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– Tony sobraba, ¿no?

Rebus recordó que Tony El había presumido ante Hank Shankley de su «contacto en Glasgow»… No mentía.

– Eso.

– Y supongo que no le molestó mucho despacharle.

– No, desde luego que no -comentó Eve con una sonrisa.

– ¿Porque para salvar el pellejo Tony les habría delatado?

– Él no sabía lo del dinero, pero se había enterado de lo del hotel.

– Ése fue su gran error -dijo Toal también sonriente.

Se iba entusiasmando y disfrutaba contando la historia, confiando en que todo iba a salir bien. A medida que se enardecía, Eve le miraba cada vez con peores ojos. Se notaba que para ella era un alivio librarse de él. «Pobre cabronazo», pensó Rebus.

– Logró engañar al DIC. Creían que fue un suicidio.

– Bueno, cuando tienes a un par de polis en el bolsillo…

Rebus se le quedó mirando.

– Repita eso.

– Un par de polis en nómina.

– Nombres.

– Lumsden, Jenkins.

– ¿Jenkins?

– Uno que tiene algo que ver con las petroleras -añadió Eve.

– ¿Oficial de enlace?

Ella asintió con la cabeza.

El que estaba de vacaciones cuando él fue a Aberdeen y le sustituía Lumsden. Con aquellos dos a sueldo no habría problema para abastecer las plataformas de cuanto necesitaran… Un mercado cautivo. Y cuando los trabajadores bajaban a tierra, más oferta: clubes, prostitución, bebida y juego. Lo legal y lo ilegal codo a codo, realimentándose. No era de extrañar que Lumsden le hubiera seguido en el viaje a Bannock. Para proteger la inversión.

– ¿Qué sabe de Fergus McLure?

Toal miró a Eve, pidiéndole permiso para hablar. Ella asintió sin decir palabra.

– Sufrió un pequeño accidente al acercarse demasiado a Judd.

– ¿Le mató Fuller?

– Le echó mano, como dice él -respondió Toal con cierto tono de admiración-. Le dijo a McLure que tenían que hablar a solas porque las paredes oyen y fueron a dar un paseo hasta el canal; un culatazo y al agua -añadió con indiferencia-. Aún tuvo tiempo de volver a Aberdeen para desayunar. Tarde -sonrió a Eve, pero ella se mantuvo impasible, al margen de todo.

Rebus tenía más preguntas pero empezaba a sentir cansancio y decidió dejarlo. Se levantó, hizo un gesto a Morton para que parase la grabadora y a continuación le dijo a Eve que podía irse.

– ¿Y yo? -inquirió Toal.

– Salen por separado.

Toal pareció tranquilizarse y Rebus acompañó a Eve por el pasillo y bajó con ella la escalera. Ninguno de los dos cruzó palabra ni dijo nada para despedirse. Pero él se quedó contemplándola un instante mientras se alejaba antes de decirle al oficial de guardia que enviase rápidamente al cuarto de interrogatorios dos agentes de uniforme.

Cuando entró allí Morton acababa de rebobinar la cinta y Toal estaba de pie haciendo flexiones. Llamaron a la puerta y entraron los dos agentes. Toal se irguió alerta, figurándose algo raro.

– Malcolm Toal -dijo Rebus-, le acuso del asesinato de Anthony Ellis Kane la noche de…

Con un alarido de rabia el loco Malky se lanzó sobre Rebus para estrangularle.

Finalmente los dos agentes de uniforme lograron meterle en un calabozo. Rebus se sentó en el cuarto de interrogatorios mirándose las manos temblorosas.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Morton.

– ¿Sabes qué, Jack? Eres como un disco rayado.

– ¿Sabes qué, John? Hace falta preguntártelo constantemente.

Rebus sonrió y se restregó el cuello.

– Estoy bien.

Para repeler el ataque de Toal le había dado un rodillazo en la entrepierna capaz de levantarle del suelo. Tras lo cual, los uniformados pudieron controlarle con una llave de lucha libre sobre la carótida.

– ¿Qué quieres hacer? -preguntó Morton.

– Una copia de la cinta se queda en el DIC de aquí. Así tendrán trabajo de sobra hasta que volvamos.

– ¿De Aberdeen? -aventuró Morton.

– Y más al norte -dijo Rebus señalando la grabadora-. Vuelve a meter la cinta y ponía en marcha. -Morton obedeció-. Gill, ahí va un regalito para ti. Espero que sepas qué hacer con él.

Hizo señal a Morton de haber acabado y éste sacó la cinta.

– La dejaremos en St. Leonard.

– Entonces, ¿volvemos a Edimburgo? -preguntó Morton pensando en la reunión del día siguiente con Ancram.

– Lo justo para cambiarnos y coger la baja por enfermedad.

En el aparcamiento les aguardaba una figura solitaria: Eve.

– ¿Vamos al mismo sitio?

– ¿Cómo lo ha sabido?

Le dirigió su sonrisa más femenina.

– Porque usted es como yo… y tiene cosas que resolver en Aberdeen. Yo voy simplemente a pasar por unos bancos y cancelar unas cuentas, pero dado que están reservadas esas dos habitaciones de hotel…

Era una buena idea ya que necesitaban un campamento base y mejor si Lumsden no lo conocía.

– ¿Le han metido en un calabozo? -inquirió ella.

– Sí.

– ¿Cuántos hombres hicieron falta?

– Dos.

– Me sorprende.

– Todos nos sorprendemos alguna vez -replicó Rebus abriéndole la portezuela trasera del coche de Morton.

Rebus no se sorprendió de encontrar ya cerrado el despacho de Gill Templer. Miró en el turno de noche y vio a Siobhan Clarke, que procuraba pasar inadvertida, temerosa del enfrentamiento después de haber formado parte del equipo que fue a registrar su piso. Rebus se dirigió directamente a ella con un sobre acolchado en la mano.

– No pasa nada porque fueses con ellos -dijo Rebus-. Debo darte las gracias.

– Yo pensaba…

Él hizo un signo afirmativo con la cabeza para mostrar que lo decía en serio y vio por el gesto de alivio de ella el mal trago que había pasado.

– ¿Estás trabajando en algo? -siguió él, por darle algo de conversación para aliviarla.

Morton y Eve aguardaban en el coche.

– He estado repasando los antecedentes del caso Johnny Biblia y son terriblemente aburridos -respondió ella animada-. Pero repasando los periódicos antiguos en la Nacional he descubierto una cosa.

– ¿Qué?

También él había estado allí.

– Me dijo un bibliotecario que alguien había consultado periódicos recientes y que estuvo preguntando qué lectores habían mirado los de 1968 a 1970. Pensé que era una combinación extraña porque los recientes eran todos justo antes del primer asesinato de Johnny Biblia.

– ¿Y los otros de los años en que actuaba John Biblia?

– Sí.

– ¿Era periodista?

– Eso dice el bibliotecario, pero la tarjeta que dio es falsa. Fue él quien se puso en contacto por teléfono con el bibliotecario.

– ¿Y ese bibliotecario tiene datos?

– Unos cuantos nombres. Los apunté por si acaso. Un par de ellos sí que son periodistas, otro eres tú y los demás Dios sabe.

Sí, él había pasado un día entero revisando los viejos artículos y pidiendo fotocopias de los más relevantes… para su colección.

– ¿Y el misterioso periodista?

– Ni idea. Tengo la descripción física, pero no sirve de mucho. Algo más de cincuenta años, alto, rubio…

– No es realmente ninguna excepción, ¿verdad? ¿Y por qué ese interés en los periódicos recientes? A ver… Qué enrevesado.

– Es lo que yo he pensado -dijo Siobhan-. Porque preguntar a la vez por la gente que ha mostrado interés por el caso de John Biblia… El caso es que, sea quien sea, ahora tiene tu nombre y dirección.

– Qué bien, un admirador -comentó Rebus sin dejar de pensar-. Y los otros nombres… Déjame verlos.

Ella buscó la página en su bloc de notas. Un nombre llamó su atención: Peter Manuel.

– ¿Qué pasa?

Rebus señaló con el dedo.

– Un nombre falso. Manuel fue un asesino de los años cincuenta.

– Entonces, el que…