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Antoine se percató de que allí no imperaba la habitual algarabía de las familias. No había ni niños lloriqueantes ni adolescentes temperamentales. Era el lugar idóneo para celebrar el cuadragésimo aniversario de Mélanie. Pidió dos copas largas de champán rosé, el favorito de su hermana, y ambos estudiaron en silencio el menú. Foie gras poêle au vinaigre de framboises et au melon. Huîtres chaudes au caviar d'Aquitaine et à la crème de poireaux. Homard bleu a l'Armagnac. Turbot de pleine mer sur galette de pommes de terre ailées.

– Esto es una verdadera maravilla, Tordo -observó ella mientras entrechocaban los vasos para brindar-. Gracias.

Él esbozó una sonrisa. Eso era exactamente lo que tenía en mente cuando había planeado el viaje hacía un par de meses.

– ¿Cómo te sientes ahora que te han caído los cuarenta?

Ella hizo una mueca de asco.

– Fatal. Lo odio.

Vació la copa de un trago.

– Estás guapísima para tener esa edad, Mel.

La piropeada se encogió de hombros y contestó:

– No me siento menos sola por eso, Tonio.

– Tal vez este año…

Mel le miró con desdén.

– Oh, sí, tal vez este año, tal vez este año encuentre un buen tío. Eso mismo me digo todos los años. Como todos sabemos, el problema es que los hombres de mi edad no buscan cuarentonas. O están divorciados y quieren una esposa más joven o están solteros, y ésos son aún más recelosos y huyen de las mujeres de su edad.

Él sonrió.

– Bueno, yo no estoy interesado en mujeres más jóvenes. Ya he tenido bastante de eso. Sólo quieren frecuentar night clubs, ir de compras o casarse.

– Ajajá -asintió ella-, casarse. Llegamos al meollo del problema. ¿Puedes explicarme por qué nadie quiere casarse conmigo? ¿Voy a terminar como Solange, siendo una vieja gorda y mandona?

Los ojos verdes de Mélanie se llenaron de lágrimas. Su hermano no podía soportar que su tristeza echara a perder una velada tan agradable, de modo que dejó el cigarrillo y la aferró por la muñeca, con amabilidad pero con firmeza. En ese momento apareció el camarero y Antoine esperó a que se marchara antes de hablar.

– No has encontrado el tipo adecuado, Mel. Olivier fue una equivocación y duró demasiado. Siempre esperaste que te hiciera una propuesta, pero nunca la hizo, y me alegro de que fuera así, pues él no te convenía, y tú lo sabes.

Ella se enjugó las lágrimas despacio y le sonrió.

– Bien que lo sé. Se llevó seis años de mi vida y dejó detrás de sí un buen lío. A veces me pregunto si estoy jugando en el terreno adecuado para conocer hombres. La mayoría de los escritores y periodistas son gays, complicados o neuróticos. Estoy harta de liarme con hombres casados, como mi vejete salido. Quizá debería ir a trabajar contigo. Tú ves hombres todo el día, ¿no?

El interpelado se echó a reír con ironía. Oh, sí, veía hombres a lo largo de todo el día, y en realidad a pocas mujeres. Veía a hombres como Rabagny, cuya falta de encanto rozaba lo delictivo, o como los hoscos capataces con los que debía lidiar de continuo y con quienes tenía menos paciencia que con sus propios hijos, hombres como los fontaneros, carpinteros, pintores, electricistas. Los conocía desde hacía años y había aprendido a soportar sus chistes verdes.

– No te gustaría esa clase de hombres -observó él, y se tragó una ostra.

– ¿Cómo lo sabes? Ponme a prueba. Llévame a una de tus obras.

– Vale, de acuerdo. -Esbozó una gran sonrisa-. Te presentaré a Régis Rabagny, pero luego no me digas que no te previne.

– ¿Y quién diablos es Régis Rabagny?

– Un joven y ambicioso empresario que está siendo mi cruz. Es familia del intendente municipal del distrito 12°. Se considera un regalo del cielo para los padres parisinos por haber inventado un novedoso modelo de guarderías infantiles bilingües. Las construcciones son espectaculares, pero las está pasando canutas para que las acepte la concejalía de seguridad urbana. No hay modo de hacerle entender que debemos ceñirnos a las reglas y no asumir riesgos cuando están involucrados los niños. Da igual cómo se lo diga, no me escucha. Él piensa que no entiendo su «arte», sus «creaciones».

Confiaba en hacer reír a su hermana con un par de ejemplos graciosos sobre las rabietas de Rabagny, pero se dio cuenta de que ella no le escuchaba: miraba algo más allá de su espalda.

Una pareja acababa de entrar en la terraza y en ese momento la guiaban hasta una mesa no muy lejos de la suya. Eran un hombre y una mujer de cincuenta y tantos, los dos altos y muy elegantes. Ambos estaban morenos y tenían el pelo plateado, aunque el de ella era más bien tirando a blanco mientras que el de él era oscuro salpicado de canas. Eran tan apuestos que su aparición provocó un silencio en la terraza y todos los comensales se volvieron para observar a la pareja. Ajenos a la atención suscitada, tomaron asiento y pidieron champán. Una camarera se lo sirvió enseguida. Antoine y Mélanie los miraron mientras se sonreían el uno al otro, hacían un brindis y se cogían de la mano.

– ¡Toma ya! -exclamó Mel en voz baja.

– Belleza y armonía.

– Amor de verdad.

– Así que existe.

Mélanie se inclinó hacia delante.

– Quizá sean unos impostores, un par de actores representando una comedia.

– ¿Para ponernos los dientes largos a los demás?

El rostro de Mélanie se iluminó.

– No, para infundirnos esperanza y hacernos creer que es posible.

En ese momento, sintió una corriente de compasión hacia su hermana, allí sentada con su vestido negro, con una copa de champán y la adorable línea de los brazos y los hombros perfilada contra la higuera de detrás. «Tiene que haber un hombre bueno e inteligente capaz de enamorarse de una mujer como Mélanie -meditó Antoine-. No tiene por qué ser perfecto como el de la mesa de al lado ni ser la mitad de bien parecido, pero sí fuerte, sincero y capaz de hacerla feliz». Se preguntó dónde podría estar ese hombre en ese momento. Tal vez a miles de kilómetros o puede que a la vuelta de la esquina. No soportaba la idea de que Mélanie envejeciera sola.

– ¿En qué piensas? -le preguntó ella.

– Quiero que seas feliz -contestó su hermano.

Ella frunció los labios.

– Yo te deseo lo mismo.

Permanecieron en silencio durante un rato comiendo concentrados en sus platos y procurando mirar lo menos posible a la pareja perfecta.

– Debes superar lo de Astrid.

Él suspiró.

– No sé cómo hacerlo, Mel.

– Quiero que lo consigas; lo deseo mucho.

– También yo.

– A veces la odio por lo que te hizo -murmuró Mel.

Antoine se estremeció.

– No, no la odies.

Mélanie le cogió el mechero y jugueteó con él antes de hablar de nuevo:

– No puedo. Nadie puede odiarla. No es posible odiar a Astrid.

¡Cuánta razón tenía! Era imposible odiarla. Astrid era como el sol. Su sonrisa, sus carcajadas, sus andares desenfadados, esa voz cantarina tan llena de luz y actividad. Ella abrazaba, besaba, cantaba con voz suave, te cogía de la mano y la estrechaba con fuerza, siempre estaba dispuesta para los amigos y para su familia. Podías llamarla en cualquier momento, pues ella iba a escucharte, asentir, aconsejarte e intentar ayudarte. Ella jamás perdía los nervios, y si lo hacía, era por tu propio bien.

Entonces trajeron el pastel con las velas brillando en la oscuridad. Todos prorrumpieron en aplausos y el hombre y la mujer de la apuesta pareja alzaron sus copas de champán hacia Mélanie, al igual que el resto de los comensales. Antoine sonrió y también aplaudió.