Bibi apechugaba con todo eso. Podías ver su rosáceo rostro redondo con hoyuelos y el pelo blanco recogido en un moño casi siempre en la cocina, atareada como una abeja obrera. Accedía a casi todo y se encogía de hombros con la mejor de las disposiciones.
Todas las mañanas, mientras me tomaba un café negro con azúcar en el desayuno, mi suegro me censuraba:
– ¡Qué malo es eso para tu cuerpo! Habrás muerto antes de cumplir los cincuenta.
Debía ocultarme como un colegial detrás de las hortensias a fumarme un pitillo deprisa y de mala manera para oírle decir:
– Vives cinco minutos menos con cada cigarro que te fumas, ¿lo sabías?
Y eso no era todo. Con el fin de sudar lo máximo posible, mi suegra andaba a toda prisa por el jardín completamente vestida con plástico y subida sobre unos palos de esquí. A esto se le llamaba «marcha nórdica», y como ella era sueca, pues, bueno, supongo que encajaba que la practicara, pero tenía un aspecto ridículo.
La costumbre nudista de los sesenta empezó a cansarme cuando la practicaban en torno a la piscina y dentro de la casa. Iban por ahí contoneándose como ciervos viejos, inmunes a la evidencia de que sus cuerpos no inspiraban más que lástima; pero yo no me atrevía a poner el tema sobre la mesa, ya que Astrid también practicaba el nudismo en verano, aunque en menor medida. Las alarmas saltaron cuando Arno, que entonces sólo tenía doce años, murmuró en la cena algo sobre que le avergonzaba que sus amigos acudieran a la piscina porque los abuelos se exhibían desnudos. Para esa fecha ya habíamos decidido pasar los veranos en otra parte, aunque volvimos de visita.
Por todo ello, cambiamos los robledales de Dordoña, los desayunos con muesli y el nudismo de mis suegros por el abarrotado y alegre Club Med, donde abundaban las comidas con un alto contenido en calorías.
Al principio no me preocupé por Serge, lo admito. No percibí ningún indicio de peligro. Astrid se marchaba a sus clases de gimnasia acuática y de tenis, los chicos se quedaban en el miniclub y yo me pasaba las horas muertas leyendo, tomando el sol o echando una cabezadita en la playa y nadando en el mar. Ese verano leí un montón de novelas. Me las había regalado Mélanie. Eran libros de nuevos valores, escritores confirmados y escritores extranjeros publicados por la editorial en la que trabajaba mi hermana. Los leí por encima, sin concentrarme mucho, pues ese verano sobre todo hice el vago. Debería haber estado con la guardia alta, pero en vez de eso holgazaneé bajo el sol, convencido de que todo marchaba bien en mi pequeño mundo.
Astrid le conoció en las pistas de tenis, o eso tengo entendido, pues compartían el mismo profesor, un italiano de voz melosa que llevaba unos pantalones cortos blancos muy apretados e iba por ahí caminando como John Travolta en la pista de baile. No noté nada raro hasta más tarde, durante el viaje a Estambul. Serge formaba parte del grupo de quince turistas del Club Med guiados por un viejo turco que hablaba francés con un sorprendente acento belga. Aturdidos por el calor y el cansancio, pateamos por el palacio de Topkapi de punta a punta, la mezquita azul del sultán Ahmed, Santa Sofía, las antiguos restos de cisternas de agua adornadas con cabezas de medusa y el bazar. Lucas tenía seis años y no hizo más que quejarse. Era el niño más pequeño de todos.
Me di cuenta de que Astrid se estaba carcajeando mientras cruzábamos el Bósforo en un barco y el guía señalaba las vistas de la orilla asiática. Serge estaba de espaldas a mí rodeando con el brazo a una joven, y los dos se reían. La muchacha era una joven de rostro saludable que llevaba el pelo sujeto en una cola de caballo.
– Eh, Tonio, ven a conocer a Serge y Nadia.
Me acerqué a ellos sin ninguna prisa y les estreché la mano. Entorné los ojos mirándole a la cara. No hallé nada especial en él. Estaba cachas, pero era más pequeño que yo y tenía unas facciones muy del montón. Pero Astrid le miraba, y él a ella. El menda estaba ahí con su novia y no era capaz de quitarle los ojos de encima a mi esposa. Me entraron ganas de tirarle por la borda.
Con creciente angustia, sentía su continua presencia cuando regresamos al Palmiye Hotel. Nos lo encontrábamos en todas las esquinas. ¡Quién lo iba a decir! Serge estaba en el hammam, junto a la piscina, bailando con los chicos en las Crazy Signs organizadas por el Club Med y en la mesa contigua a la nuestra. A veces con Nadia y otras solo.
– Son una pareja moderna -me había explicado Astrid.
Yo no tenía ni idea de qué diablos significaba eso, pero no me gustaba ni un pelo.
En las clases de gimnasia acuática, estaba inevitablemente presente: pedaleando en el agua junto a mi esposa, masajeando su cuello y sus hombros durante las sesiones de masaje recíproco del final.
No iba a sacármelo de encima ni con agua caliente. Empecé a asumir con desánimo que debería esperar al final de las vacaciones para perderle de vista. No me di cuenta en absoluto de que el romance empezó justo después de que todos regresáramos a Francia. Bajo mi punto de vista, Serge había sido un incidente desagradable en unas vacaciones por todo lo demás muy satisfactorias.
Fue entonces cuando Astrid empezó a dar señales de estrés. Se cansaba muy a menudo y saltaba a la mínima. Ya nunca hacíamos el amor. Se acurrucaba en su lado de la cama, de espaldas a mí, y se quedaba dormida enseguida. Una o dos veces, después de que los niños se hubieran acostado, la sorprendí llorando a solas en la cocina.
Ella siempre se las arreglaba para convencerme de que todo se debía al cansancio o a este o aquel otro problema en la oficina; nada serio. Y yo la creía.
¡Qué fácil era creerla! No debía plantearle ninguna pregunta a ella ni tampoco debía hacérmelas yo.
La verdad era que ella lloraba porque amaba a Serge y no sabía cómo decírmelo.
Al día siguiente apareció por el hospital Valérie -la mejor amiga de Mélanie-, con Lea -su hija de cuatro años, ahijada de Mel-, su esposo, Marc, y su perra Rose, una jack russell terrier.
Me vi en la obligación de esperar fuera con la niña y la perra para que Lea y Marc pudieran pasar un rato con mi hermana. El chucho era nervioso, de esos que no se están quietos nunca: parecía haber nacido para dar brincos y ladrar hasta debajo del agua; la niña era más mala que la quina, a pesar de su aspecto angelical. Tuve que dar una vuelta tras otra alrededor del hospital para tranquilizarlas un poco a las dos. Al animal lo sujetaba por la correa y a la niña la llevaba bien cogida de la mano. Angele Rouvatier se desternillaba de risa cada vez que me observaba desde su ventana en el piso primero. Un fuego interior se encendía entre mis caderas cada vez que sus ojos se posaban en mí, pero resultaba muy difícil tener una pinta mínimamente sexy y al mismo tiempo mantener controladas a una perra que no dejaba de ladrar y a una niña que no paraba de gritar.
Rose tenía la poca elegancia de sentarse a horcajadas para mear donde le viniera en gana, y eso incluía la rueda delantera de la Harley de Angele. Por otro lado, la niña deseaba estar con su madre y no alcanzaba a entender por qué la habían empaquetado como un fardo y la habían dejado conmigo, con el calor que hacía en pleno mes de agosto; una tarde perdida en un lugar carente de todo interés, pues no había un sitio decente donde jugar ni poder comprar helados.
Me encontraba perdido frente a un niño de esa edad. Había olvidado lo tiránicos, obtusos y ruidosos que pueden llegar a ser. De pronto, eché de menos los equívocos silencios de la adolescencia, a los que había ido acostumbrándome y con los que, según creía, era capaz de manejarme.
Por el amor de Dios, ¿por qué teníamos hijos?, me preguntaba cuando las enfermeras abrieron las ventanas y me miraron con desdén o desquiciadas por la combinación de los gemidos de la niña y los ladridos de la terrier.