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No fue capaz de recordar la última vez que había mantenido una conversación con Astrid acerca de sus hijos. ¿Cómo se comportaban cuando estaban con ella y con Serge? ¿Era igual de malo? ¿Era peor o tal vez mejor? ¿Cómo capeaba la tormenta? ¿Perdía los nervios alguna vez? ¿Les devolvía los gritos? ¿Y qué ocurría con Serge? ¿Cómo se las apañaba con tres chavales que ni siquiera eran suyos?

Antoine se fijó en otra familia más joven con dos niños pequeños. Los padres tendrían veinte y muchos o treinta y pocos. La madre se sentaba con la pequeña sobre la hierba y la ayudaba a encajar las piezas de un puzle de plástico con mucha paciencia. Aplaudía y arrullaba a la niña cada vez que ésta acertaba. Él también solía hacer eso, pensó, recordando aquella época dorada en la que los niños eran pequeños y encantadores: podías abrazarlos y hacerles cosquillas, jugar al escondite o a los monstruos, correr tras ellos, levantarlos en brazos o hacerlos girar por encima de la cabeza mientras sus gritos y alaridos te resonaban en los oídos. Incluso podías cantar para dormirlos y mirarlos durante horas, maravillado ante la perfección de sus minúsculas facciones.

Observó cómo el padre cogía la botella para darle el biberón a su hijo, cómo ponía cuidadosamente la tetina de goma en la boca del bebé. Antoine se sintió abrumado por la tristeza de lo que había pasado para no volver jamás, la nostalgia de un tiempo precioso donde las cosas entre él y Astrid iban bien, disfrutaba de su trabajo -y él lo hacía bien-, se sentía joven y estaba en paz consigo mismo.

Se acordó de los domingos por la mañana, cuando paseaba con su familia por el mercado de Malakoff. Lucas todavía iba en el cochecito, empujado por Astrid, y los otros dos andaban a su lado con paso despreocupado. Le cogían la mano con las suyas, calientes y húmedas. Los vecinos y tenderos saludaban asintiendo con la cabeza y gesticulando con la mano. Qué orgulloso se había sentido, qué seguro estaba en su propio mundo, como si nada pudiera destruirlo, como si nada fuera a cambiar jamás.

¿Cuándo empezó todo? Él no lo había visto venir, y en caso contrario, si hubiera estado sobre aviso, ¿acaso habría sido más fácil? ¿Tenía algo que ver con el proceso de hacerse mayor? ¿Era eso lo que le tenía reservado el destino?

Se sintió incapaz de soportar por más tiempo el aire de felicidad emanado por aquella familia, pues le recordaba demasiado su pasado; de modo que se levantó, inspiró hondo y se deslizó al interior de la piscina. El agua fría le sentó de maravilla, se zambulló y buceó bajo la superficie un rato, hasta que le dolieron brazos y piernas y ya no le quedó aire en los pulmones. Luego, regresó a su silla y extendió la toalla sobre el césped.

Un sol de justicia cayó inclemente sobre él. Justo lo que necesitaba. Un sofocante olor a rosas flotó a su alrededor hasta embriagarle los sentidos y le hizo recordar con una punzada de dolor que sobre ese mismo césped, junto a los rosales, tenían lugar las meriendas con los abuelos, que tomaban el té allí mismo. Rememoró las esponjosas magdalenas que mojaba en su té Darjeeling con una nube de leche, el olor acre del puro del abuelo, la cadencia sedosa de la abuela al hablar, con su entonación de soprano, las risas roncas y repentinas de su tía. Y también se acordó de su madre, de su sonrisa, de la forma en que se le iluminaban los ojos cada vez que miraba a sus hijos.

Todo eso había desaparecido, se había desvanecido para siempre. Se preguntó qué le traerían los años venideros y si tendría las energías necesarias para quitarse de encima esa abrumadora tristeza que le apretaba con tanta fuerza. No la había percibido con tanta intensidad antes de volver a Noirmoutier. Quizá debía viajar, tomarse un tiempo de descanso e ir a algún sitio, a algún lugar lejano, de donde no volviera en años, un país como China o la India; pero le echaba hacia atrás la idea de hacerlo solo. Siempre podía pedírselo a alguno de sus mejores amigos, Hélène, Emmanuel o Didier, pero sabía que era un sinsentido. ¿Quién iba a tomarse libres un par de semanas o un mes para viajar a su edad? Hélène era madre de tres niños que requerían toda su atención. Emmanuel se dedicaba a la publicidad y tenía el peor horario de todos. Didier era arquitecto, como él, pero parecía estar trabajando siempre. Ninguno de los tres estaba en condiciones de dejarlo todo y marcharse a Asia en un abrir y cerrar de ojos.

El cumpleaños de Mélanie era al día siguiente. Había reservado mesa en uno de los mejores restaurantes de Noirmoutier: L'Hostellerie du Château. Era uno de esos sitios donde no había estado nunca, ni siquiera en los buenos tiempos de Blanche y Robert.

Estaba tendido sobre la espalda y se dio la vuelta para tumbarse sobre el vientre. Entretanto, pensaba en la semana próxima. La gente regresaría a la capital después de las vacaciones, ya podía ver en la ciudad legiones de parisinos con los rostros bronceados. Debía afrontar un volumen de trabajo abrumador y encontrar un nuevo ayudante. Los chicos empezarían a ir al colegio otra vez. Poco a poco, agosto se deslizaba para convertirse en septiembre. ¡Cómo demonios iba a arreglárselas para soportar otro invierno por sus propios medios!

Hubo una tormenta terrible la noche en que cumplió años la pequeña y me asusté, como siempre, pero tú viniste a mí en la oscuridad mientras todos se acurrucaban en el comedor alumbrado con velas. El suministro de corriente eléctrica se había cortado, pero no la necesitábamos. Los dedos de tus manos eran como haces de luz para mí, refulgían a mis ojos, parecían casi blancos de pura pasión. Me tomaste y me llevaste a otro lugar en el que nunca había estado antes, donde nadie antes me había llevado, ¿lo oyes?, nadie.

Regresé junto a ellos cuando volvió la luz y trajeron el pastel. Volvía mi papel de madre y esposa perfecta, pero aún relucía bajo los efectos de tu deseo y me abrigaba ese fuego. Ella volvió a mirarme como si sospechara algo, como si lo supiera, pero, escucha, ya no los temo, ya no les tengo miedo. Pronto deberé irme, lo sé, deberé volver a París para retomar mi vida de todos los días, el piso en la avenida Kléber y su atmósfera de vida tranquila, con la seguridad que dan el dinero, los niños…

Te hablo demasiado de los niños, ¿verdad? Pero ellos son mi pequeño tesoro. Lo valen todo para mí. ¿Conoces la expresión «las niñas de los ojos»? Bueno, pues eso es lo que son para mí esos angelitos. Para mí vivir es estar contigo, y eso es lo que más deseo en el mundo, amor mío, pero vivir de verdad sería hacerlo en tu compañía y en la de mis hijos. Estar juntos nosotros cuatro, como una pequeña familia, pero ¿es eso posible? ¿Lo es?

Mi marido no va a venir este fin de semana, y eso quiere decir que otra vez puedes venir a mi habitación de madrugada. Te estaré esperando. Me estremezco sólo de pensar qué vas a hacerme y cómo te tomaré yo.

Mel estaba despampanante esa noche. Llevaba el pelo recogido hacia atrás y sujeto por un moño. Un sencillo vestido negro realzaba su figura esbelta. Tuvo la impresión de que era su madre quien le miraba a través de los ojos de Mélanie, pero no dijo nada. Ése era un recuerdo propio e intransferible.

Estaba muy satisfecho de haber elegido ese restaurante, situado a un tiro de piedra del castillo de Noirmoutier. Visto desde fuera ofrecía una apariencia engañosamente sencilla, con su porche estrecho y sus contraventanas de olivo. El salón principal tenía un techo alto terminado en punta, unas paredes pintadas de color crema, mesas de madera y una enorme chimenea, pero él había reservado una mesa en el exterior, en una pequeña terraza cubierta por un toldo más privada, donde disponían de una mesa debajo de una fragante higuera recostada sobre un muro cuyas piedras se estaban desmenuzando.