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– A ti lo que te va es machacarte, ¿verdad?

– No -refuté, escocido por el comentario.

– Pues entonces, deja de hacerlo.

Permanecí en silencio mientras me quitaba el preservativo con la mayor discreción posible. Luego, sin mirarme al espejo, como de costumbre, entré al servicio, donde me deshice del condón. Metí tripa y regresé a la cama.

– ¿Y qué hay de usted, madame Rouvatier? ¿A qué se dedica?

Ella me miró con cierta reserva.

– Soy tanatopractora. -Esbozó una sonrisa que dejaba entrever unos dientes blancos perfectos que me hicieron tragar saliva-. Manipulo cadáveres a lo largo de todo el día con las mismas manos con que te he acariciado la polla hace unos instantes. -Se las observé. Eran fuertes y hábiles, y, aun así, extremadamente femeninas-. Mi trabajo repugna a ciertos hombres, así que no lo cuento. No se empalman si lo hago. ¿Te da repulsión?

– No -le contesté con sinceridad-, pero supongo que me sorprende un poco. Háblame un poco de tu trabajo. Nunca he conocido a nadie con ese oficio.

– Mi labor consiste en aprender a respetar a los muertos, eso es todo. Si tu hermana hubiera fallecido en ese accidente, cosa que, por suerte, no ha ocurrido, gracias a Dios, mi tarea habría sido darle un aspecto sereno para que tú y tu familia pudierais mirarla por última vez sin llevaros un susto.

– ¿Y cómo lo logras?

Angele se encogió de hombros.

– Es un trabajo. Tú restauras edificios, yo hago lo mismo con los cuerpos.

– ¿Es duro?

– Sí, lo es cuando se trata de niños, bebés o mujeres embarazadas.

Me estremecí.

– ¿Tienes los tuyos propios? Quiero decir, hijos, bebés…

– No, no soy una persona de familia. Por eso admiro las de los demás.

– ¿Estás casada?

– Pareces un poli. Tampoco soy de las que se casan. ¿Alguna otra pregunta, agente?

– No -contesté con una sonrisa.

– Perfecto, porque ahora debo irme. Mi novio va a preguntarse dónde estoy.

– ¿Tu novio? -pregunté con una nota de perplejidad que no logré reprimir.

Ella me regaló una sonrisa deslumbrante que mostraba sus dientes.

– Sí, tengo un par.

Se puso de pie y se metió en el cuarto de baño, donde oí correr el agua de la ducha durante unos breves momentos. Luego, reapareció envuelta en una toalla. La observé. La encontraba fascinante, no podía evitarlo, y ella lo sabía. Se puso las bragas, los vaqueros y la camiseta.

– Volveré a verte; lo sabes, ¿verdad?

– Sí -musité.

Se inclinó sobre mí y me besó con avidez en los labios.

– Volveré a por más, monsieur Parisiense. Ah, por cierto, no hace falta que vayas metiendo tripita de ese modo. Ya estás bien como estás. -Se despidió y cerró la puerta con suavidad al salir.

Intenté poner en orden mis ideas. Estaba hecho polvo, era como si me hubiera pasado por encima un camión. Mientras me duchaba, no pude contener una risilla al recordar su audacia, pero había una ternura irresistible detrás de ese descaro. Esa mujer atesoraba un don increíble, pensé mientras me cambiaba de ropa y me ponía unos vaqueros y otra camiseta. Me había hecho sentirme bien conmigo mismo, y eso no sucedía desde hacía siglos. Me sorprendí a mí mismo tarareando y a punto de estallar en carcajadas.

Me miré al espejo como era debido, y eso no ocurría desde hacía mucho tiempo. Vi un rostro un tanto alargado, cejas espesas y una constitución delgada, si exceptuábamos la barriga. Desde el espejo me contemplaba un hombre que ya no se parecía al perro Droopy, el personaje de dibujos animados. No, incluso era más sexy, o así me lo parecía a mí, a pesar de las canas y del brillo enloquecido de los ojos de color castaño.

«Si Astrid pudiera verme ahora, si fuera capaz de quererme como Angele Rouvatier-que-va-a-volver-a-por-más», me lamenté antes de ponerme a gemir. ¿Cuándo iba a dejar de aferrarme a mi ex mujer? ¿Cuándo sería capaz de pasar página y seguir con mi vida?

Le estuve dando vueltas al oficio de Angele. No me hacía una idea precisa del trabajo de un tanatopractor. ¿Quería saber más? De un modo morboso, en cuyas razones no deseaba ahondar, encontraba el tema fascinante.

Había visto en la tele un documental sobre cómo trataban a los cuerpos tras la muerte. Les inyectan unos compuestos químicos, les recomponen las facciones y les alisan la piel, les cosen las heridas, les recolocan las extremidades e incluso se les aplica un maquillaje especial. «Es un trabajo siniestro», había comentado Astrid, que lo estaba viendo junto a mí.

¿Qué clase de cadáveres podía tratar a diario Angele Rouvatier en un hospital de provincias como ése? Ancianos muertos de puro viejos y víctimas de cáncer, accidentes de coche e infartos, suponía.

¿Contó el cuerpo de mi madre con la asistencia de algún embalsamador? Mel y yo fuimos conducidos al hospital para ver su cadáver, pero yo cerré los ojos. Ignoro si mi hermana hizo otro tanto. £1 funeral tuvo lugar en la iglesia de Saint-Pierre de Chaillot, a diez minutos a pie de nuestra casa de la avenida Kléber. Mi madre estaba enterrada en el panteón de los Rey, ubicado en el cementerio de Trocadero, también muy cerca. Hacía unos años había llevado a los niños para enseñarles la tumba de una abuela a la que nunca conocieron.

¿Cómo era posible que apenas conservara recuerdos del funeral? Me quedaban imágenes sueltas de una iglesia poco iluminada adonde acudió poca gente, el eco de los cuchicheos, el olor asfixiante de las lilas blancas y un montón de desconocidos que nos abrazaban una y otra vez.

Debía hablar con mi hermana para averiguar de qué se acordaba ella. Quizá recordase el rostro de nuestra madre muerta. Pero ahora no, no era el momento, y lo sabía.

Pensé de nuevo en lo que estaba a punto de decirme Mélanie unos segundos antes del accidente. Lo llevaba clavado desde el siniestro, no lograba sacármelo de la cabeza, estaba ahí, como un peso muerto, haciéndose notar. Había barajado incluso la posibilidad de comentárselo a la doctora Besson para ver qué pensaba y qué me sugería, pero en ese mismo momento la única persona con quien deseaba consultar el asunto era Astrid, y no estaba allí.

Encendí el móvil y escuché los mensajes. Había uno de Florence para hablar de un nuevo contrato y otros tres de Rabagny. El importe de los emolumentos había sido la única razón para aceptar el encargo de su guardería infantil cerca de la Bastilla. No podía ponerme tiquismiquis tal y como estaba el patio. Debía transferir a Astrid una pensión alimenticia mensual bastante elevada. Así lo habían concertado los abogados y no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Siempre había ganado más dinero que ella, y probablemente el acuerdo sería justo, pero ahora las pasaba canutas cada fin de mes.

Rabagny no entendía dónde me metía ni por qué no le devolvía las llamadas, a pesar de que el día anterior le había enviado un SMS donde le explicaba lo del accidente mientras regresaba a París. Odiaba el sonido de su voz aguda y quejumbrosa como la de un niño consentido.

Había surgido un problema en el área de juegos. El color y la consistencia no eran los adecuados. El tipo me echaba su perorata con tal desprecio que parecía escupir las palabras, y mientras oía las grabaciones casi veía su cara ratonil de ojos prominentes y orejas descomunales. No me había gustado desde el principio. Tenía los treinta recién cumplidos y una arrogancia que me desagradaba tanto como su aspecto físico. Consulté la hora. Acababan de dar las siete. Todavía podía devolverle la llamada, pero no lo hice. Borré todos sus mensajes con una fiereza de lo más satisfactoria.

Héléne había dejado un mensaje con su voz suave como el zureo de una paloma: deseaba saber cómo nos encontrábamos Mélanie y yo desde nuestra última conversación, hacía apenas unas pocas horas. Ella seguía de vacaciones con su familia en Honfleur. Desde mi divorcio, yo había visitado a menudo esa residencia, una casa con vistas al mar muy agradable, cómoda y desordenada en donde uno se sentía a gusto. Era una amiga muy apreciada porque sabía cómo conseguir que me sintiera mejor conmigo mismo y con mi vida. Al menos por un tiempo.