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A la mañana siguiente me desperté completamente agarrotado. Jamás había dormido sobre una superficie tan incómoda como el lecho desnivelado de aquella cama de hospital, si es que mi sueño desasosegado merecía ser considerado como dormir. El estado de mi hermana monopolizaba toda mi mente. ¿Se encontraría bien? ¿Saldría adelante? Recorrí la habitación con la mirada y detuve el examen en mi maleta y el portátil, guardado dentro de la funda. Habían salido indemnes del accidente. No habían recibido ni el más minúsculo rasguño. Había encendido el ordenador antes de irme a dormir la noche anterior e iba suave como la seda. ¿Cómo era posible? Había visto en qué estado había quedado el vehículo, siniestro total, y sabía en qué estado había quedado el interior de la cabina, y aun así, a pesar de haber sido reducido a chatarra sin otro posible destino que el desguace, mi maleta, mi portátil y yo mismo estábamos bien.

Esa mañana acudió otra enfermera, más rellenita y con hoyuelos en la cara.

– Ya puede ver a su hermana -me informó con una sonrisa.

La seguí a través de un par de corredores por donde gente medio dormida andaba arrastrando los pies y luego subí un tramo de escaleras antes de entrar en la habitación en la que Mélanie yacía en una cama sofisticada, con todo tipo de artilugios y cacharros a su alrededor. Tenía escayolado el torso entero, de la cintura a los hombros. Su cuello largo y fino asomaba entre el yeso como el de una jirafa, y la hacía parecer más alta y flaca de lo que era en realidad.

Se hallaba consciente, pero una sombra le nublaba el verde de los ojos, y estaba pálida, muy pálida, jamás la había visto tan blanca. Parecía distinta, y yo no acertaba a adivinar el cómo ni el porqué de esa transformación.

– Tonio… -jadeó.

Quería ser fuerte e infundirle entereza, pero se me llenaron los ojos de lágrimas nada más verla. No me atreví a tocarla, no fuera a romperle algo y hacerle daño. Me senté en el asiento situado junto a la cama. Me notaba de lo más torpe al realizar cualquier movimiento.

– ¿Estás bien? -inquirió, articulando mucho para que pudiera leerle los labios.

– Estoy bien, ¿y tú? -le pregunté, también en voz muy baja.

– No puedo moverme y esta cosa raspa que no veas.

Por un fugaz momento me pregunté si la doctora Besson me habría dicho toda la verdad, si ella se encontraba bien realmente y si estaría en condiciones de moverse algún día.

– ¿Te duele algo? -quise saber.

Mel negó con la cabeza.

– Me siento rara, como si ya no supiera quién soy -contestó con voz débil y hablando despacio.

Le tomé la mano y se la acaricié.

– ¿Dónde estamos, Antoine?

– En una localidad llamada Le Loroux-Bottereau. Tuvimos un accidente de tráfico poco después de rebasar Nantes.

– ¿Un accidente?

Opté por no recordarle los detalles, no por el momento, y le aseguré que yo tampoco me acordaba demasiado bien. Eso pareció tranquilizarla y me apretó la mano.

Entonces se lo solté a bocajarro:

– Él viene hacia aquí.

Mel supo a quién me refería. Suspiró, ladeó la cabeza y parpadeó hasta que sus pestañas se quedaron en reposo sobre la tez pálida. Me sentí su ángel guardián mientras la miraba. No había visto dormir a una mujer desde mi divorcio. Solía observar a Astrid durante horas. Jamás me cansaba de contemplar su rostro sereno, el temblor de sus labios, el madreperla de los párpados y la suave cumbre de su pecho. Al dormitar, parecía frágil y joven, de la misma edad que tenía ahora Margaux. No la había visto dormida desde nuestro último verano como marido y mujer, y de eso ya hacía un año.

Astrid y yo habíamos alquilado una casita blanca en la isla griega de Naxos el año en que se fue al traste nuestro matrimonio. Habíamos decidido separarnos en junio, o más bien debería decir que Astrid había resuelto dejarme por Serge, pero era imposible cancelar el alquiler y canjear los billetes del avión y el ferry en tan breve lapso de tiempo, así que seguimos adelante con el calvario de pasar un último verano como pareja oficialmente casada. Todavía no les habíamos dicho nada a los niños e intentábamos comportarnos en su presencia como padres normales en el día a día. Terminamos actuando con un entusiasmo tan falso que los chavales empezaron a sospechar que algo se cocía. Astrid pasó la mayor parte del tiempo en la terraza del tejado, leyendo desnuda al sol. Adquirió un moreno atezado que me puso enfermo, pues sabía que sería Serge y no yo quien recorriera esa piel con unas manos grandes como jamones.

Soportar esas tres semanas agotadoras fue como meterme un tiro entre las cejas. Me sentaba en la terraza inferior, desde donde se dominaban las playas de Plaka y de Orkos, y encendía un cigarro tras otro mientras le daba buenos tientos a la botella de ouzo tibio, un característico licor dulce. Las vistas eran magníficas y yo las admiraba a través del velo de la embriaguez y el profundo malestar. El cobrizo contorno redondeado de la isla de Paros parecía un borrón lejano en las aguas centelleantes de color azul ultramar salpicado por manchas de espuma que coronaban las olas levantadas por la fuerte brisa. Cuando estaba demasiado desesperado, beodo o las dos cosas, bajaba por los escalones de un camino polvoriento hasta llegar a la cala y me dejaba caer al agua. Una vez me picó una medusa, pero estaba tan ebrio que apenas lo noté. Más tarde, cuando Arno señaló con el dedo la zona afectada, bajé la mirada y descubrí un feo verdugón cárdeno, como si alguien me hubiera golpeado en el pecho con una fusta.

El verano fue un infierno. Para empeorar mi desasosiego interior, se añadió el hecho de que la serenidad del lugar se veía rota todas las mañanas a primera hora por el chirriante sonido de los bulldozer y los taladros procedente de una obra en lo alto de la colina, donde un italiano megalómano se estaba haciendo un chalé sacado de un filme de James Bond. Camiones cargados con la tierra de las excavaciones no paraban de subir y bajar pesadamente por la senda situada a la derecha de nuestra casa. Yo no les hacía caso y me despatarraba en la terraza a pesar de las nubes de polvo que me caían sobre la cara. Los conductores eran de lo más amistoso y me saludaban cada vez que pasaban. Todo temblaba a su paso, con aquellos enormes motores a un par de metros de mi desayuno sin probar.

Y lo mejor de todo: el depósito del agua era escaso, la electricidad fallaba una noche sí y otra también, los mosquitos estaban sedientos de sangre y Arno rompió el sofisticado lavabo mural hecho de mármol nada más sentarse en él. Encima, todas las noches debía acostarme junto a mi futura ex mujer, verla dormir y llorar en silencio.

– Ya no te quiero del mismo modo que antes, Antoine, es sólo eso -había repetido una y otra vez con la paciencia que muestra una madre con un niño desobediente, y me estrechaba entre sus brazos de un modo puramente maternal mientras yo me estremecía de deseo al sentir el tacto de su piel.

¿Cómo era posible? ¿Cómo podían suceder semejantes cosas? ¿Cómo lograba sobreponerse un hombre a algo así?

Yo había presentado a Mélanie y Astrid hacía dieciocho años. Resultó que ésta trabajaba como editora júnior para una editorial de la competencia. Se hicieron amigas enseguida. No había olvidado el interesante contraste existente entre ambas: la menuda y delicada morena Mel junto a Astrid, la rubia de ojos azules. Bibi, la madre de Astrid, era una sueca procedente de Uppsala. Tenía una naturaleza tranquila e inclinación artística, y era más rara que un perro verde, pero, eso sí, encantadora. El padre de Astrid, Jean-Luc, era un nutricionista de renombre, uno de esos tipos fibrosos y bronceados tan en forma que te hacían sentirte un negligente lleno de colesterol. Estaba obsesionado con la evacuación intestinal regular y echaba salvado en todo lo que cocinaba Bibi.

Tanto pensar en Astrid despertó en mí el deseo de telefonearla para contarle lo sucedido. Abandoné la habitación de puntillas y la llamé. El teléfono sonó sin cesar, pero no contestó nadie. Estaba tan paranoico que llegué a pensar que tal vez debería haberla llamado desde un número oculto o desconocido a fin de que no se viera el número de mi móvil en la pantalla y evitar así que supiera que era yo. Le dejé un breve mensaje en el contestador. Eran las nueve en punto. Lo más probable era que en ese momento estuviera en el coche, en nuestro viejo Audi. Me sabía su horario al dedillo. A esa hora ya habría dejado a Lucas en el colegio y a Arno y Margaux en Port Royal, donde se hallaba el liceo, y estaría luchando a brazo partido con el atasco matinal para llegar al barrio de Saint-Germain-des-Prés, a su oficina de la calle Bonaparte, justo enfrente de la iglesia de Saint-Sulpice. Aprovechaba los semáforos en rojo para maquillarse y los hombres de los vehículos contiguos la miraban y pensaban que era muy guapa. Ahora que caía, estaba de vacaciones. Con él. Probablemente, ese fin de semana habrían ido a la Dordoña con los niños.