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Les observé salir del aparcamiento y encaminarse hacia el hospital, momento en el que hice acto de presencia. Lucas pegó un grito y se me echó encima, aferrándose a mí con brazos y piernas. Arno me agarró la cabeza y me dio un beso en la frente. No cabía duda: ya me superaba en estatura. Margaux permaneció en un aparte, apoyada sobre una sola pierna, como un flamenco, pero luego se adelantó y hundió la cabeza en mi hombro. Me di cuenta de que debajo del pañuelo ocultaba el pelo teñido de naranja fosforito. Retrocedí un tanto impresionado, pero no dije nada.

Los niños y yo nos estuvimos saludando durante un buen rato, y dejé a mi ex para el final. Extendí los brazos y la abracé con una angustia que probablemente Astrid malinterpretó como zozobra por la suerte de mi hermana. Experimenté una dicha inconcebible por tenerla tan cerca otra vez. El aroma, la dulzura, el tacto suave como la seda de sus brazos desnudos, todo eso me provocó un mareo. Ella no me rechazó, sino que me devolvió el abrazo. Deseaba besarla y estuve a punto de hacerlo, pero justo entonces recordé que no habían venido aquí por mí, sino por Mel.

Los conduje hasta Mélanie y en el camino nos topamos con François y Joséphine. Mi padre saludó a todos con sus apretujones de rigor. Tomó a Arno por la perilla y tiró de ella.

– ¡Por el amor de Dios! ¿Qué es esto? -rugió, y luego palmeó la espalda de mi hijo-. No te eches para delante, que no vales para nada, pánfilo. ¿No te lo dice tu padre? Es tan torpe como tú, la verdad.

Estaba de broma, lo sabía, pero, como siempre, había un toque ácido en sus chanzas. Mi padre se había quejado sobre el modo en que le educaba desde que Arno era un niño, ya que a sus ojos lo hacía mal.

Entramos de puntillas en la habitación de Mélanie. Ella seguía durmiendo. Estaba todavía más pálida que por la mañana. Ofrecía un aspecto frágil y parecía tener muchos más años. Las lágrimas se agolparon en los ojos de Margaux y percibí su brillo cuando rodaron por sus mejillas. El aspecto de Mel la horrorizó. Le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Emitía ese olor fuerte a sudor. Ése no es el aroma de canela de una niña. Arno observó fijamente a la enferma con la boca abierta y Lucas se removió inquieto mientras su mirada revoloteaba entre Mel, su madre y yo.

En ese momento, Mélanie ladeó la cabeza y abrió los ojos lentamente. Su rostro se iluminó al ver a los chicos y les dedicó una débil sonrisa. Margaux se echó a llorar y por el rabillo del ojo vi que también Astrid tenía los ojos llorosos, y además le temblaban los labios.

Eso fue superior a mis fuerzas. Retrocedí con sigilo y salí a hurtadillas hasta el pasillo, donde extraje un pitillo del paquete y me lo llevé a los labios.

– ¡Está prohibido fumar! -bramó una enfermera con aspecto de matrona mientras me señalaba con el dedo de forma acusadora.

– No está encendido. Lo sostengo, pero no estoy fumando.

La mujer me fulminó con la mirada como si fuera un caco pillado in fraganti y se mantuvo en sus trece hasta que devolví el cigarrillo al paquete.

De pronto pensé en Clarisse. Era la única a quien echaba en falta dentro de esa habitación. Si estuviera viva, ahora se hallaría en ese cuarto, con su hija, conmigo, con sus nietos, con su esposo. Tendría sesenta y nueve años, y no me la imaginaba con esa edad por mucho que lo intentase. Para mí, ella siempre sería joven. Yo era un hombre de mediana edad, una fase de la vida a la cual mi madre jamás llegó. Ella nunca supo cómo se educaba a unos hijos adolescentes: murió antes. Me preguntaba qué clase de madre habría sido cuando nosotros hubiéramos llegado a esa edad, pero habría sido diferente para nosotros, todo habría sido distinto. Mélanie y yo mantuvimos a raya los embates de la adolescencia. No hubo salidas de tono, ni gritos, ni portazos, ni insultos. No tuvimos ninguna saludable manifestación de rebeldía juvenil. La neurótica Régine nos amordazó a conciencia. Blanche y Robert lo vieron con buenos ojos, dando por buena la máxima de que «a los niños se les ve pero no se les oye», y nuestro padre pasaba la noche en algún otro lugar. No le interesaban sus hijos ni cómo podrían acabar siendo algún día.

No se nos permitió ser adolescentes.

Una mujer alta uniformada de azul claro me sonrió al pasar mientras acompañaba a mi familia hasta la salida del hospital. Llevaba una placa acreditativa, pero no pude discernir si era médico o enfermera. Le devolví la sonrisa y me pregunté por unos instantes quién podría ser. Estas clínicas de provincias eran estupendas: la gente te saludaba y todo, algo que en París no sucedía jamás. Astrid parecía cansada y conducir con un calor tan intenso no me pareció la mejor de las perspectivas.

– ¿No podéis quedaros un poco más?

Tras unos momentos de vacilación, murmuró algo de que Serge la estaba esperando. Yo había reservado una habitación en un hotel cercano para permanecer cerca de Mel hasta que pudiera moverse. Sugerí que descansase en ella un rato. El cuarto era pequeño, pero fresco. Incluso podía darse una ducha. Ella ladeó la cabeza, pues la idea parecía ser de su agrado. Le entregué la llave y señalé el hotel, justo al otro lado del ayuntamiento. Observé cómo se alejaban Margaux, Lucas y ella.

Arno y yo desandamos parte del camino y nos sentamos en el banco de madera situado enfrente de la entrada.

– Va a salir de ésta, ¿verdad?

– ¿Mel? Puedes apostar que sí. -Asentí con la cabeza-. Va a ponerse bien. -El tono de mi voz me pareció forzado y artificial incluso a mí mismo.

– Papá, dijiste que el coche se salió de la carretera.

– Sí, así fue. Mel iba al volante.

– Pero ¿cómo…? ¿Cómo sucedió?

Decidí contarle la verdad. Arno se había encerrado en sí mismo en los últimos tiempos, se había mostrado distante y únicamente me contestaba con monosílabos. Ya no me acordaba de cuándo habíamos tenido la última conversación digna de tal nombre. Oírle hablar de nuevo y ver que tenía sus ojos fijos en mí, y no la mirada perdida en algún lugar próximo a mis pies, me hizo desear prolongar ese contacto inesperado, sin que importase el modo.

– Tu tía estaba a punto de hablarme sobre algo que la preocupaba, y entonces sucedió todo.

Sus ojos, azules como los de Astrid, hicieron un zoom y se clavaron en los míos.

– ¿Qué iba a contarte?

– Sólo le dio tiempo a decir que se había acordado de algo, y ese algo la perturbaba, pero no se acuerda de nada después del accidente.

Arno permaneció en silencio. ¡Qué manazas se le habían puesto! Eran manos de hombre.

– ¿Sospechas de qué se trata?

Respiré hondo.

– Me imagino que es algo relacionado con nuestra madre.

Me miró con cierta sorpresa.

– ¿Vuestra madre? Tú nunca hablas de ella.

– No, pero la estancia en Noirmoutier durante estos tres últimos días nos ha refrescado la memoria.

– ¿Por qué crees que la tía Mel se había acordado de algo sobre la abuela?

Me gustaba la forma en que me interrogaba: preguntas rápidas y sencillas, sin alborotos ni circunloquios.

– Porque nos pasamos casi todo el puente hablando de ella y rememorando anécdotas y todo tipo de cosas.

Me callé. ¿Cómo iba a explicarle todo eso a un hijo de dieciséis años? ¿Qué sacaba en claro de todo ello? ¿Por qué se interesaba?

– Vamos -me urgió-. ¿Qué tipo de cosas?

– Cosas como quién era.

– ¿No te acuerdas?

– No me refiero a eso. El día de su muerte fue el peor de mi vida. Imagínate: te despides de tu madre y vas a la escuela con la canguro, pasas un día de clase normal y la chica viene a buscarte para llevarte a casa, como todas las tardes, y vuelves tan contento con tu napolitana de chocolate en la mano. Sin embargo, cuando llegas al hogar están allí tu padre y tus abuelos con cara de funeral y te sueltan de sopetón que tu madre ha muerto, que le ha pasado algo en el cerebro y ha fallecido. Y luego, en el hospital, te muestran un cadáver debajo de una sábana y te notifican que es tu madre. Retiran la sábana, pero tú cierras los ojos; al menos yo hice eso.