Pero la antigua pena seguía ahí, oculta tras su sonrisa. Quemaba tanto y con tanta precisión que casi comenzó a jadear. Debía dejar irse a Astrid. Él ni siquiera se había dado cuenta de cómo se iba alejando poco a poco. No lo había visto venir y ya no hubo remedio cuando todo salió a la luz.
Mientras estaban tomando un café y un té de hierbas, el chef salió a saludar a los invitados mesa por mesa para asegurarse de que habían disfrutado de la cena. Cuando se volvió hacia ellos y vio a Mélanie con el vestido negro, profirió un grito que los sobresaltó.
– ¡Madame Rey!
El rostro de Mélanie se puso colorado de inmediato, y el de Antoine también. Aquel sesentón creía que era Clarisse, eso era evidente.
Tomó la mano de Mélanie y la besó, extasiado.
– Ha llovido mucho desde la última vez, madame Rey. Más de treinta años, diría yo, pero nunca la he olvidado, nunca. Solía venir a cenar aquí con sus amigos del hotel Saint-Pierre. Parece que fue ayer… En aquellos días, yo acababa de abrir el negocio…
Se produjo un silencio tenso. Los ojos del chef iban de Mélanie a Antoine. Entonces empezó a comprender poco a poco y le soltó la mano con amabilidad.
Mel permaneció en silencio mientras una sonrisa levemente avergonzada le curvaba los labios.
– ¡Mon Dieu, soy un viejo bobo! Usted no puede ser madame Rey, es mucho más joven…
Antoine carraspeó para aclararse la garganta.
– Aun así, mademoiselle, usted se parece mucho a ella. Sólo puede ser…
– Su hija -contestó finalmente Mélanie con calma mientras se echaba hacia atrás un mechón del pelo que se le había escapado del moño.
– Su hija, por supuesto, y usted debe de ser…
– Su hijo -respondió Antoine con dificultad, pues estaba deseando que se marchara ese hombre. Probablemente no estaría al corriente de la muerte de su madre y él quería evitar a toda costa tener que dar explicaciones. Esperaba que tampoco Mel comentara nada, y así fue: su hermana no despegó los labios y el chef reanudó la ronda entre sus clientes.
Antoine se centró en la cuenta, dejó una suculenta propina y luego él y su hermana se levantaron con intención de marcharse. El chef insistió en estrecharles la mano.
– Presenten mis respetos a madame Rey, por favor. Díganle cuánto me ha complacido conocer a sus hijos y que me dará la mayor de las alegrías si viene a verme alguna vez.
Ambos asintieron con la cabeza, murmuraron un agradecimiento apresurado y pusieron pies en polvorosa.
– ¿Tanto me parezco a ella? -preguntó Mélanie con un hilo de voz.
– Bueno, sí, lo cierto es que sí.
Acabas de salir de tu habitación y aprovecho la ocasión para deslizar esta nota por debajo de la puerta en vez de dejarla en nuestro escondrijo de costumbre. Rezo para que la recojas antes de coger tu tren de regreso a París. He dormido con tus rosas y era como hacerlo contigo. Son suaves y preciosas, al igual que tu piel, como los recovecos secretos de tu cuerpo, adonde adoro ir, esos lugares que ahora son míos porque deseo grabarme sobre ellos a fin de que nunca puedas olvidarme, de que jamás olvides nuestro tiempo aquí, de que recuerdes siempre cómo nos conocimos aquí el año pasado: esa primera mirada, esa primera sonrisa, las primeras palabras, el primer beso. Tengo la convicción de que sonríes mientras lees esto, pero no me preocupa, ya no me preocupa nada en absoluto porque sé lo fuerte que es nuestro amor. A veces piensas que soy demasiado joven y que reboso ingenuidad. Pronto encontraremos una forma de enfrentarnos al mundo. Muy pronto.
Destruye esto.
Los dos hermanos se sentaron hombro con hombro a contemplar cómo se deslizaban las aguas del mar hasta cubrir el Gois. Mélanie mantuvo el semblante tristón y habló muy poco mientras el viento le agitaba los cabellos oscuros. No había dormido bien, se justificó cuando bajó a desayunar, y lo cierto era que esa mañana sus ojos eran dos minúsculas rendijas que le daban un aspecto casi oriental.
Antoine no se había preocupado en un primer momento, pero su hermana se encerró en un silencio cada vez mayor conforme fue transcurriendo la mañana, así que le preguntó con tacto si algo iba mal. Mel soslayó la pregunta con un simple encogimiento de hombros. Antoine se percató de que había apagado el teléfono, algo que hacía en muy pocas ocasiones; más bien al contrario, por lo general no quitaba los ojos de la pantalla por si recibía algún mensaje o la avisaba de alguna llamada perdida. Se preguntó si esa actitud no guardaría alguna relación con Olivier. Quizá la había telefoneado por su cumpleaños o le había dejado algún mensaje y eso había reabierto la antigua herida. «Bastardo asqueroso», le maldijo. O justo lo contrario, tal vez su antiguo amante había olvidado felicitarla.
Las aguas devoraron con avidez el pavimento del paso. Él contempló la escena con la misma fascinación que había sentido de joven. Fin del camino. Se acabó. Ya no había más paso. Sintió que le atravesaba una punzada de dolor, como si un momento especial se hubiera perdido para siempre y no pudiera volver a suceder jamás. Quizá prefería observar cómo emergía firme y gris el paso del Gois, presenciar cómo una larga línea dividía en dos las aguas, en vez de verlo desaparecer bajo las olas. Esto último equivalía a ser testigo de un ahogamiento. Deseó haber elegido otro momento para descender hasta allí. El lugar tenía un aspecto un tanto siniestro ese día y el extraño estado de ánimo de Mélanie no contribuía en nada a aliviarlo.
Ésa era la última mañana que iban a pasar en la isla. ¿Por eso permanecía en silencio, ajena a cuanto acaecía a su alrededor, a las gaviotas que sobrevolaban en círculos por encima de sus cabezas, al ulular del viento en los oídos y a la marcha de los espectadores tras la desaparición del Gois?
Mel flexionó las piernas, apoyó el mentón sobre las rodillas y, tras rodearse los muslos con los brazos, apretó con fuerza. Sus ojos verdes parecían aturdidos. Antoine se preguntó si no sufriría una migraña como las de su madre, una de esas jaquecas fuertes y terribles que la dejaban literalmente inmovilizada. Luego pensó en el largo viaje que les esperaba hasta París y en los inevitables atascos de la entrada, en su apartamento vacío, en el apartamento vacío de Mélanie. Tal vez ella estaba pensando en lo mismo: en el regreso a un lugar silencioso y solitario donde nadie te esperaba, donde nadie te recibía al entrar agotado tras horas de conducción detrás del volante, donde nadie te abrazaba. Ella tenía al viejo verde, por supuesto, pero lo más probable era que hubiera pasado con su esposa ese largo fin de semana, porque casi toda Francia estaba de puente. Tal vez estuviera pensando en el día siguiente, en el lunes, en la vuelta a la oficina en Saint-Germain-des-Prés, donde tendría que lidiar con esos autores neuróticos y egotistas de los que le había hablado y con un jefe impaciente y exigente. Y él con una ayudante deprimida.
Astrid tenía que tratar con el mismo tipo de personas en otra editorial de la competencia. Antoine jamás se había sentido parte del mundo de las letras. Nunca había disfrutado con el relumbre de las fiestas literarias, donde corría el champán y los escritores se entremezclaban con periodistas, editores ejecutivos, publicistas. Solía observar a Astrid revolotear entre el gentío con su precioso vestido de cóctel y sus zapatos de tacón; iba de un grupo a otro con una sonrisa en los labios y un agradable gesto de asentimiento para todos. Entretanto, él permanecía cerca de la barra, encendiendo un cigarro con otro y sintiéndose fuera de lugar, desplazado. Dejó de asistir a esas galas al cabo de un tiempo. Ahora se daba cuenta de que tal vez había sido una mala idea. Quizá esa distancia con respecto a la vida profesional de su esposa había sido el primer error. ¡Qué ciego había estado! ¡Qué estúpido había sido!