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– ¿Y si Stanley intenta algo?

– Podemos controlarlo.

Le había dicho a Eve que averiguase si Stanley llevaba algún arma y que si era el caso, la dejara encima de la mesa para cuando ellos volvieran. Fue otra vez a los servicios sólo para sosegar su respiración y mirarse en el espejo. Procuraba relajar los músculos maxilares. En otras ocasiones ya habría echado mano a la petaca de whisky. Pero ahora iba a pelo; por una vez se enfrentaba a la realidad.

De nuevo en la «galletera», Malky le miró con ojos como rayos, prueba de que Eve le había explicado el asunto. En la mesa había dos cuchillos Stanley. Rebus hizo una inclinación de cabeza, satisfecho. Morton preparaba la grabadora y rompía el envoltorio de un par de cintas.

– ¿Le ha explicado la señorita Cudden la situación, señor Toal? -Malky asintió con la cabeza-. No me interesa lo de ustedes dos; me interesa todo lo demás. Han patinado, pero aún pueden salirse con la suya tal como habían planeado.

Rebus procuraba no mirar a Eve, quien dirigía los ojos a todas partes menos a su enamorado Stanley. Joder, qué dura. A Rebus casi comenzaba a gustarle; casi le gustaba más ahora que aquella noche en el bar. Morton hizo un gesto indicando que la grabadora estaba en marcha.

– Bien, ahora estamos grabando y quiero que quede claro que es por mi propia garantía y que no lo utilizaremos contra ustedes en ningún caso, a condición de que después se esfumen. Digan sus respectivos nombres.

Lo hicieron y Morton ajustó el volumen de la grabación.

– Soy el inspector Rebus y me acompaña el inspector Jack Morton. -Hizo una pausa y acercó la tercera silla a la mesa para sentarse; Eve estaba a su izquierda y Toal a la derecha-. Empecemos por aquella noche en el bar del hotel, señorita Cudden. No creo mucho en las coincidencias.

Eve parpadeó. Esperaba que las preguntas se refiriesen sólo a Stanley. Ahora comprendía que Rebus quería una garantía total.

– No fue casual -dijo, y fue a echar mano a otro Sobranie.

Pero se le cayó el paquete y Toal lo recogió, le encendió un cigarrillo y se lo pasó. Ella hizo ademán de rehusarlo, o tal vez deseaba que Rebus lo pensase. Pero éste miraba a Toal, sorprendido por el gesto. Había un afecto inesperado en el «loco Malky», auténtico gozo por estar junto a su amada, aun en aquella situación. Parecía muy distinto del quejica enfurecido que Rebus había conocido en la Ponderosa: ahora era más joven, parecía encandilado y tenía los ojos muy abiertos. Resultaba difícil pensar que pudiese matar a sangre fría… aunque no imposible. Vestía tan mal como la otra vez: pantalones de chándal y chaqueta de cuero color naranja con camisa estampada azul y mocasines negros muy usados. Movía la boca como si mascara un hipotético chicle y estaba recostado en la silla, con las piernas separadas y las manos apoyadas en los muslos junto a la entrepierna.

– En cierto modo lo planeamos -siguió Eve-. Yo pensé que había probabilidades de que pasara por el bar antes de acostarse.

– ¿Y por qué?

– Dicen que le gusta beber.

– ¿Quién lo dice?

Ella se encogió de hombros.

– ¿Cómo sabía en qué hotel me alojaba?

– Me lo dijeron.

– ¿Quién?

– Los yanquis.

– Diga sus nombres.

«Así, según las reglas, John.»

– Judd Fuller y Erik Stemmons.

– ¿Se lo dijeron los dos?

– Stemmons en concreto. Ese cobarde -contestó ella sonriendo.

– Continúe.

– Debió de pensar que era preferible que nosotros le ganásemos que dejarle en manos de Fuller.

– ¿Porque Fuller me habría tratado con menos miramientos?

Ella negó con la cabeza.

– Pensaba en su propio interés. Si nosotros nos encargábamos de usted, ellos quedaban al margen. Judd es difícil de controlar a veces. -Un bufido de Toal-. Y Erik prefiere que no se exalte.

Probablemente Stemmons había frenado a Fuller y por sus matones se habían contentado con aquel culatazo en el parque que lo puso fuera de juego. Una tarjeta amarilla. Pero se le antojaba que Fuller no iba a enseñarle otra. Tenía ganas de preguntarle más, saber hasta dónde habría llegado ella para descubrir lo que él sabía… Pero pensó que un interrogatorio sobre eso desquiciaría a Malky.

– ¿Quién les dijo a los yanquis dónde me alojaba yo?

Sabía la respuesta -Ludovic Lumsden-, pero quería intentar grabarlo. Eve se encogió de hombros y Toal negó con la cabeza.

– Dígame qué hacía en Aberdeen -le preguntó Rebus.

Eve se concentró en el cigarrillo y Toal carraspeó.

– Trabajaba para mi padre.

– ¿En qué concretamente?

– Ventas y cosas así.

– ¿Ventas?

– Droga… Speed, caballo, de todo un poco.

– Lo dice muy tranquilo, señor Toal.

– Diga más bien resignado -replicó Toal irguiéndose en el asiento-. Eve me ha dicho que podemos confiar en usted. Eso no lo sé, pero sí lo que haría mi padre si se enterara de que le hemos estafado.

– ¿O sea, que yo soy el mal menor?

– Si usted lo dice…

– Bien, volvamos a Aberdeen. ¿Fue a vender droga?

– Sí.

– ¿A quién?

– Al club Burke's.

– Nombres de los compradores.

– Erik Stemmons y Judd Fuller. Bueno, concretamente Judd. Aunque Erik está en el ajo. -Sonrisa dirigida a Eve-. En el ajo -repitió y ella hizo una breve inclinación de cabeza para darle a entender que había captado la broma.

– ¿Por qué concretamente a Judd Fuller?

– Erik lleva el club y las cosas del negocio. No quiere ensuciarse las manos, sino que todo sea legal, ¿sabe?

Rebus recordaba el despacho de Stemmons lleno de papeles: el hombre de negocios.

– ¿Puede describir a Fuller?

– Usted le conoce. Fue el que le dio la paliza -añadió Toal con una sonrisita.

El de la pistola. ¿Tenía acento norteamericano? ¿Lo había notado Rebus?

– No llegué a verle.

– Bueno, es alto y tiene un pelo negro que siempre parece mojado, por el Brylcreem o algo. Y se lo peina hacia atrás, como el de ese que sale en Fiebre del sábado noche.

– ¿Travolta?

– Sí y en la otra película. Ésa de…

Toal hizo gesto de disparar a mansalva.

– ¿Pulp Fiction?

Toal chasqueó los dedos.

– Pero Judd tiene un rostro más alargado -añadió Eve-. Está muy delgado, aunque le gustan los trajes oscuros. Y tiene una cicatriz en el dorso de una mano; como si le hubiesen hecho una sutura muy apretada.

Rebus asintió.

– ¿Fuller trafica con drogas?

Toal negó con la cabeza.

– No, hace de todo; prostitución, porno, casinos, algo de reventa y falsificación de marcas… Relojes, camisas y eso.

– Un empresario completo -añadió Eve echando la ceniza en la papelera.

No decía nada que pudiese incriminarla.

– Y Judd y Erik no son los únicos. En Aberdeen hay yanquis peores que ellos: Eddie Segal, Moose Maloney…

Toal vio la mirada de Eve y se interrumpió.

– Malcolm -le increpó cariñosa-, queremos salir de esto con vida, ¿no?

Toal se ruborizó.

– Olvídelo.

Rebus asintió con la cabeza, pero ya estaba grabado.

– Bueno -dijo-, ¿por qué mató a Tony El?

– ¿Yo? -exclamó Toal fingiendo sorpresa.

– Creo que el inspector -terció Eve- quiere que lo digamos todo. Si no, hablará con tu padre.

Toal se la quedó mirando pero ella le sostuvo la mirada. Él volvió a ponerse las manos en la entrepierna.

– Pues sí; cumplía órdenes.

– ¿De quién?

– De mi padre, claro. Tony seguía trabajando para nosotros. Era el que llevaba los asuntos de Aberdeen. Todo eso de que se había marchado era un cuento. Pero como vino usted y habló con mi padre… él se subió por las paredes porque Tony había estado dando golpes fuera de Glasgow, poniendo en peligro la operación. Y como usted andaba tras él, pues…