Me está haciendo el cuento, pensó Renzi, me está contando una fábula para engancharme.
– Cuando al fin ella se escapó para siempre de este damned country, como decía, se fue a vivir a Dublín, donde trabaja de maestra y de vez en cuando recibimos una carta siempre dirigida a sus hijos, escrita en un español cada vez más extraño sin que nunca nadie le haya contestado. Porque los dos hijos no le perdonaron que los hubiera abandonado y eso los unió a los dos hermanos en el mismo dolor. Ningún hijo puede perdonar a su madre que lo abandone. Los padres abandonan a los hijos sin problema, los dejan por ahí y no los vuelven a ver, pero las mujeres no pueden, está prohibido, por eso mi hermana y yo, si tenemos hijos, los vamos a abandonar. Nos van a saludar, paraditos en una plaza, los nenes, mientras nosotras pasamos en auto cada una con un amante distinto. ¿Qué tal?
Se detuvo, miró a Renzi con una sonrisa que le brillaba en los ojos y se sirvió más vino. Después volvió a la sala y tardó un rato largo y salió exaltada, los ojos brillosos, frotándose las encías con la lengua y haciendo equilibrio con dos platos con queso y aceitunas.
– En mi familia los hombres se vuelven locos cuando son padres. Mirá lo que le pasó a mi viejo: no pudo salir nunca de la duda. Sólo estaba seguro de la paternidad de mi hermano mayor y Lucio fue el único que cumplió con sus deseos salvo en su casamiento.
Recién en ese momento Renzi se dio cuenta de que ella iba adentro cada vez más seguido; entró en la sala y la vio inclinada sobre una mesa de vidrio.
– ¿Qué tenés ahí? -dijo Renzi.
– Sal gruesa -le dijo ella, y le sonrió mientras se inclinaba con un billete de cien pesos enrollado en la nariz.
– Ah, mirá las chicas de pueblo. Dame una línea.
8
Bravo y Renzi salieron del diario y caminaron un rato por las calles vacías. La noche estaba tormentosa y un viento tibio venía de la llanura. Con repugnancia, Renzi se dio cuenta de que había pisado un cascarudo que hizo un ruido seco al quebrarse bajo sus zapatos. Nubes de mosquitos y de polillas revoloteaban en los faroles de la esquina. Al rato un perro vagabundo, medio torcido, cruzó frente a ellos con la cola entre las patas, y empezó a seguirlos.
– Éste es el perro del comisario, lo deja suelto y el cuzco anda como un fantasma por el pueblo toda lo noche.
El perro los siguió un rato, pero al final se tiró a dormir en un umbral y ellos siguieron hasta el final de la calle. El viento agitaba las ramas de los árboles y levantaba el polvo de la calle.
– Aquí estamos, Emilio -dijo Bravo-. Éste es el Club.
Habían llegado frente a una casa de altos, de estilo francés, muy sobria, con una placa de bronce que anunciaba, a quien se acercara a mirar las letras con una lupa, que ése era el Club Social fundado en 1910.
– Acá no cualquiera puede entrar -dijo Bravo-, pero vos venís conmigo y sos mi invitado.
En toda sociedad cerrada hay un exterior y un interior, explicaba Bravo mientras subían las altas escaleras de mármol que copiaban otras altas escaleras de mármol de algunos otros edificios iguales en ciudades olvidadas.
– Mi trabajo como cronista social consiste en poner la marca alta y mantener separados a los que están de un lado y a los que están del otro. Mis lectores no pueden entrar y por eso leen el diario. Cómo se pasa de un lado, o, mejor, cómo se salta de un lado a otro, es lo que todos quieren aprender. El finado Durán, un mulato, un negro en realidad, porque acá en la provincia no hay mulatos, o sos negro o sos blanco. Bueno, él, negro y todo, al final pudo entrar.
Para ese entonces ellos también habían entrado en el salón. Bravo había ido saludando a los conocidos mientras cruzaban la barra del bar y se instalaban en una mesa a un costado, cerca de los ventanales que daban al jardín.
– Todos dicen ahora que Tony traía un montón de plata. Pero nadie pudo explicar para qué la había traído ni qué estaba esperando. Los norteamericanos pueden entrar la plata que quieran en este país sin declararla ni nada. Lo arreglaron los militares en la época del general Onganía -le dijo como si fuera una confesión personal-. Capital líquido, inversiones extranjeras, lo consideran legal. ¿En El Mundo, quién hace Economía?
– Ameztoy -dijo Renzi-. Según él, Perón está vendido a las empresas europeas.
Bravo lo miró asombrado.
– ¿Europeas? -comentó-, pero eso es del tiempo de ñaupa. -Como todos en la provincia, se dio cuenta Renzi luego de sus conversaciones y entrevistas de ese día, usaba deliberadamente palabras arcaicas y fuera de uso para ser más auténticamente gente de campo-. Esa libertad de tráfico de divisas la pusieron los norteamericanos como condición de las inversiones y ahora sirve para traficar en negro con las cosechas.
– Y eso era lo que hacía Durán -dijo Renzi-. Traficar con plata.
– No sé, eso dicen. No me vayas a citar a mí como fuente, Emilio, yo soy la conciencia social del pueblo. Lo que yo digo es lo que todos piensan pero nadie declara. -Hizo una pausa-. Sólo el esnobismo permite sobrevivir en estos lugares. -Y explicó las razones por las que había sido aceptado en ese ambiente selecto.
Bravo parecía un viejo de treinta años; no es que hubiera envejecido, la vejez era parte de su vida, tenía la cara cruzada de cicatrices porque se había cortado el rostro en un accidente de auto. Había sido un excelente jugador juvenil de tenis, pero su carrera se había interrumpido luego de ganar un torneo juniors en el Law Tenis de Viña del Mar y no se había repuesto nunca de las expectativas frustradas. Tenía tanto talento natural para jugar al tenis que lo llamaban el Manco -como a Gardel lo llaman el Mudo- y, como todo hombre de talento natural, cuando perdió ese don -o ya no pudo emplearlo- quedó convertido en una especie de filósofo espontáneo que miraba el mundo con el escepticismo y la lucidez de Diógenes en el tacho de basura. No había hecho nada con el don que había recibido, salvo ganarle la final de ese torneo juvenil en Chile a Alexis Olmedo, el tenista peruano que años después iba a ganar en Wimbledon. Bravo tuvo que retirarse del circuito antes de entrar en él, por una extraña lesión en la mano derecha que le impidió jugar; así empezó su decadencia y su vejez. Volvió al pueblo y su padre, rematador de hacienda, le consiguió un puesto en el diario como cronista de Sociales porque todavía tenía el aura de haber jugado al tenis en los courts en una época en la que el deporte blanco era sólo practicado por las clases altas.
– Nadie puede imaginar -le dijo luego a Renzi cuando ya habían tomado varias copas y estaban en la etapa de las confesiones sinceras- lo que es tener talento para hacer algo y no poder hacerlo. O al menos imaginar que uno tiene talento para hacer algo y sin embargo no puede hacerlo.