La sangre se me agolpó en el pecho y rompí a sudar todavía más: Angele Rouvatier. No logré contener una ancha sonrisa. Acuné el teléfono en la mano como un adolescente sentimental y luego le contesté:
Te echo de menos. Llamaré pronto.
Me sentí un idiota nada más enviarlo. ¿Había hecho bien mandándolo? ¿Hacía falta admitir que la echaba de menos?
Bajé a todo correr al Monoprix de la avenida General Leclerc y compré vino, queso, jamón italiano y pan. El móvil pitó de nuevo, justo cuando salía del supermercado. Emmanuel me enviaba un SMS para informarme de que estaba en camino.
Mientras le esperaba elegí un viejo CD de Aretha Franklin y lo puse bien alto. La anciana del piso de arriba estaba sorda como una tapia y la pareja de debajo seguían de vacaciones. Me serví un vaso de vino de chardonnay y paseé por el apartamento vacío, acompañando con mi tarareo la cadencia del tema Think.
Mis hijos iban a venir la siguiente semana, así que aproveché para echar un vistazo a sus habitaciones. A ellos les gustaba tener dos habitaciones en dos casas distintas, lo cual ayudó mucho cuando estuvo en marcha lo del divorcio. Yo les dejé que la decorasen a su aire. Lucas llenó de caballeros jedis e imágenes de Darth Vader las paredes de su cuarto. Arno las pintó de azul oscuro, lo cual les confería un aspecto disonante y acuático. Margaux plantó un póster de Marilyn Manson en la peor situación posible. Yo sólo miraba si no me quedaba otro remedio. También había otra foto turbadora: Margaux y Pauline, su mejor amiga, con una gruesa capa de maquillaje, mostrando el dedo corazón estirado y el resto de la mano cerrada.
Madame Georges, la enérgica y parlanchina señora de la limpieza, formulaba quejas continuas sobre el estado del cuarto de Arno: muchas veces ni siquiera lograba abrir la puerta por tantos objetos como había acumulados detrás. Margaux era igual de desordenada. Sólo Lucas hacía un pequeño esfuerzo para mantener limpias sus cosas. Yo les dejaba tener sus leoneras como les viniera en gana. Pasaban tan poco tiempo conmigo que me daba pena tener que ordenarles que limpiasen una y otra vez. Eso lo dejaba para Astrid, y para Serge.
En mi ronda descubrí un árbol genealógico en el cuarto de Lucas, justo encima de la mesa. No lo había visto antes. Deslicé el puente de las gafas por la nariz para mirar por encima de los cristales. El diagrama se remontaba a los abuelos. Figuraban los padres de Astrid, francés uno y sueca la otra. La familia Rey se hallaba al otro lado, pero había un interrogante junto a la fotografía de mi padre. Tomé conciencia de lo poco que sabía mi hijo sobre mi madre. Tal vez ni siquiera conociera su nombre. ¿Qué les había contado a mis hijos sobre ella? Prácticamente nada.
Tomé un lápiz de la mesa y en el minúsculo recuadro situado junto a mi padre, donde ponía «François Rey, 1934», escribí con mi mejor caligrafía: «Clarisse Elzyére, 1939-1974».
Todos y cada uno de los parientes tenían una fotografía, salvo mi madre, y eso me causó una extraña frustración.
El timbre de la puerta anunció la llegada de mi amigo.
Me alegró mucho contar con su presencia, me encantaba no estar solo, y abracé con fuerza su cuerpo bajo y fornido. Emmanuel me palmeó la espalda de un modo paternal para consolarme.
Nos habíamos conocido hacía unos diez años, cuando mi equipo se encargó de remozar las oficinas de su agencia de publicidad. Era de mi edad, pese a parecer algo mayor, tal vez debido a que estaba completamente calvo. Emmanuel compensaba la falta de pelo con una espesa barba pelirroja, y se la acariciaba muy a menudo; le encantaba hacerlo. Vestía ropas de colores brillantes y estrafalarios que yo no me atrevería a llevar en la vida, pero él lucía esas prendas con cierto garbo. Esa noche, por ejemplo, había elegido una camisa naranja de Ralph Lauren. Sus centelleantes ojos de color azul índigo me contemplaron desde detrás de unas gafas sin montura.
Deseaba expresarle cuánto me alegraba que hubiera venido y lo mucho que le agradecía su aparición esa noche, pero en mí era ya costumbre, siguiendo la mejor tradición de los Rey, que se me trabara la lengua, de modo que al final me guardé esas palabras de gratitud.
Cogí la bolsa de plástico que él sostenía entre las manos y me dirigí a la cocina, donde mi invitado se puso a trabajar de inmediato. Yo me ofrecí a hacer algo mientras le miraba, aun a sabiendas de que era inútil. Se había apropiado del lugar como si fuera suyo y le dejé hacer.
– No te has comprado un delantal como Dios manda, ¿a que no? -refunfuñó.
Señalé con la mano uno de color rosa con un dibujo de Mickey Mouse colgado en un perchero próximo a la puerta. Era de Margaux, lo tenía desde los diez años. Él suspiró mientras se las arreglaba para atárselo en torno a su oronda figura. Hice un gran esfuerzo para reprimir las carcajadas.
La vida personal de Emmanuel era un misterio para mí. Tenía un lío más o menos serio con una mujer triste y complicada llamada Monique, madre de dos hijos adolescentes fruto de un matrimonio anterior. No sabía qué veía en ella, la verdad, pero estaba casi seguro de que mi amigo tenía sus rolletes por ahí cuando Monique no andaba cerca, como en ese momento, que continuaba de vacaciones con sus hijos en Normandía. Esos días tenía alguna aventura, y yo lo sabía porque estaba silbando mientras troceaba los aguacates y hacía ostentación de la misma pose de chico malo que solía verle casi todos los años por esa época.
Mi invitado parecía inmune a los efectos del calor a pesar de estar trabajando en la cocina sin cesar; en cambio yo, que estaba sentado y dándole sorbitos a mi copa de vino, notaba la humedad brillante del sudor en las sienes y en el labio superior. Y él seguía ahí, tan fresco.
La ventana abierta de la cocina daba a un patio típicamente parisino, oscuro como boca de lobo incluso en pleno mediodía. Desde allí sólo se veían los cristales sucios del vecino y unos paños de cocina húmedos encima de la repisa. No entraba ni una pizca de aire por ahí. Odiaba París con ese calor. Echaba de menos Malakoff y el fresco jardincillo, la mesa destartalada y la silla debajo del viejo álamo. Emmanuel trajinaba de un lado a otro de la cocina, quejándose por la falta de buenos cuchillos y de un molinillo de pimienta.
Bueno, yo nunca había sido un cocinillas. Astrid se encargaba de eso en nuestra convivencia. Preparaba unos platos deliciosos y originales con los que no dejaba de impresionar a nuestros amigos. «¿Era buena cocinera mi madre?», me pregunté de pronto. No me parecía recordar ningún aroma de comidas ricas en el piso de la avenida Kléber. Nuestro padre contrató a una gobernanta para hacerse cargo de nosotros y de la casa hasta su boda con Régine. Madame Tulard era una mujer delgada con pelos en la barbilla. Nos tuvo varios años a sopa aguada, poco apetitosos platos de coles de Bruselas, filetes de ternera duros como suelas de zapato y un arroz con leche que era un verdadero engrudo.
Y entonces, de pronto, me vinieron a la memoria imágenes de rebanadas de pan integral untadas con queso fundido de cabra. Eso era cosa de nuestra madre. Me acordé de ese olor fuerte a queso fundido, el sabor a harina de trigo, el suave regusto a albahaca y tomillo fresco y el chorrito de aceite de oliva. Recordé que ella me contaba que solía comer queso de cabra cuando era niña, en las Cévennes. Esos quesos redondos tenían un nombre, picadons, pélardons o algo por el estilo.
Emmanuel se interesó por la evolución de Mel. Le expliqué que Valérie me había relevado por un par de días y admití que en realidad ignoraba el verdadero estado de mi hermana, pero que confiaba en la cirujana -me gustaba Bénédicte Besson, era una doctora concienzuda y amable-, y le expliqué con detalle cómo me reconfortó la noche del accidente y también cómo metió en cintura a mi padre.
Luego me interrogó acerca de los chicos mientras presentaba dos platos estupendos de verduras frescas cortadas en rodajas finas, rebanadas de queso gouda, salsa de yogur acida y jamón italiano. Conocía bien su tremendo apetito, y sabía que eso era un mero aperitivo.