– ¿Y qué tal se les da estar a las órdenes de Inverness?
– ¿Quién dice eso? ¿Cree que vienen a controlarnos todas las semanas?
– Supongo que no.
– Supone bien, inspector. Es como Lothian y Borders… ¿Cuántas veces va alguien de Fettes a echar un vistazo a Hawick? -Forres miró a Rebus por el retrovisor-. No crea usted que aquí somos unos idiotas que sólo sabemos quemar una barca cuando llega el Up-Helly-Aa.
– Up-Helly ¿qué?
– Esa fiesta en la que queman una barca, John -le susurró Morton.
– El último martes de enero -matizó Forres.
– Curiosa forma de calefacción -comentó Rebus.
– Es cínico de nacimiento -comentó Morton al sargento.
– Pues lástima si muere siéndolo -dijo el hombre sin quitar la vista del retrovisor.
En las afueras de Lerwick pasaron ante feos edificios prefabricados que Rebus imaginó relacionados con la industria del petróleo. La comisaría estaba allí, en la Ciudad Nueva. Dejaron a Forres y el sargento fue a buscar un mapa de la isla.
– No pueden perderse -dijo-. No hay más que tres carreteras.
Rebus miró el mapa y comprendió lo que quería decir. La isla tenía una configuración levemente cruciforme, su eje, la A970, con la 971 y la 968 a guisa de brazos. Brae quedaba en el extremo más al norte. Conduciría él, Morton prefería ir de copiloto. Dijo que así vería el paisaje.
La carretera era una sucesión de curvas espantosas en pleno páramo con panorámicas costeras, y en medio de aquella desolación alguna aldea y muchas ovejas -a veces en la carretera- y algún que otro árbol. Morton tenía razón: el cielo era increíble. Forres les había dicho que en aquella época del año era «luz de fuego lento» en que nunca anochecía. Pero en invierno la luz diurna era todo un lujo. La gente que vivía a cientos de kilómetros de cualquier comodidad merecía un respeto. En la ciudad resultaba fácil ser un cazador-recolector, pero aquí… No era un paisaje que inspirara conversación. Se les atascaba el diálogo en monosílabos y aun juntos en aquel coche a toda velocidad, parecían incomunicados. Rebus estaba convencido de que no hubiera podido vivir allí.
Tomaron un desvío a la izquierda en dirección a Brae y de pronto se encontraron en la costa oeste de la isla. No acababan de hacerse una idea exacta de cómo era. Forres era el único lugareño con quien habían hablado, y la arquitectura que habían visto en Lerwick era una mezcla de estilo escocés y escandinavo, una especie de Ikea moderno y ampuloso. Las granjas eran como las de todas las islas, pero en sus nombres se advertía la influencia escandinava. Al cruzar Burravoe antes de Brae, Rebus se dio cuenta de que se sentía más extranjero que nunca en su vida.
– ¿Hacia dónde vamos? -preguntó Morton.
– Un momento. La otra vez que estuve aquí entré por la dirección opuesta…
Rebus logró orientarse y finalmente encontraron la casa de Jake Harley y Briony. Los vecinos miraban el coche de policía como si nunca hubieran visto uno. Quizá fuese así. Llamaron a la puerta y nadie contestó. Rebus volvió a insistir más fuerte; sólo oyeron el eco. Echaron un vistazo por la ventana del cuarto de estar: estaba un poco desordenado. Desorden femenino dentro de un orden. Volvieron al coche.
– Trabaja en la piscina -dijo Rebus-. Vamos allá.
Fue fácil dar con la piscina de tejado metálico azul. Briony paseaba por el borde vigilando a los niños que jugaban. Llevaba el mismo atuendo de la vez anterior, camiseta sin mangas y pantalón de chándal, pero en esta ocasión calzaba zapatillas de tenis. Sin calcetines, lo cual era lógico en una socorrista. Tenía un silbato de árbitro colgado al cuello, pero los niños no alborotaban. Vio a Rebus y, al reconocerle, lanzó tres pitidos cortos; debía de ser una señal a otro empleado que ocupó su puesto junto a la piscina. Se acercó a ellos. Hacía una temperatura tropical, húmeda.
– Ya le dije que Jake no ha vuelto -dijo.
– Lo sé, y también que no estaba preocupada.
Ella se encogió de hombros. Tenía el cabello negro corto y liso con puntas rizadas. Un peinado que le hacía parecer unos seis años más joven, una quinceañera, pese a su rostro de adulta, algo duro, ya fuese por el clima o por las circunstancias. Resultaba difícil saberlo. Los ojos eran pequeños, igual que la nariz y la boca. Rebus intentó no compararla con un hámster, pero en ese momento ella arrugó la nariz y no pudo evitarlo.
– Él va a su aire -dijo.
– Pero la semana pasada estaba preocupada.
– ¿Yo?
– Pude advertirlo antes de que me cerrara la puerta.
– ¿Y qué? -replicó ella cruzándose de brazos.
– Una de dos, Briony: o Jake está escondido porque teme por su vida…
– ¿O?
– O ya está muerto. En cualquier caso, usted puede ayudarnos.
– Mitch… -balbució ella tragando saliva.
– ¿Le ha dicho Jake por qué han matado a Mitch?
Ella negó con la cabeza. Rebus sonrió: así que Jake se había puesto en contacto con ella desde la última vez.
– Está vivo, ¿verdad?
Ella se mordió el labio y asintió.
– Quisiera hablar con él. Probablemente podría sacarle del lío en que se encuentra.
Ella le miró intentando desentrañar la verdad, pero Rebus ponía cara de palo.
– ¿Está en apuros? -preguntó.
– Sí, pero no por nosotros.
Ella se volvió a mirar la piscina y vio que todo estaba en orden.
– Les llevaré a donde está -dijo.
Regresaron por el páramo hasta Lerwick para dirigirse a un lugar llamado Sandwick en la costa este, quince kilómetros al norte de donde había aterrizado el helicóptero.
Briony fue en silencio durante todo el camino y Rebus pensó que no debía de saber mucho del asunto. Sandwick era una zona en la que había antiguos poblados de la época del auge del petróleo. La joven les llevó a Leebotten, un enclave con casitas frente al mar.
– ¿Está aquí? -preguntó Rebus al bajarse del coche.
Ella negó con la cabeza y señaló hacia el mar. Se veía una islita en apariencia deshabitada. Acantilados y escollos. Rebus miró inquisitivo a Briony.
– Mousa -dijo ella.
– ¿Y cómo se llega allí?
– En barca, suponiendo que haya alguien que se preste a llevarnos.
Ella misma llamó a la puerta de una casita que abrió una mujer de mediana edad.
– Briony -dijo la mujer, más como constatación que como saludo.
– Buenas, señora Munroe. ¿Está Scott?
– Sí. -Abrió un poco más la puerta-. Pasen, por favor.
Entraron en una pieza bastante grande que parecía cocina y cuarto de estar. Una mesa de madera llenaba casi todo el espacio y junto a la chimenea había dos sillones. Un hombre se levantó de uno de ellos quitándose las gafas de leer. Las plegó y se las guardó en el bolsillo del chaleco. El libro que leía quedó en el suelo: una Biblia de tamaño familiar con pastas de cuero y cierre de latón.
– Vaya, vaya, Briony -dijo el hombre.
Era de mediana edad o algo mayor, pero su rostro curtido parecía el de un anciano. Tenía el pelo plateado. La mujer fue al fregadero a llenar la tetera.
– No, señora Munroe, gracias -dijo Briony volviéndose hacia el hombre-. Scott, ¿ha visto a Jake?
– Hace un par de días que estuve allí y estaba bien.
– ¿Podría llevarnos?
Scott Munroe miró a Rebus y éste le tendió la mano.
– Inspector de policía Rebus, señor Munroe. Aquí el inspector Morton.
Munroe les estrechó la mano sin gran entusiasmo.
– Bueno, ha disminuido algo el viento -dijo el hombre restregándose la barba gris del mentón-. Supongo que sí. Meg -añadió y se volvió hacia su mujer-, ¿preparas algo de pan y jamón para el muchacho?
La señora Munroe asintió sin decir nada y se puso manos a la obra mientras el marido hacía los preparativos. Cuando volvió con impermeables para todos y botas de agua para él, la mujer ya tenía listo un paquete con bocadillos y un termo de té. Rebus lo miró, consciente de que Morton hacía lo mismo. Los dos deseaban una taza.