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– Unas treinta y ocho mil libras.

– Buen botín.

– Todo beneficios.

– ¿Cuánto tardará Tío Joe en enterarse de lo de Stanley?

– Bueno, Malcolm no arderá en deseos de decírselo, y Joe está acostumbrado a que desaparezca un día o dos por ahí de juerga… Con un poco de suerte no estaré en el país cuando estalle la bomba.

– Me parece que usted es el tipo de mujer con suerte.

La antigua habitación de Stanley era amplia y contaba con lo que Rebus suponía era la habitual parafernalia de los ejecutivos: minibar, planchaprensa para pantalones, un platillo con chocolatinas sobre la almohada y un flamante albornoz encima de la cama abierta. Con una nota que rogaba no llevárselo y añadía que si se deseaba uno se podía adquirir en el gimnasio. «Gracias por ser un cliente considerado.»

El cliente considerado se hizo una taza de café Hag. Había una lista de precios sobre el minibar detallando las delicias que encerraba. La guardó en un cajón. Dentro del armario había una caja fuerte; cogió la llave del minibar y la metió allí. Otro obstáculo que vencer y al mismo tiempo la posibilidad de cambiar de idea si se le ocurría beber.

De momento, el café estaba bueno. Se dio una ducha, se puso el albornoz, se sentó en la cama y miró hacia la puerta que daba a la habitación contigua. Claro, tenía que haber una puerta de comunicación; no iba a estar Stanley entrando y saliendo por el pasillo. Un simple pestillo, igual que al otro lado, seguramente. Se preguntaba qué pasaría si lo abría. ¿Tendría Eve también abierto? Si llamaba, ¿le abriría? ¿Y si llamaba ella? Apartó la vista de la puerta y miró al minibar. Tenía hambre… Dentro habría nueces y patatas fritas. Podría… No, no, no. Volvió a centrar la atención en la puerta y prestó oído, pero no se oía nada. A lo mejor Eve se había dormido… porque tenía que madrugar. Bueno, pues ahora no se sentía cansado. Y ya que estaba allí, no deseaba más que empezar a trabajar. Descorrió las cortinas. Llovía en esos momentos y el asfalto relucía como el dorso de un escarabajo gigante. Arrimó un sillón a la ventana. El viento arrastraba el agua y a la luz de las farolas trazaba formas raras. De tanto mirar fijamente, la lluvia comenzó a parecerle humo que caía de las nubes negras. Abajo, el aparcamiento estaba lleno a medias y los coches eran como ganado de pastores a cubierto y calentitos.

Johnny Biblia estaría por ahí, probablemente en Aberdeen, con toda seguridad relacionado con la industria del petróleo. Pensó en las personas que había conocido en los últimos días, desde el mayor Weir hasta el guía Walt. No dejaba de resultar una ironía que la persona cuyo caso le había llevado allí -Alian Mitchison- tuviera relación no sólo con el petróleo sino que fuese además el único candidato descartable por llevar muerto mucho tiempo antes del asesinato de Vanessa Holden. Sentía mala conciencia respecto a Mitchison. Su caso se estaba empantanando a causa de los asesinatos en serie. Y era un trabajo que tenía que hacer. Pero no le producía aquel nudo en la garganta como el caso de Johnny Biblia.

No era el único a quien le interesaba Johnny Biblia. Alguien había entrado en su piso. Alguien había estado comprobando un registro de lectores. Alguien con falsa identidad. Alguien con algo que ocultar. No era un periodista; ni otro policía. ¿Andaría realmente por ahí aún John Biblia? ¿Adormecido hasta que Johnny Biblia lo había despertado? ¿Enfurecido de rabia, por su temeridad y por el hecho de que con ello volvía a salir a la luz el caso antiguo? Y no sólo enfurecido: sintiéndose en peligro también… exterior e internamente. Por miedo a ser reconocido y capturado y por miedo a dejar de ser el monstruo legendario.

Un nuevo monstruo en los noventa; otro coco para asustar. Un mito que sustituye a otro.

Sí, lo presentía. Se imaginaba la hostilidad de John Biblia ante su nuevo rival. No era una emulación halagüeña. Ni mucho menos…

«Sabe dónde vivo. Ha estado en el piso, ha tocado los objetos de mi obsesión y habrá pensado hasta dónde estoy dispuesto a llegar. ¿Y por qué? ¿Por qué correr ese riesgo forzando un piso en pleno día?» ¿Qué buscaba exactamente? ¿Algo en concreto? ¿El qué? Dio vueltas a la pregunta en su cabeza y pensó si no le ayudaría un trago; fue hasta la caja fuerte, pero se arrepintió y se quedó en medio de la habitación temblando.

Todos dormían en el hotel; seguramente todo el país soñaba cosas inocentes. Stemmons y Fuller, Tío Joe, el mayor Weir, Johnny Biblia… todo el mundo era inocente en los sueños. Se acercó a la puerta de comunicación y abrió el pestillo. La puerta de Eve estaba entreabierta. La abrió poco a poco. No había ninguna luz encendida y las cortinas estaban echadas. La luz de su habitación era como una flecha sobre el suelo apuntando hacia la gran cama. Ella estaba echada de lado, con un brazo sobre la colcha. Tenía los ojos cerrados. Rebus dio un paso. Ya era un intruso. Permaneció allí mirándola. Debió de estar así unos cuantos minutos.

– Me estaba preguntando cuánto iba a tardar en decidirse -dijo ella.

Rebus se acercó a la cama y ella le abrió los brazos. Estaba desnuda, cálida y perfumada. Él se sentó en la cama y le cogió las manos.

– Eve -dijo en voz baja-, antes de que se vaya debe hacerme un favor.

– ¿Sin contar éste? -replicó ella irguiéndose.

– Sin contar éste.

– ¿El qué?

– Quiero que telefonee a Judd Fuller y le diga que tiene que verle.

– No le busque las cosquillas.

– Ya lo sé.

Ella lanzó un suspiro.

– Pero no puede evitarlo. -Rebus asintió con la cabeza y ella le acarició la mejilla con el dorso de la mano-. De acuerdo, pero yo quiero un favor a cambio.

– ¿Cuál?

– Que se tome el resto de la noche libre -dijo atrayéndole hacia sí.

Se despertó solo en la cama de ella; ya era de día. Buscó con la mirada por si había dejado una nota, pero no había nada, claro. No era esa clase de mujer.

Volvió a su alcoba, echó el pestillo y apagó las luces. Llamaron a la puerta: sería Morton. Se puso los calzoncillos y el pantalón y estaba a punto de abrir cuando recordó algo. Fue hasta la cama, quitó las chocolatinas de la almohada y tiró de la manta y la sábana arrugándolas. Echó un vistazo y hundió una almohada como si fuese la huella de la cabeza. Abrió.

No era Morton, sino un camarero con una bandeja.

– Buenos días, señor. -Rebus se apartó dejándole paso-. Siento haberle despertado. La señorita Cudden dijo que llamase a esta hora.

– Ha hecho muy bien.

Miró cómo el hombre ponía la bandeja en la mesita al lado de la ventana.

– ¿Desea que la abra?

Se refería a la media botella de champán de la cubitera. Había un zumo de naranja natural, un vaso de cristal fino y un ejemplar doblado del Press and Journal. Y un esbelto jarroncito de porcelana con un clavel rojo.

– No -dijo Rebus cogiendo el cubo de hielo con la botella-. Esto puede llevárselo.

– Muy bien, señor. Si quiere firmarme…

Rebus cogió el bolígrafo que le prestaba y añadió una buena propina. El joven le obsequió con una amplia sonrisa que le hizo desear poder ser generoso todas las mañanas.

– Gracias, señor.

Cuando se fue, Rebus se sirvió un vaso de zumo. El zumo natural costaba una fortuna en el supermercado. Afuera las calles aún estaban húmedas y el día estaba muy nublado, pero daba la impresión de que el cielo sonreiría antes del mediodía. De Dyce despegó un avión, seguramente con destino a Shetland. Miró el reloj y llamó a la habitación de Morton. Éste contestó con un gruñido.

– El despertador -gorjeó Rebus.

– Vete a la mierda.

– Ven a tomar zumo de naranja y café.

– Cinco minutos.

Rebus dijo que era lo menos que podía hacer. Luego, telefoneó a casa de Siobhan y salió el contestador. Probó en St. Leonard pero no estaba allí; él sabía que haría lo que le había encomendado, pero quería saber si descubría algo. Colgó, miró de nuevo la bandeja y sonrió.