Valérie salió del edificio por fin y, para mi enorme alivio, se hizo cargo de la estruendosa pareja. Esperé a que apareciera Marc y se llevase a Lea y Rose para conversar con la amiga de mi hermana. Nos sentamos a la sombra de un castaño, pues el calor era más intenso ese día: el ambiente era seco y ardiente, más propio de un desierto, lo cual me hacía añorar todavía más los helados y los insondables fiordos noruegos.
Nuestra visitante estaba muy morena tras pasar las vacaciones en España. Mélanie y ella eran amigas desde hacía muchos años, desde que fueron juntas a clase en el colegio Sainte-Marie de l'Assomption, en la calle Lubeck. De pronto me percaté de que a lo mejor ella recordaba algún detalle sobre mi madre y me asaltó la tentación de preguntarle, pero mantuve cerrado el pico. Valérie era una escultora de bastante renombre. En mi opinión, su trabajo era bueno, pero marcadamente sexual y demasiado explícito como para tenerlo expuesto en una casa llena de niños. Sin embargo es posible que pensase de ese modo porque, y aquí casi puedo oír la voz de Mel burlándose de mí, soy «un chico burgués y un estirado del distrito 16o».
Valérie parecía preocupada. Aunque yo la había mantenido al corriente del estado de Mel durante los últimos días, era inevitable, como tuve que recordarme a mí mismo, la fuerte impresión cuando se la veía por primera vez. Extendí el brazo y le cogí la mano.
– Parece muy débil -susurró.
– Sí -admití-, pero tiene mejor aspecto que el primer día.
– No me estarás ocultando nada, ¿verdad? -inquirió con acritud.
– ¿Como qué?
– Bueno, que vaya a quedarse paralítica o alguna otra cosa horrorosa.
– Por supuesto que no, aunque lo cierto es que la doctora Besson tampoco me ha dicho demasiado. No tengo ni idea de cuánto tiempo va a tener que quedarse aquí ni cuándo va a caminar por su propio pie.
Valérie se rascó la coronilla.
– Ha venido la doctora cuando estábamos en la habitación. Parece una mujer amable.
– Sí, lo es.
Ella se volvió para mirarme a los ojos.
– ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo lo llevas, Tonio?
Sonreí y me encogí de hombros.
– Me siento como en una especie de nube.
– Debe de haber sido terrible, y más aún después de un fin de semana maravilloso. He hablado con Mel de su cumpleaños, y, por cómo hablaba, parece que os lo pasasteis fenomenal.
– Sí, fue estupendo -afirmé sin convicción.
– No dejo de preguntarme por qué ha sucedido esto -comentó, y volvió a observarme.
Como no sabía muy bien qué responder, miré hacia otro lado. Al final, suspiré y le contesté:
– Se salió de la carretera. Así sucedió. Nada más y nada menos.
Valérie me rodeó con su brazo moreno.
– Lo que tú digas, pero ¿por qué no me dejas quedarme con ella unos días? Puedes irte a París en el coche con Marc y yo me quedaré cuidando de Mel durante un tiempo. -Acaricié la idea en silencio. Ella continuó hablando-: No puedes hacer casi nada por tu hermana en este momento y Mel no puede moverse, así que ¿por qué no vuelves a casa, me dejas a cargo de todo y vemos cómo evolucionan las cosas? Debes volver al trabajo y ver a tus hijos los fines de semana, y en unos días, si quieres, puedes volver con tu padre.
– Me siento mal dejándote sola.
Ella soltó un bufido.
– ¡Oh, vamos! Soy su mejor y más antigua amiga. Hago esto por ti y por ella, por los dos.
Le apreté el brazo e hice una pausa antes de preguntarle:
– ¿Tú recuerdas algo de mi madre, Valérie?
– ¿De tu madre?
– Mel y tú sois amigas desde hace tantos años que pensé que quizá te acordaras de algo.
– Mel y yo nos conocimos a los ocho años, creo, poco antes de morir tu madre. Recuerdo una cosa: mis padres me ordenaron que nunca le preguntara a Mélanie nada sobre su madre, aunque ella me mostraba fotografías, cartas y pequeñas pertenencias de vuestra madre. De todas formas, luego tu padre volvió a casarse y nosotras crecimos y nos convertimos en adolescentes frívolas: empezamos a interesarnos por los chicos y esas cosas, y ya no hablamos mucho de ella. Pero lo sentía mucho por los dos. No conocía a otros niños que hubieran perdido a su madre, y eso hacía que me sintiera culpable y triste.
Culpable y triste. Bastantes amigos del colegio reaccionaron de ese mismo modo. Algunos se llevaron una sorpresa de tal calibre que ya no fueron capaces de dirigirme la palabra de forma normal nunca más. Me ignoraban o se ponían rojos como un tomate si yo les hablaba.
La directora del colegio pronunció unas torpes palabras e incluso hubo una misa especial por Clarisse. Los profesores se portaron fenomenal conmigo durante un par de meses, ya que yo era el huérfano. Susurraban a mis espaldas, se daban codazos o me señalaban con movimientos de cabeza.
– Mira, ése es, su madre ha muerto.
A lo lejos vi a Marc caminando hacia nosotros con la niña y la perra. Podía confiar en Valérie para cuidar de mi hermana. Ella me explicó que había traído una bolsa con lo necesario para quedarse un par de días. Era fácil, me hacía falta y además ella quería hacerlo.
Por tanto, hice mi composición de lugar enseguida: me marcharía con Marc, Lea y Rose. Sólo necesitaba un poco de tiempo para guardar mis cosas, comunicar en el hotel que Valérie iba a necesitar una habitación y despedirme de Mel. Se sentiría tan feliz de ver a su mejor amiga que mi marcha no iba a perturbarla lo más mínimo.
Rondé por los alrededores de lo que intuía que eran las oficinas de Angele, pero no la vi por allí. Pensé en lo que podía estar haciendo en esos precisos instantes. Tal vez estaba manipulando un cadáver. Así que me alejé de allí y me entrevisté con la doctora Besson, a quien le expliqué que dejaba a Mel al cuidado de una muy buena amiga y le anuncié mi propósito de estar de vuelta enseguida.
Ella me tranquilizó y me aseguró que Mélanie iba a estar en las mejores manos. Sin embargo, nuestra entrevista concluyó con una frase enigmática:
– No pierda de vista a su padre.
Asentí con la cabeza y me marché, pero no pude evitar preguntarme a qué se estaría refiriendo. ¿Acaso pensaba que François tenía mal aspecto? ¿Había advertido su ojo clínico algún detalle que yo había pasado por alto? Tuve la tentación de dar media vuelta y pedirle que me lo aclarase, pero Marc me estaba esperando y la niña ya había empezado a armar alboroto, así que me marché a toda prisa mientras despedía con la mano a Valérie, cuya figura alta y reconfortante se recortaba contra el umbral de la entrada.
El viaje fue largo y caluroso, pero milagrosamente silencioso, pues se quedaron roque tanto la niña como la mascota. Marc no era hombre de mucha conversación. Escuchamos música clásica y hablamos poco, y eso fue todo un alivio.
Nada más llegar a casa abrí todas las ventanas de par en par, pues el ambiente estaba cargado y el aire, viciado. Durante los veranos parisinos reinaba una chicharrera pesada y olorosa, cargada del hedor del humo de los tubos de escape, gases y mierda de perro. ¡Y cómo sonaba el atasco tres pisos por debajo, en la calle Froidevaux! Nunca era posible dejar abiertas las ventanas del todo durante mucho rato: el ruido resultaba insoportable.
La nevera estaba vacía y además se me hacía insufrible la idea de cenar solo otra vez más, de modo que le pegué un telefonazo a Emmanuel y le dejé un mensaje en el contestador automático, implorándole que atravesase el atasco de París, con el calor que hacía, y viniera a darme un poco de apoyo moral y me acompañase a cenar. Di por seguro que aceptaría. El móvil pitó al cabo de unos minutos; aunque yo esperaba un mensaje de mi amigo, no se trataba de eso.
Eso se llama despedirse a la francesa. ¿Cuándo vuelves?