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Me miró sin salir de su asombro.

– ¿Por qué no me lo habías contado nunca?

– Nunca me lo preguntaste -respondí, encogiéndome de hombros.

Bajó las cejas, una de las cuales llevaba perforado un pendiente, cosa que yo encontraba repulsiva.

– Esa excusa es una bobada.

– No sabía cómo contártelo.

– ¿Por qué? -inquirió.

Sus preguntas empezaron a molestarme, pero deseaba seguir respondiéndolas. Una poderosa fuerza interior me impelía a sacarme eso del pecho y contárselo a mi hijo por vez primera.

– Porque a su muerte todo cambió para Mel y para mí. Nadie nos explicó lo sucedido. Piensa que eso ocurrió en los setenta. Ahora la gente se preocupa por los niños y se actúa con pies de plomo si sucede algo semejante, pero a nosotros nadie nos echó un cable. Clarisse desapareció de nuestras vidas. Nuestro padre volvió a casarse. El nombre de nuestra madre jamás volvió a mencionarse y todas sus fotos desaparecieron.

– ¿De verdad? -preguntó con un hilo de voz.

Hice un gesto afirmativo con la cabeza.

– La borraron de nuestras vidas, y nosotros dejamos que eso sucediera porque estábamos aturdidos por la pena. Éramos niños y estábamos indefensos. Nos marchamos de casa en cuanto fuimos capaces de valemos por nuestra cuenta. Eso hicimos tu tía y yo: dejamos de pensar en nuestra madre en algún punto del camino y lo encerramos todo bajo siete llaves. Y no me refiero a la ropa, los libros u otros objetos personales, sino a nuestros recuerdos sobre ella.

De pronto me costaba respirar.

– ¿Cómo era? -inquirió mi hijo.

– Físicamente era clavadita a Mel, con el mismo color de pelo y la misma silueta. Tenía una personalidad efervescente, era alegre, estaba llena de vida.

Me callé, incapaz de seguir hablando: no me salían las palabras y sentía un dolor cerca del corazón.

– Perdona -murmuró Amo-. Ya hablaremos de esto otro día. No importa, papá.

Mi hijo estiró sus largas piernas y me dio unas palmadas en la espalda con afecto. Parecía estar muy avergonzado por mi emotividad y no saber muy bien cómo manejar la situación.

La mujer alta de blusa azul pasó de nuevo junto a nosotros y sonrió una vez más. Tenía una sonrisa tan bonita como sus piernas. Le devolví la sonrisa.

El móvil de Arno empezó a sonar a toda pastilla y él se levantó despacio para contestar. Bajó la voz y se alejó de mí. No logré escuchar la conversación. No tenía ni idea de nada relativo a la vida privada de mi hijo. Rara vez traía amigos a casa, excepto a una chica, inquietante a mi modo de ver: una gótica con el pelo teñido de negro y unos labios pintados de púrpura que le conferían un parecido a Ofelia ahogada. Se sentaban en su habitación y escuchaban música a todo volumen. No me gustaba someterle a un interrogatorio. En una ocasión le hice un par de preguntas que me parecían divertidas y me saltó:

– Pero ¿tú eres de la Gestapo o qué?

Había mantenido el pico cerrado desde entonces, porque no había olvidado cuánto odiaba a mi padre por husmear en mi vida cuando tenía la edad de Arno, aunque yo jamás me había atrevido a responderle de ese modo.

Encendí un pitillo y me levanté para estirar las piernas. Anduve un poco mientras cavilaba cuáles deberían ser mis siguientes pasos para organizar todo lo relativo a la estancia de mi hermana en el hospital. ¿Con qué debía comenzar?

Sentí una presencia junto a mí y cuando me volví vi a la mujer de la blusa azul.

– ¿Me da un cigarrillo?

Le tendí el paquete con el pulso tembloroso, y me entró otro tembleque cuando le ofrecí un mechero que no me había pedido.

– ¿Trabaja aquí?

Tenía unos interesantes ojos dorados y le calculé unos cuarenta, pero se me daba muy mal eso de echarle años a la gente. Quizá fuera más joven. Todo cuanto sabía era que resultaba agradable a la vista.

– Sí -contestó.

Nos quedamos allí mismo de pie unos instantes, un poco cohibidos. Me fijé en el texto de la etiqueta: «Angele Rouvatier».

– ¿Es usted médico?

– No, no exactamente -repuso con una sonrisa. Antes de que pudiera formularle otra pregunta, ella me la hizo a mí-: ¿Ese joven es hijo suyo?

– Sí, estamos aquí porque…

– Sé por qué se encuentran aquí -atajó ella-. Éste es un hospital pequeño. -Se explicaba en voz baja y tono amistoso, pero a pesar de todo había algo extraño en ella, una actitud distante que era incapaz de precisar-. Su hermana fue afortunada. Fue un buen golpe. Y usted también tuvo suerte.

– Sí, mucha -admití.

Los dos exhalamos el humo en silencio.

– Entonces, ¿usted trabaja con la doctora Besson?

– Ella es la jefa.

Mientras asentía con la cabeza, me percaté de que no llevaba anillo de casada. Ése era el tipo de detalles en los que me fijaba ahora, cuando antes no lo hacía nunca.

– Debo irme. Gracias por el cigarro.

Admiré sus elegantes piernas mientras ella se alejaba. Ni siquiera me acordaba de la última mujer con la que me había acostado. Probablemente, alguna chica con la que había contactado a través de Internet. Una aventura triste de no más de dos horas después de la cual sólo quedaban un par de condones usados y un adiós apresurado. Había sido algo así, seguro.

Tras el fin de mi matrimonio, sólo había conocido a una mujer buena, Héléne, pero estaba casada. Una de sus hijas iba a clase de Arte con Margaux. Ella no estaba interesada en mantener una aventura, sólo quería que fuéramos amigos, y a mí me pareció bien. Con el tiempo se había convertido en una aliada valiosa y cercana. Héléne me había llevado a cenar a alguna de esas ruidosas brasseries del Barrio Latino. Me cogía la mano y me escuchaba cuando estaba con la depre. A su esposo no parecía importarle, y le entendí: tampoco yo era del tipo de hombre que pone celoso a un marido. Héléne vivía en una casona llena de recovecos ubicada en el bulevar de Sebastopol. Heredó la propiedad de su abuelo y la restauró con gran atrevimiento. El edificio tenía una vieja fachada a punto de venirse abajo en un área constreñida entre Les Halles y el Centro Pompidou, dos símbolos ostentosos de la vanidad presidencial. Me invadían punzadas de nostalgia cada vez que la visitaba, pues me recordaba una época de mi infancia, cuando mi padre y yo acostumbrábamos a deambular por los tenderetes de un mercado lleno de olores que ya no existía. A François le gustaba llevarme al distrito 16° y mostrarme el París viejo y sus reminiscencias zolianas. Jamás iba a olvidar la ocasión en que me comí con los ojos a las prostitutas ataviadas con vestidos de colores chillones que se alineaban a lo largo de la calle Saint-Denis, hasta que mi padre me reprendió con severidad para que dejara de hacerlo.

Vi regresar del hotel a Lucas con Astrid y Margaux, recuperadas después de darse una ducha. El rostro de Astrid estaba más relajado y parecía menos cansada. Venían las dos de la mano, y Astrid movía la mano de Margaux adelante y atrás, como si fuera una niña pequeña.

Enseguida llegaría el momento de su marcha, bien lo sabía yo, y necesitaba estar preparado para ese trance. Siempre me costaba un poco hacerme a la idea.

Al final del día, el rostro de Mélanie parecía un poco más sonrosado contra el blanco de la almohada. ¿O era cosa de mi imaginación? Nuestra familia se había marchado y nos había dejado solos con aquel implacable calor de mediados de agosto y el ruido del ventilador resonando en los oídos.

Esa tarde había telefoneado a su jefe, Thierry Drancourt, a su ayudante, Lucie, y a sus amigos íntimos: Valérie, Laure y Édouard. Había intentado explicarles la situación de la mejor forma posible y con un tono suave y firme. Les transmití el mismo mensaje en plan telegrama: había sufrido un accidente, se había roto la espalda, estaba hospitalizada, necesitaba descanso, iba a ponerse bien. Sin embargo, todos parecían preocuparse y preguntaban si podían ayudar en algo, si tenía dolores o si necesitaba que le enviaran alguna cosa. Los aplaqué hablándoles con confianza y les aseguré que iba a recuperarse del todo. Encontré un par de mensajes del amante de Mel en su teléfono, del cual me había apropiado, pero no los contesté.