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Se hizo un silencio incómodo.

– ¿Murió su madre? No teníamos ni la menor idea, ninguno de nosotros… Cuánto lo siento.

– No se preocupe, no lo sabían… -murmuró Antoine-. Ocurrió hace mucho tiempo…

– No me lo puedo creer -susurró ella-. Una dama tan joven y adorable…

Antoine Rey deseó en silencio que Mel bajara de una vez. No soportaba la idea de tener que someterse al interrogatorio de Bernadette sobre la muerte de su madre. Entornó los ojos, apoyó una mano sobre el mostrador de recepción y se encerró en un silencio obstinado.

Sin embargo, Bernadette no despegó los labios. Permaneció inmóvil con una expresión preocupada y triste mientras empezaba a aminorar la intensidad del rojo de sus mofletes.

Me encanta nuestro secreto. Me encanta la discreción de nuestro amor, pero ¿cuánto tiempo va a durar? ¿Cuánto vamos a permitir que dure? Hace ya un año de esto. Recorro con los dedos tu piel sedosa y me pregunto si en verdad deseo que esto se haga público. Puedo adivinar todo cuanto va a acarrear. Es como el olor a lluvia y a tormenta en ciernes que nos llega en alas del viento. Soy consciente de las implicaciones, de lo que significa para ti y para mí, pero en lo más hondo de mi ser también sé que me duele y que lo necesito. Tú eres mi único amor. Eso me asusta, pero no hay nadie más.

¿Cómo va a terminar esto? ¿Qué va a ser de mis hijos? ¿En qué les afectará a ellos? ¿Cómo vamos a hallar el modo de vivir juntos tú, yo y los pequeños? ¿Dónde? ¿Cuándo? Me aseguras que no te asusta decírselo a todos, pero seguramente comprenderás que a ti te resulta más fácil. Eres independiente, te ganas tu propio dinero y no tienes ningún jefe. No tienes cónyuge ni hijos: eres libre. Pero mírame a mí. Soy un ama de casa de las Cévennes, nada más que un objeto de adorno envuelto en un pequeño vestido negro.

Hace mucho que no he vuelto a mi pueblo natal ni he visto la vieja casa de piedra escondida entre las montañas, pero conservo recuerdos: las cabras balando en el corral, el suelo reseco, el olivar, mi madre tendiendo las sábanas, la visión del monte Aigoual, los melocotones y albaricoques que mi padre solía acariciar con sus manos callosas. Me pregunto qué dirían si estuvieran vivos, no sé siquiera si me comprenderían, lo mismo ellos que mi hermana, para quien me he convertido en una extraña desde que me fui al norte a casarme con un parisino.

Te quiero, te quiero, te quiero.

Mélanie durmió a las mil maravillas y se levantó muy tarde. Antoine advirtió que tenía los ojos hinchados, pero bajó al comedor a desayunar con el rostro resplandeciente y tranquilo tras una noche de descanso y las mejillas sonrosadas por el sol matutino. Decidió no contarle nada de su encuentro con Bernadette. ¿Qué sentido tenía mencionarle esa conversación? No servía de nada. Le haría daño, tal y como se lo había causado a él.

Ella desayunó tranquilamente sin decir nada mientras él leía la prensa local y bebía café recién hecho. El buen tiempo iba a durar, le anunció. Ella sonrió. Antoine volvió a preguntarse si aquel viaje había sido una buena idea. ¿Qué provecho iban a sacar de remover el pasado? Sobre todo si era el pasado de su familia.

– He dormido a pierna suelta -anunció Mel mientras se colocaba la servilleta encima de las piernas-. Hacía mucho que no me pasaba. ¿Qué tal tú?

– He dormido muy bien -mintió. Por alguna razón, no quería decir que había pasado la noche en vela dándole vueltas al último veraneo. Las imágenes del pasado se proyectaban inesperadamente sobre sus párpados cerrados.

Se acercaron una mujer joven y su hijo. Tomaron asiento en una mesa próxima a la suya. El niño lloriqueaba y hablaba con voz aguda, haciendo caso omiso de la regañina de la madre.

– ¿No te alegras de que tus chavales hayan superado esa edad?

Él enarcó las cejas.

– En este momento, percibo a mis hijos como verdaderos extraños.

– ¿Qué quieres decir?

– Viven unas vidas de las que no sé nada. Se pasan el tiempo delante del ordenador, de la tele o enviando SMS con el móvil cuando están conmigo.

– No me lo puedo creer.

– Pues es la verdad. Nos reunimos a la hora de las comidas, y ellos se sientan en silencio. A veces Margaux se lleva el iPod a la mesa. Lucas todavía no ha entrado en esa edad, gracias a Dios, pero está al caer.

– ¿Por qué no hablas con ellos para ponerles freno? ¿Por qué no tienes una conversación con Arno y Margaux?

Antoine, sentado al otro lado de la mesa, miró a su hermana y se preguntó qué podía contestarle. ¿Qué sabía ella de los niños en general y los adolescentes en particular: de sus silencios, sus arrebatos, de toda esa rabia contenida en su interior? ¿Cómo iba a contarle que a veces percibía el desprecio de sus hijos con tanta dureza que le echaba para atrás?

– Debes conseguir que te respeten, Antoine.

¿Respeto? Ah, sí, igual que él había respetado a su padre cuando era un adolescente. Él nunca se había pasado de la raya. Jamás se había rebelado ni contestado a gritos. Nunca había dado un portazo.

– Están pasando por algo saludable y normal -murmuró él-. Es natural comportarse de forma brusca y ser un poco difícil a esa edad. Tiene que suceder así. -Su hermana permaneció en silencio, bebiendo a sorbos una taza de té. El pequeño de la mesa contigua seguía berreando-. Lo difícil es tener que pasar por esto yo solo, sin Astrid. Todo ha sido tan repentino, tan de la noche a la mañana… Son mis hijos, pero en realidad son unos completos desconocidos y no sé nada de su vida, ni adonde van ni en compañía de quién.

– ¿Cómo es posible eso?

– Por Internet y los móviles. Cuando teníamos su edad, nuestros amigos tenían que telefonear a casa y hablar con nuestro padre o con Régine, debían pedirles que nos pusiéramos al teléfono. Eso se acabó. Ahora no tienes ni idea de a quién ve tu hijo y jamás hablas directamente con sus amigos.

– A menos que los traigan a casa.

– Pero no siempre lo hacen.

El niño de la mesa contigua dejó de llorar por fin y se concentró en masticar un cruasán tan grande como el plato.

– ¿Margaux todavía es amiga de Pauline? -preguntó Mel.

– Sí, por supuesto; pero Pauline es la excepción. Las dos llevan en el mismo colegio desde que tenían seis años. Ahora no la reconocerías.

– ¿Por qué?

– Tiene el mismo tipazo que Marilyn Monroe.

– ¿Estás de guasa? ¿Hablamos de la pequeña Pauline, la flacucha, la pecosa con dientes de conejo?

– Esa misma Pauline, la flacucha.

– ¡Dios mío! -exclamó Mel, asombrada. Luego, alargó una mano y palmeó la de su hermano con suavidad-. Lo estás haciendo bien, Antoine. Me enorgullezco de ti. Debe de ser un trabajo infernal criar a dos adolescentes.

Antoine se apresuró a levantarse cuando los ojos se le llenaron de lágrimas. Dedicó una sonrisa a su hermana y preguntó:

– ¿Qué te parece si nos damos un chapuzón por la mañanita?

Comieron después del baño y luego Mélanie subió a su cuarto para terminar la lectura de un manuscrito.

Su hermano optó por descansar a la sombra. Hacía menos calor del previsto, pero lo más probable era que acabara metiéndose en la piscina en algún momento. Se acomodó al amparo de una amplia sombrilla en una hamaca de madera situada en la terraza e intentó leer un par de páginas de una novela que le había prestado Mélanie, obra de uno de sus autores estrella, un joven desenvuelto de poco más de veinte años. Era un gallito de pose chulesca y pelo oxigenado. Su interés por el libro decayó a las pocas páginas.

Las familias iban y venían al borde de la piscina, y verlas era mucho más entretenido que esa lectura. Había una pareja de cuarentones que bien podían haber sido Astrid y él mismo, pensó Antoine. Él tenía buen tipo: brazos musculosos y estómago firme, pero ella tiraba más bien a gorda. Los dos hijos adolescentes eran una réplica exacta de él. La chica tenía una mueca de mala leche continua y sujetaba unos audífonos entre los dedos, rematados por unas uñas pintadas de negro. El chaval era más joven, quizá de la edad de Lucas, según evaluó Antoine; iba absorto jugando con una Nintendo y contestaba con encogimientos de hombros y gruñidos cuando le hablaban sus padres. «Bienvenidos al club», pensó él, pero al menos esa pareja estaba unida, eran un equipo y serían capaces de lidiar entre los dos las tormentas venideras. En cambio él debía afrontar la galerna en solitario.