cabeza, pero yo creo que podía vernos. Pasó entre nosotros y se tiró por la ventana. Debió de entrarle un miedo de muerte.

Mirando a Shankley y recordando a Anthony Kane, Rebus volvió a sentir lo insípida que puede ser la monstruosidad. Ni el rostro ni la voz delataban nada; ninguno tenía cuernos y colmillos sanguinolentos, ni el menor indicio de maldad. El mal era casi… casi infantil, ingenuo, simplista. Un juego por el que te dejas llevar hasta que luego despiertas y te das cuenta de que no era ficción. Los verdaderos monstruos no eran grotescos, sino hombres y mujeres apacibles, gente con la que te cruzas por la calle sin percatarte de nada. Era una bendición no tener el don de leer en la mente de las personas. Habría sido un infierno.

– ¿Y qué hicisteis?

– Lo recogimos todo y nos largamos. Volvimos primero a mi casa y tomamos un par de copas. Yo estaba temblando y Tony no dejaba de decir que era un desastre, pero no parecía preocuparle. Nos dimos cuenta de que nos habíamos dejado la bebida y no recordábamos si habían quedado huellas. Yo dije que creía que sí y entonces Tony se largó. Me dejó mi parte, eso sí.

– ¿Tu casa queda muy lejos de ese piso, Hank?

– A unos dos minutos a pie. No paro mucho allí. Los críos me insultan.

La vida es cruel a veces, pensó Rebus. Dos minutos: cuando él llegó al escenario del crimen Tony El se había largado dos minutos antes. Pero habían acabado encontrándose en Stonehaven…

– ¿No dijo Tony por qué iba a por Alian Mitchison? -Shankley negó con la cabeza-. ¿Y cuándo entró en contacto contigo?

– Un par de días antes.

Por tanto, fue premeditado. Bueno, claro que lo fue, pero lo importante era que, por consiguiente, Tony El había estado en Edimburgo preparando el plan mientras Alian Mitchison todavía estaba en Aberdeen. La noche de su muerte era su primer día de permiso; luego Tony El no le había seguido desde Aberdeen… pero conocía el aspecto físico de Alian Mitchison y dónde vivía… puesto que aunque en el piso había teléfono, no figuraba en el listín.

A Alian Mitchison le había tendido una trampa alguien que le conocía.

Le tocaba a Jack Morton.

– Hank, ahora piénsalo bien, ¿no dijo Tony algo sobre el trabajo, sobre quién le pagaba?

Shankley reflexionó y luego sacudió varias veces la cabeza, como complacido consigo mismo por recordar algo.

– El señor H -contestó-. Tony dijo algo sobre el señor H, pero luego cerró el pico como si se le hubiese escapado.

Shankley se removía animado en la silla por congraciarse con ellos. Sí: le sonreían. Rebus pensaba a toda velocidad: el único señor H que le venía a la cabeza era Jake Harley. No cuadraba.

– Muy bien -comentó Morton zalamero-. Ahora, piensa otra vez y dinos algo más.

Pero Rebus tenía otra pregunta.

– ¿Viste a Tony El picándose?

– No, pero sabía que lo hacía. Cuando íbamos siguiendo al chico, en el primer bar en que entramos Tony fue al meadero y cuando salió me di cuenta de que se había metido algo. Viviendo donde yo vivo te das cuenta enseguida.

Tony El se picaba. Pero eso no descartaba que le hubieran asesinado. Quizá la única consideración era que a Stanley le habría facilitado la faena. Un Tony El colocado era más fácil de matar que un Tony El con pleno conocimiento. Droga dirigida a Aberdeen… El Burke's, un centro de tráfico… Tony El, usuario… ¿y vendedor? Ojalá le hubiera preguntado a Erik Stemmons por Tony El.

– Necesito ir al váter -dijo Shankley.

– Ahora llamamos a un agente para que te acompañe. Espera.

Salieron los dos de la «galletera».

– Jack, te pido que confíes en mí.

– ¿Como cuánto?

– Quiero que te quedes aquí y tomes declaración a Shankley.

– ¿Mientras tú haces qué?

– Invitar a alguien a comer. -Echó un vistazo al reloj-. Y vuelvo a las tres.

– Mira, John…

– Tómalo como una libertad condicional. Voy a comer y vuelvo. Dos horas. Dos horas, Jack -insistió alzando los dedos.

– ¿A qué restaurante?

– ¿Qué?

– Dime adónde vas y así telefoneo cada cuarto de hora para comprobar que estás allí. -Rebus hizo un gesto de disgusto-. Y dime a quién invitas.

– A una mujer.

– Nombre.

Rebus lanzó un suspiro.

– Hay negociadores duros, pero tú eres un peso pesado.

– Nombre -repitió Morton sonriente.

– Gill Templer. Inspectora jefe Gill Templer, ¿vale?

– Vale. ¿Y el restaurante?

– No lo sé. Te lo diré desde el local.

– Me telefoneas. Si no lo haces se entera Chick, ¿de acuerdo?

– Ah, ahora vuelve a ser «Chick», ¿eh?

– Se entera.

– Vale, te llamo.

– ¿Y me das el número del restaurante?

– Te lo digo. ¿Sabes una cosa, Jack? Me has quitado el apetito.

– Pide mucha comida y me traes una bolsita.

Rebus fue a buscar a Gill Templer y la encontró en su despacho, pero ella dijo que ya había comido.

– Pues acompáñame y me miras.

– Eso no me lo pierdo.

Había un restaurante italiano en Clerk Street. Rebus pidió una pizza; lo que le sobrara se lo llevaría a Jack. A continuación, telefoneó a St. Leonard y dio el número de teléfono de la pizzería para que se lo pasaran a Morton.

– ¿Así que has estado ocupado? -dijo Gill cuando él volvió a sentarse.

– Muy ocupado. He estado en Aberdeen.

– ¿Para qué?

– Por ese número de teléfono del bloc de Feardie Fergie. Y por un par de cosas más.

– ¿Qué cosas?

– Bueno, no guardan relación.

– ¿Y ha sido un viaje sin incidentes? -inquirió ella cogiendo un trozo del pan de ajo que acababan de traer.

– No exactamente.

– Ah, ya.

– Para dar vidilla al asunto.

Gill cogió otro trozo de pan.

– ¿Y qué has averiguado?

– En el club Burke's hay gato encerrado. Además, es donde se vio por última vez con vida a la primera víctima de Johnny Biblia. Los dueños son dos yanquis, pero sólo hablé con uno, y lo más seguro es que el otro socio sea el más podrido.

– ¿Y qué?

– Además vi en Burke's a una pareja, miembros de una familia de mafiosos de Glasgow. ¿Conoces a Tío Joe Toal?

– De oídas.

– Creo que está suministrando droga a Aberdeen. Y supongo que desde allí parte de ella va a parar a las plataformas petrolíferas, un mercado cautivo. La vida en las plataformas es un aburrimiento.

– Sí, claro, bien lo sabes tú -replicó ella en broma, pero al ver la expresión de él entornó los ojos-. ¿Has estado en una plataforma?

– La experiencia más terrorífica de mi vida, pero es catártico.

– ¿Catártico?

– Una antigua amiga utilizaba palabras así y se le pega a uno. El dueño del club, Erik Stemmons, dijo que no conocía a Fergie McLure. Y creo que es cierto.

– Lo cual incrimina al socio.

– Para mí sí.

– Para ti; ¿sólo eso? ¿No hay pruebas?

– Ni la más mínima.

Llegó la pizza. Chorizo, champiñones y anchoas. Gill apartó la vista. La pizza venía ya partida en seis porciones. Rebus cogió una.

– No sé cómo vas a poder acabártela toda.

– Ni yo -dijo Rebus oliéndola-. Pero me quedará una buena bolsa de sobras.

Había una máquina de tabaco y por encima del hombro de Gill veía cinco marcas. Una cualquiera estaría bien. Una caja de cerillas esperaba en el cenicero. Pidió un vaso de vino blanco de la casa y Gill, agua mineral. Llegó el vino «de delicado bouquet» como decía la carta y lo olfateó antes de probarlo. Frío y ácido.