– De la una y media, creo, ya habíamos comido y yo todavía no me había ido a dormir la siesta.
– Bien -dijo Croce, y miró a Luca-. ¿Y vos nunca lo viste?
– No.
– Tu hermana dice…
– ¿Cuál de las dos? -Lo miró, sonreía. Le hizo un gesto con la mano como quien espanta un bicho y se levantó para calentar el agua del mate.
Luca parecía inquieto, como si empezara a sentir que el comisario le era hostil y sospechaba de él.
– Dicen que Durán estaba en tratos con tu padre.
– No sé nada -lo cortó Luca-. Mejor se lo preguntan al Viejo…
Siguieron la conversación un rato más, pero Luca se había cerrado y ya casi no hablaba. Después se disculpó porque tenía que seguir trabajando y le pidió a Rocha que acompañara al comisario. Se acomodó la máscara de hierro en la cara y se alejó caminando a grandes pasos por el pasillo encristalado hacia los sótanos y los talleres.
Croce sabía que ésos eran los costos de su profesión. No podía dejar de formular todas las preguntas que podían ayudarlo a resolver el caso pero nadie podía hablar con él sin sentir que estaba siendo acusado. ¿Y lo estaba acusando? Siguió a Rocha hasta el estacionamiento y subió al auto con la certeza de que Luca sabía algo que no le había dicho. Manejó despacio por el playón hacia los portones de salida, pero entonces, inesperadamente, los reflectores de la fábrica se movieron, blancos y brillantes, capturando a Croce y reteniéndolo en su fulgor. El comisario se detuvo y la luz se detuvo también, encandilándolo. Estuvo quieto en medio de la claridad un momento interminable hasta que los faros se apagaron y el auto de Croce se alejó despacio hacia el camino. En la oscuridad de la noche, con las luces altas alumbrando el campo, Croce se daba cuenta de la aterradora intensidad de la obsesión de Luca. Volvió a ver el gesto de la mano en el aire, como quien se saca un bicho de la cara, una alimaña que no se podía ver. Necesitaba plata, ¿cuánta plata? Llevaba un bolsón de cuero marrón en la mano.
Decidió entrar en el pueblo por la calle principal, pero, antes de llegar a la estación, se desvió hacia los corrales y estacionó el auto en el callejón que desembocaba en los fondos del hotel. Prendió un cigarro y fumó tratando de calmarse. La noche estaba tranquila, sólo se veían encendidos los faroles de la plaza e iluminadas algunas ventanas en la parte alta del hotel.
¿Estaría abierta la entrada de servicio? Veía la puerta estrecha, la reja y la escalera que daba al sótano por donde bajaban la mercadería. Eran casi las doce. Cuando bajó del auto lo reanimó el aire fresco de la noche. El callejón estaba oscuro. Prendió la linterna y fue siguiendo el rastro de la luz hasta llegar a la puerta. Usó la ganzúa que llevaba encima desde siempre y la cerradura se abrió con un chasquido.
Bajó por una escalera de hierro hasta el pasillo embaldosado y entró en la galería; cruzó frente a la centralita telefónica en sombras y encontró la puerta del depósito. Estaba abierta. Se detuvo ante a la mole desordenada de bultos y de objetos abandonados. ¿Dónde habrían escondido el bolso? Habrían entrado por la ventana guillotina y habrían mirado alrededor buscando dónde esconderlo. Croce imaginó que el asesino no conocía el lugar, que se movía rápido, que buscaba dónde dejar lo que llevaba. ¿Por qué?
El depósito era un subsuelo amplio de casi cincuenta metros de largo, con techos abovedados y piso de baldosas. Había sillas en un costado, cajas en otro, había camas, colchones, retratos. ¿Había un orden? Un orden secreto, casual. No debía ver sólo el contenido, sino la forma en que se organizaban los objetos. Había sillones, había lámparas, había valijas al fondo. ¿Dónde podía esconder el bolso alguien que acababa de subir en un montacargas apolillado? Al salir del pozo estaría medio encandilado, urgido por volver a subir -tirando de la roldana y de las sogas- al cuarto donde estaba el cadáver para salir por la puerta, como habían dicho los testigos. ¿Fue así? Seguía las imágenes que se le presentaban como un jugador que apuesta contra la banca y nunca sabe qué baraja viene pero apuesta como si lo supiera. Croce se sintió de pronto cansado y sin fuerzas. Una aguja en un pajar. Quizá la aguja ni siquiera estaba en el pajar. Y sin embargo tenía la extraña convicción de que iba a encontrar la huella. Tenía que pensar, seguir un orden, rastrear lo que buscaba en medio de la confusión de los objetos abandonados.
7
El comisario Croce manipula evidencias. Ése era el título catástrofe de El Pregón, al día siguiente. Y transcribía una información que no tendría que haberse hecho pública, referida a cuestiones de la investigación protegidas por el secreto del sumario. Fuentes acreditadas aseguran que el comisario Croce volvió al Hotel Plaza en horas de la noche, bajó al depósito de objetos perdidos, y salió de allí con unos bultos que pueden formar parte de la pesquisa. Cómo se había filtrado la noticia, por qué habían presentado los hechos de ese modo, eran cuestiones que ya no preocupaban a Croce. Declaraciones exclusivas del fiscal general Doctor Cueto, decía el diario. Una entrevista, fotos. El fiscal Cueto le estaba armando campañas de prensa desde el momento en que se hizo cargo de la fiscalía. Croce -según había escrito el escriba principal del diario, un tal Daniel Otamendiera la bête noire de Cueto. Recién me entero de que tengo un rival tan interesado en mi persona, había comentado Croce.
No estaba interesado, sólo quería sacarlo del medio y sabía que la clave era recurrir al periodismo para desacreditarlo. Según el fiscal, Croce era un anacronismo. Cueto quería modernizar a la policía y trataba a Croce como si fuera un policía rural, un sargento a cargo de la partida. Tenía razón. El problema era que Croce resolvía todos los casos.
El comisario no se dejó intimidar por los titulares catastróficos del diario, pero estaba preocupado. La noticia del asesinato de un norteamericano en la provincia de Buenos Aires había tomado carácter nacional. Los periodistas se contagiaban y entonces, como una filtración de agua en el techo del rancho, empezaban a llover las novedades.
Esa misma mañana había llegado al pueblo, según decían, un periodista de Buenos Aires. Era el enviado especial del diario El Mundo, y bajó del ómnibus que venía de Mar del Plata con cara de dormido y fumando, vestido con una campera de cuero. Dio algunas vueltas y al final entró en el almacén de los Madariaga y pidió un café con leche con medialunas. Le impresionó el tazón blanco y redondo y la leche espumosa y las medialunas finitas, de grasa. Cuando alguien que no era de la zona llegaba al pueblo, se le hacía una suerte de vacío a su alrededor, como si todos lo estuvieran estudiando, así que desayunaba solo en un costado, cerca de la ventana enrejada que daba al patio. El joven parecía sorprendido y alarmado. Al menos daba esa sensación, porque se cambió dos veces de lugar y se lo vio conversar con uno de los parroquianos, que se inclinó y le hizo señas y le mostró el Hotel Plaza. Luego, desde la ventana del almacén se vio llegar el coche de la policía.
Croce y Saldías estacionaron el auto y bajaron a la calle, bordearon la plaza seguidos también ellos respetuosamente hasta la puerta de El Pregón por la misma pequeña corte de curiosos y de chicos que había llevado al forastero hasta el bar.
Todos esperaban un escándalo en el diario, pero el comisario entró tranquilo en la redacción, se sacó el sombrero, saludó a los empleados y se detuvo frente al escritorio de Thomas Alva Gregorius, el director miope que usaba una gorra tejida -las famosas gorras de lana Tomasito- porque se estaba quedando pelado y eso lo deprimía. Había nacido en Bulgaria, así que su castellano era muy imaginativo y escribía tan mal que sólo permanecía en el diario porque era el brazo derecho de Cueto, que lo manejaba como si fuera un muñeco.