Y allí está Víctor. Aunque no parece que ese hombre semidesnudo, que está junto a la ventana y que sostiene un vaso en la mano y le brilla la piel con un brillo aceitoso, sea él. Está muy cambiado, piensa Olsen. Claro, han pasado cinco años. También el interior del pabellón está cambiado.
Víctor no ha corrido a abrazarlo, pero le ofrece el vaso.
– ¿Un whisky, Olsen? Hace mucho tiempo que no bebemos juntos.
Olsen acepta el vaso y antes de beber aguarda a que Víctor escancie la bebida en el suyo. Que él recuerde, casi nunca bebían copas juntos. A decir verdad, el muchacho no bebía en aquel entonces. Tampoco ve claro por qué ahora lo ha llamado por su apellido. De pronto, al girar el torso. Víctor presenta un escorzo renovado; aparece alguna ligera curvatura entre el hombro y el cuello que le recuerda a Olsen el cuerpo de Victoria. La imagen le trae una caravana de evocadas sensaciones.
– Salud… Salud y pesetas -formula Víctor mientras levanta el vaso.
– Ése era el brindis favorito de tu padre -dice Olsen con acento que intenta ser mordaz.
– ¡Oh, mi padre! Mi padre sabía brindar y fanfarronear, y muy poco más. En el fondo era un inepto para casi todo. -Víctor lo dice haciendo un mohín de desprecio.
– ;Ah sí, era inepto?
– Pues claro. Claro que sí. El pobre hombre vivía aterrado por los Medina. ¡Los Medina, los Medina! ¡Uy, qué miedo, los Medina! ¡Nos van a soplar los negocios, nos van a matar, me van a raptar al hijito! ¿Pues sabes qué les ha pasado a los Medina?
– Algo me han contado.
– Que han volado por los aires con ritmo y donaire… ¿Te gustó el versito?
– Ya veo que no te has olvidado de la poesía.
Víctor ensombrece el rostro y deja el vaso encima de una mesita, a continuación se dirige a la puerta para cerrarla y echar el cerrojo.
– Mejor así. Las puertas abiertas impiden la intimidad… La poesía… ¡No te burles, Olsen, no te burles! Es muy duro el mundo de los negocios, hay que estar muy alerta. La poesía es un agradable pasatiempo para almitas tiernas, pero cuando tienes que luchar por la vida la cosa es diferente. Pero ¿qué hacemos de pie? Siéntate, Víctor, siéntate, por favor.
Al fin se ha acordado de llamarme por mi nombre, piensa Olsen. Y pasea la mirada por las paredes del recinto. Muy cambiado, está todo muy cambiado, se dice. Juzga que la nueva decoración es un poco vulgar. Se sienta en un sillón que parece de estreno. Víctor Iturralde se sienta frente a él, en el sofá.
– Mi padre nunca supo cómo solucionar los problemas gordos. Ahí tienes el caso de los Medina: durante toda su vida le amargaron la existencia y él no hacía más que quejarse. Me pongo yo al frente, y los Medina revientan. Bueno… dos de ellos, uno murió por su cuenta y al otro te lo cargaste tú, ¿recuerdas? Tú dirás que es casualidad que les haya explotado el coche; puede ser, yo no te voy a contradecir… ni a ti ni a nadie que lo diga. Pero, entre nosotros: las casualidades no existen, las casualidades ayudan a los que se ayudan a sí mismos. Es ley de vida.
– Claro, claro… No voy a discutírtelo.
– Por cierto, ¿me ves diferente? Dímelo. ¿No te gusta el tipo que he desarrollado? -inquiere Víctor. Vuelve ¿ ponerse de pie y tensa los músculos del pecho.
– No está mal… ¿No temes resfriarte con tan poca ropa como llevas?
– No hay cuidado, hoy es un día caluroso, ¿le acuerdas de que mi padre y tú querían que me pusiera fuerte? Pues ya lo ves: ahora estoy muy fuerte.
– Sí, ya lo veo: escás muy fuerte…
– ¡Qué gran cabronazo era mí padre, Víctor! Mira que ha hecho daño por el mundo. No me extraña que mi madre lo dejara: era un gran hijo de puta… Y sin embargo, ya ves, murió en la cama, como un santito. Da rabia que gente así no reciba su castigo, te demuestra que no hay justicia en este mundo. Lo mismo sucede con muchos dictadores: joden a dos o tres generaciones e igualmente mueren en la cama. Uno no sabe en qué creer.
»Pero, claro, mi madre al dejarlo a él también me abandonó a mí. Me dejó en sus puercas manos. Yo no debía interesarle, pues de haberme querido se habría sacrificado. Tampoco ella debió de ser muy buena.
– Quizá no podía hacer otra cosa.
– ¡Siempre se puede hacer otra cosa! -grita Víctor íturralde, y de inmediato cambia de tono-: ¿Otro whisky, Olsen?
– Para mí está bien por hoy.
– Claro, me vas a dejar bebiendo solo. Tú también acostumbras a dejarlo solo a uno. Todos estos años no supe nada de n. Podías haberte puesto en contacto antes, ¿no? Me dejaste abandonado en manos de mi padre, sin importarte si él se disponía a matarme… ¿Y si me hubiese matado, eh? ¿Entonces qué, eh?
– Quizá yo tampoco podía hacer otra cosa -susurra Olsen.
– ¿Qué dices? ¡No te escucho! ¡Habla más fuerte!
– Digo que está bien, que me pongas otro whisky.
Víctor vuelve a escanciar la bebida en los vasos, en su expresión luce por un instante el brillo del rencor. Lo borra de la cara y vuelve a sentarse.
– ¿Sabes, Olsen? Con toda su maldad mi padre era un imbécil. Nunca supo cómo encarrilar las cosas. A su muerte me encontré con un desmadre brutaclass="underline" deudas, pérdidas, ausencia de lucro… Tuve que ponerme a rehabilitar todo. Los muchachos al principio creyeron que me iban a tomar para el pitorreo, pero enseguida los puse en su sitio. Ahora el Caribeño me sigue como un perrito faldero, más que a mi padre. Y en cuanto a Iglesias y Aguirre, ni te cuento. Pero me haría falta alguien que los comande… ¿Te gustaría hacerte cargo, Olsen?
– ¿Y ser otro de tus muchachos?
– ¿Por qué no? No me hagas caso, estoy bromeando. Jamás te propondría que trabajaras para mí. Tú eres un tío muy importante, eres todo un duro, a ti no se te puede mandar. ¿Pero a quién se le puede ocurrir que va a mandar al gran Olsen? Olsen es un ser misterioso… ni siquiera se conoce su verdadero lugar de origen. Nadie lo conoce, ni yo mismo, y eso que durante cinco años le entregué mi corazón. Pero, qué va, Olsen tiene sus reservas…
Víctor vuelve a ponerse de pie y comienza a pasearse por la habitación.
– Te decía que mi padre, en el fondo, no sabía hacer bien las cosas. No sabia cómo terminar lo que empezaba, que es lo peor. Pero yo sí: todas las empresas saneadas que en su día poseyeron los Medina están ahora en mis manos. ¿Te acuerdas de un tal Isaías Carvallo, que pretendía competir con nosotros en el negocio inmobiliario? Pues ese hombre ya no existe: un día chocó con su auto contra un camión, o al revés; no viene al caso. Ya ves que la suerte me ayuda. Había otro que incordiaba, un tal Manuel Antúnez, presidente de la junta directiva del banco que nos daba créditos; cuando, asumió el careo nos cortaron los créditos. Bien, Manue| Antúnez ahora ya no jode más, se encuentra sin trabajo. Yo tengo la mayoría de las acciones de ese banco.
»No te imaginas cómo han progresado los negocios desde que tengo las riendas. Ahora soy mucho más fuerte y poderoso de lo que jamás llegó a ser mi padre. Ya ves lo fuerte que soy -dice Víctor, y para demostrarlo abulta los bíceps-. Esto es lo que quería conseguir mi padre y no pudo conseguirlo en vida. Mira si habrá sido estúpido, te encargó nada menos que a ti que me hicieras un hombre duro, y tú en cambio me hiciste un mariquita.