– No hay superior -contestó la doctora Besson con aplomo.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Éste es mi hospital. Yo estoy al cargo. Soy la responsable del mismo y de todos los pacientes ingresados.
Besson habló con tal calma y autoridad que mi padre al fin cerró el pico.
Mélanie abrió los ojos y nuestro padre le cogió la mano y la sostuvo como si le fuera la vida en ello, como si no fuera a tocarla nunca más. Se inclinó sobre ella hasta que tuvo medio cuerpo por encima de la cama. Me conmovió el modo en que aferraba la mano de Mel. Se había dado cuenta de que había estado a punto de perder a su hija, a su pequeña Mélabelle, el mote cariñoso que no usaba desde hacía muchos años. Se enjugó las lágrimas de los ojos con el pañuelo de algodón que siempre llevaba en el bolsillo. No parecía capaz de articular palabra alguna, y sólo pudo sentarse y respirar entrecortadamente.
Semejante despliegue de emotividad perturbó a Mélanie. Ésta me miraba a mí para no ver el rostro desgastado y lloroso de François. Nuestro padre no había mostrado hacia nosotros otros sentimientos que no fueran descontento o rabia. Ése era el regreso inesperado del padre atento y cariñoso que había sido antes de que muriese nuestra madre.
Permanecimos en silencio durante un rato. La doctora se marchó, cerrando la puerta tras de sí. François aferró la mano de Mel de un modo que me recordó todas las veces que había estado en Urgencias con mis chavales: cuando Lucas se cayó de la bici y se abrió una brecha en la frente; cuando Margaux rodó por las escaleras y se partió la tibia; cuando a Arno le subió la fiebre como no había visto otra igual. Eran momentos de pánico y apuro. Astrid se ponía blanca como la pared y se aferraba a mí mientras esperábamos fuera con las manos entrelazadas.
Miré a mi padre, consciente de que por una vez, y en silencio, estaba compartiendo algo con él, aunque él no se diera cuenta de ello, aunque no lo supiera. Compartíamos ese abismo de miedo que sólo es posible experimentar cuando un padre sufre por su hijo.
Centré mis pensamientos en esa habitación de hospital y en la razón de que estuviésemos en ella. ¿Qué pretendía decirme Mel antes del accidente? Había recordado algo durante nuestra última noche en el hotel Saint-Pierre y le había estado dando vueltas todo el día. ¿De qué podía haberse acordado? Repasé mentalmente los hitos de nuestra estancia, durante la cual habíamos rememorado tantas cosas. ¿Qué recuerdo podría ser éste? ¿Por qué le había dado vueltas todo el día? ¿Era ésa la razón por la cual había estado tan extraña desde el desayuno, como si estuviera en Babia? Le había preguntado si todo iba bien mientras estábamos sentados frente al Gois y ella había contestado con un encogimiento de hombros. Había farfullado que no había dormido bien y me acordaba perfectamente de cómo estuvo con la mente puesta en otra parte toda la mañana. Ese extraño estado de ánimo sólo había empezado a remitir cuando nos subimos al coche por la tarde para volver a París.
En medio de una gran escandalera entró una enfermera con un carrito por delante. Nos anunció que era la hora de comprobar la tensión de Mélanie y asegurarse de que estaban bien los puntos antes de pedirnos a mi padre y a mí que saliéramos de allí. «¿Puntos?», me pregunté extrañado. Entonces caí en la cuenta de que la habrían operado el bazo. François y yo esperamos fuera del cuarto. Él parecía haber recobrado la compostura, pero aún tenía roja la nariz. Me devané los sesos en busca de algo que decir, pero no se me ocurría nada. En mi fuero interno me reí de la situación: padre e hijo reunidos en torno al lecho de una hermana malherida eran incapaces de mantener una conversación.
Por suerte, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo de atrás. Me apresuré a salir del edificio antes de contestar. Era Astrid. Hablaba con voz llorosa. La puse al corriente de que creía que Mel iba a recuperarse y admití que habíamos tenido el santo de cara. Noté un gozo interior cuando me preguntó si quería que trajese a los niños. ¿No significaba eso que a ella aún le importaba y que, en cierto modo, todavía me quería? Amo tomó el auricular antes de que yo tuviera tiempo de contestar á su madre. También estaba alterado. Sabía cuánto apreciaba a mi hermana. Cuando era pequeño, ella solía llevárselo por los jardines Luxemburgo y lo hacía pasar por hijo suyo. A él le encantaba, como a ella. Le expliqué que Mel iba a quedarse en el hospital por un tiempo, pues estaba escayolada de la cintura al cuello, y él me replicó que quería venir a verla, pues Astrid iba a traerlos. Me entraron ganas de ponerme a bailar y cantar ante la perspectiva de volver a ver reunida a mi familia como en los buenos viejos tiempos en vez de intercambiar a los niños en las escaleras mientras cruzábamos pullitas del estilo de «Esta vez no te olvides el jarabe para la tos» o «Te acordarás de firmar el boletín de las notas, ¿verdad?». Astrid se puso otra vez al teléfono y me pidió la dirección exacta, así como indicaciones para llegar. Le contesté con mi voz más serena y tranquila. A continuación se puso Margaux.
– Dile a Mel que la queremos y que vamos para allá, papá -me dijo con voz susurrante y femenina, y antes de que pudiera dirigirle la palabra me pasó con el número tres, Lucas.
«Vamos para allá», me había dicho.
Encendí un pitillo y me lo fumé con calma, saboreándolo. No soportaba la idea de volver allí dentro y tener que hablar con mi padre, así que al final me fumé otro y lo disfruté todavía más. Venían de camino. «¿Con o sin Serge?», me pregunté.
A mi regreso, me encontré a nuestra hermanastra Joséphine apoyada contra la pared. Debía de haber venido con nuestro padre. Me sorprendía verla allí, la verdad, pues ella y Mel no eran muy amigas. Tampoco ella y yo. De hecho, no la veía desde hacía meses. Probablemente, desde la última Navidad en el piso de la avenida Kléber. Bajamos a la cafetería vacía situada en la planta de la calle. Mélanie parecía descansar y François se hallaba en el coche hablando por teléfono.
Joséphine vestía una camiseta color caqui, calzaba unas All Star y llevaba unos téjanos claros y desteñidos a la moda: por debajo de las caderas. Tenía el pelo corto como el de un chico. Había heredado la boca pequeña y la piel cetrina de Régine, y los ojos castaños de nuestro padre.
Encendimos un cigarrillo. Probablemente, sólo teníamos en común el tabaco.
– ¿Se puede fumar en este sitio? -me preguntó con un hilo de voz mientras se inclinaba hacia mí.
– No hay nadie por aquí -repliqué, encogiéndome de hombros.
– ¿Qué hacíais Mel y tú en Noirmoutier? -me preguntó tras inhalar profundamente.
Eso era algo que me gustaba de ella: no se andaba con rodeos, iba siempre al grano.
– Era una sorpresa para el cumpleaños de Mel.
Ella asintió y dio un sorbo a su café.
– Solíais ir allí de crios, ¿verdad? Con vuestra madre.
Hizo la observación de un modo que me indujo a estudiarla con detenimiento.
– Sí. Nuestra madre, nuestro padre y los abuelos.
– Nunca hablas de tu madre -observó. La jovencita tenía veinticinco años y no se chupaba el dedo. Era un poco presumida, pero a mí esa pinta de pilluela no me parecía nada del otro jueves. El hecho de que ella y yo tuviéramos en común la sangre de nuestro padre no me había hecho sentirme inclinado a mostrar ningún amor fraternal hacia ella-. De hecho -continuó-, tú y yo no hablamos mucho de nada.
– ¿Y eso te sorprende?
El cigarro pendió de sus labios de una forma hombruna mientras ella hacía girar los anillos de los dedos.
– Sí, la verdad. No sé nada de ti.
Un grupo de gente entró en la cafetería y nos miraron escandalizados porque estábamos fumando. Nos dimos prisa en apagar los Marlboro.
– No olvides que yo ya me había ido del piso de Kléber cuando tú naciste -observé.
– Tal vez, pero sigues siendo mi hermanastro. Estoy aquí porque me preocupo por Mel y por ti.