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El diario estaba en el primer piso del antiguo edificio de la Aduana Seca, una sala amplia, ocupada por la telefonista, la secretaria y dos redactores. Croce se acercó al escritorio de Gregorius.

– ¿Quién le cuenta esos cuentos, a usted, che?

– Información confidencial, comisario. Lo vieron bajar al sótano y salir con unos bultos, es un hecho, y yo lo escribo -concluyó Gregorius.

– Necesito unas fotos del archivo del diario -dijo Croce.

Quería consultar los diarios de unas semanas atrás y Gregorius fue derecho a la mesa de la secretaria y lo autorizó. La secretaria miró al miope y éste la miró a ella desde sus anteojos de ocho dioptrías y le hizo un gesto de complicidad.

Croce se retiró hasta un mostrador en el fondo de la redacción y abrió los diarios hasta encontrar el que buscaba y observó con una lupa el detalle de una de las páginas. Era una foto de las cuadreras de Bolívar. Tal vez buscaba datos y confiaba en que una instantánea le permitiera ver lo que no había visto mientras estaba ahí. Nunca vemos lo que vemos, pensó. Después de un rato, se levantó y habló con Saldías.

– Fijate si conseguís el negativo de esta foto en el laboratorio. Hablá con Marquitos, él archiva todas las fotos que saca. Quiero el negativo para esta tarde. Hay que ampliarla. -Hizo un círculo con el dedo en una cara-. Doce por veinte.

En ese momento entró en el diario el periodista de Buenos Aires. Parecía medio dormido, pelo crespo, anteojos redondos. Desde las inundaciones grandes del 62 no había venido al pueblo ningún periodista de un diario de Buenos Aires. Se acercó al escritorio, habló con la secretaria y ésta lo mandó a la oficina del director. Gregorius lo esperaba en la puerta, con una sonrisa de simpatía.

– Ah, usted es el enviado de El Mundo -le dijo Gregorius, servicial-. Entonces usted es Renzi. Venga, pase. Siempre leo sus notas. Un honor…

Otro clásico chupamedias de pueblo, pensó Renzi.

– Sí, claro… qué tal, qué dice… Quería pedirle una máquina de escribir y la teletipo para mandar las notas, si se da el caso.

– Así que vino por la noticia.

– Estaba en Mar del Plata y me mandaron porque estaba cerca. Y en esta época del año está todo tan planchado. ¿Qué es lo que pasa?

– Mataron a un norteamericano. Fue un empleado del hotel. Está todo resuelto pero el comisario Croce es un empecinado y un loco y no se convence. Tenemos todo: el sospechoso, el móvil, los testigos, el muerto. Falta la confesión. El comisario ese de ahí -dijo Gregorius, y le hizo un gesto hacia la mesa donde Croce y Saldías miraban la foto del diario-. El comisario, digo, el otro es su ayudante, el principal Saldías.

Croce levantó la cara con la lupa en la mano y miró a Renzi. Una extraña llamarada de simpatía ardía en la cara flaca del comisario. Se miraron sin hablar y el comisario pareció atravesar a Renzi con la mirada, como si estuviera hecho de vidrio, para posarse, despectiva, en Gregorius.

– Che, Gregorio, necesito una ampliación de esta foto -dijo en voz alta-, se la dejo a Margarita.

A Renzi no le gustaba la policía, en eso era como todo el mundo, pero le gustó la cara y la forma de hablar, con la boca torcida, del comisario. Va derecho al grano, pensó, sin ir él mismo derecho al grano porque había usado una metáfora para decir que el comisario le había hablado al director del diario como si fuera un vecino un poco estúpido y la secretaria una amiga. Y es lo que eran, imaginó Renzi. Lo que son, sería mejor decir. Todos se conocen en estos pueblos… Cuando volvió a mirar, el comisario ya no estaba y la secretaria llevaba el diario abierto acompañada por Saldías.

– Entonces se puede instalar aquí, en mi escritorio, si va a escribir. Y la teletipo la tenemos al fondo, Dorita lo puede ayudar. Puede también usar el teléfono, si quiere, va a ser un gusto… -Hizo una pausa-. Si es posible, sólo le pido que nombre a nuestro pequeño periódico independiente El Pregón, estamos acá desde la época de la lucha contra el indio, lo fundó mi abuelo el diario, para mantener unidos a los productores agropecuarios. Le doy mi tarjeta.

– Sí, claro, gracias. Voy a mandar una nota esta noche para que llegue antes del cierre. Le uso el teléfono.

– Claro, claro -dijo Gregorius-. Metale tranquilo, nomás -dijo, y salió de la oficina.

Después de lidiar con la telefonista de larga distancia, Renzi se pudo comunicar al fin con la redacción en Buenos Aires.

– Qué hacés, Junior, soy Emilio, dame con Luna. Estoy aquí, un pueblo de mierda, ¿qué tal por ahí? ¿Alguna mina preguntó por mí? ¿Algún suicidio nuevo en la redacción?

– ¿Recién llegaste?

– Te iba a llamar al bar, pero no sabés lo que es hablar por teléfono desde las provincias… Pero dame con Luna.

Después de una pausa y de una serie de crujidos y ruidos del viento contra el tejido de un gallinero, apareció la voz pesada del viejo Luna, el director del diario.

– Dale, pibe, mirá que estamos adelantados al resto. Salió algo en el Canal 7, pero podemos ganarle de mano a todo el mundo. La noticia no es el pueblo, la noticia es que mataron a un norteamericano.

– Puertorriqueño.

– Es la misma mierda. -Hizo una pausa y Renzi adivinó que estaba prendiendo un cigarrillo-. Parece que la embajada va a actuar, o el cónsul. Mirá si lo mató la guerrilla…

– No joda, don Luna.

– Fijate si podés inventar algo que sirva, está todo bajo el agua por aquí. Mandá una foto del muerto.

– Nadie sabe muy bien qué vino a hacer a este pueblo.

– Seguí esa pista -dijo Luna, pero como era su costumbre ya estaba en otra cosa, atendía diez asuntos al mismo tiempo y a todos les decía más o menos lo mismo-. Apurate, pibe, que se nos viene el cierre -gritó, y enseguida hubo un silencio raro, como un hueco, y Renzi se dio cuenta de que Luna había tapado la bocina del teléfono con el cuerpo y hablaba con alguien en la redacción. Por si lo estaba escuchando, se atajó.

– ¿Y de dónde quiere que saque una foto? -Pero Luna ya le había colgado el teléfono.

En El Pregón todos estaban mirando un televisor instalado en una mesa rodante en un costado de la sala. El Canal 7 de la Capital había pedido conexión coaxial con el canal del pueblo y la información local iba a ser trasmitida a todo el país. En la pantalla cruzada de franjas grises que bajaban y subían circularmente se veía el frente del Hotel Plaza y al fiscal Cueto que entraba y salía, muy activo y sonriente. Explicaba y daba sus versiones. La cámara lo seguía hasta la esquina y desde ahí, luego de mirar a la pantalla de frente con una sonrisita de suficiencia, el fiscal había dado por cerrado el caso.

– Todo ha sido aclarado -dijo-. Pero hay una diferencia con la vieja policía encargada de la investigación. Se trata de una diferencia procesal que será resuelta en los tribunales. He pedido al juez de Olavarría que dicte la prisión preventiva del acusado y lo traslade al penal de Dolores.

El canal local retomó su programación y pasó a informar sobre los preparativos del partido de pato entre Civiles y Militares en la remonta de Pringles. Gregorius apagó el televisor y acompañó a Renzi hasta la puerta del diario.

El cronista del El Mundo se instaló en el Hotel Plaza, descansó un rato, y después se dedicó a recorrer el pueblo y a entrevistar a los vecinos. Nadie le contaba lo que todos sabían o lo que para todos era tan conocido que no necesitaba explicaciones. Lo miraban con sorna, como si fuera el único que no entendía lo que estaba pasando. Era una historia verdaderamente extraña, con aristas variadas y versiones múltiples. Igual que todas, pensó Renzi.

Al final de la tarde había recogido toda la información disponible y se preparó para escribir la crónica. Se instaló en su pieza del hotel y consultó sus notas, hizo una serie de diagramas y subrayó varias frases en su libreta negra. Después bajó al comedor y pidió una cerveza y un plato de papas fritas.