Llegué al final de la calle. Podría dirigirme a la avenida Henri-Martin, donde estaba la casa de mi abuela, si torcía a la izquierda y continuaba por la calle de la Pompe. Barajé la posibilidad de hacerle una visita en ese momento. El amable y avejentado Gaspard me dejaría entrar y me daría la bienvenida, feliz de ver a monsieur Antoine. Tras pensarlo dos veces, consideré que era mejor dejarlo para otro día y desanduve mis pasos para encaminarme hacia el piso de mi padre.
A mediados de los setenta, ya después de la muerte de nuestra madre, levantaron la Galerie Saint-Didier un poco más allá. Era un triángulo grande y feo que se comía parte de los estupendos palacetes de la zona y a su estela habían crecido como setas centros comerciales y supermercados. Al pasar junto al edificio vi que no había envejecido bien.
El pitido del móvil me avisó de que alguien había dejado dos mensajes en el buzón de voz. Aceleré el paso y no los escuché. Eran de Rabagny, estaba seguro.
Mi madrastra abrió la puerta y me plantó un beso en la mejilla. Régine lucía un moreno bastante intenso que la hacía parecer mayor y más ajada de lo que estaba en realidad. Exudaba ese aroma característico a Chanel n° 5 y vestía uno de esos conjuntos de André Courrèges con aire retro, como era habitual en ella. Se interesó por el estado de salud de Mel y le fui desgranando detalles mientras la seguía hacia el cuarto de estar. Nunca me había gustado acudir de visita, era como viajar atrás en el tiempo, volver a un lugar donde fui desdichado. Mi cuerpo lo recordaba también y rechinaba, quejosa, hasta la última fibra de mi ser. El apartamento adolecía del mismo problema que la Galerie Saint-Didier: había envejecido mal. Su osada modernidad había desaparecido y ahora estaba pasado de moda hasta decir basta. Tanto la decoración gris y granate del interior como la suave alfombra habían perdido brillo y textura. Todo parecía destartalado y con manchas.
Mi padre llegó arrastrando los pies. Me quedé a cuadros al apreciar su apariencia consumida, y eso pese a haberle visto la semana anterior. Parecía exhausto, tenía los labios descoloridos y su piel había adquirido una extraña tonalidad amarillenta. Apenas podía creer que ése hubiera sido el formidable abogado ante quien sus adversarios se encogían cuando entraba en los tribunales.
El tristemente célebre caso Vallombreux cimentó el prestigio de mi padre como brillante abogado a principios de los setenta. Edgar Vallombreux, un influyente asesor político, fue hallado medio muerto en su casa de campo cerca de Burdeos. Tenía toda la pinta de ser un suicidio provocado por los malos resultados electorales de su partido. Quedó paralizado e incapaz de hablar, sumido en una depresión tan grave que fue necesario internarle en un hospital para el resto de sus días. Sin embargo, Marguerite, su esposa, jamás aceptó la hipótesis del suicidio. A su modo de ver, estaba claro que le habían agredido porque no estaba dispuesto a facilitar ciertos datos fiscales comprometedores de un par de ministros muy bien situados.
Todavía recuerdo cuando Le Fígaro dedicó una página entera a François Rey, el joven e insolente abogado que se había atrevido a plantarle cara al ministro de Economía sin reparo alguno y, tras varias semanas de juicio palpitante que había hecho contener la respiración a todo el país, había demostrado que Vallombreux había sido la víctima de un importante escándalo financiero. Las repercusiones fueron inmediatas y rodaron varias cabezas. Cuando era adolescente solían preguntarme si yo tenía alguna relación con el «legendario letrado». En ocasiones lo negaba, avergonzado o confundido. Mélanie y yo estábamos apartados de su vida profesional y rara vez le veíamos en acción ante los tribunales. Simplemente sabíamos que era temido y respetado.
Mi padre me dio unas palmadas en el hombro, me precedió hasta el mueble-bar y me sirvió con mano temblorosa un whisky, bebida que no me gustaba nada, pero preferí no recordárselo, de modo que simulé darle un sorbo. Él se sentó con un gemido y se frotó las rótulas. No estaba muy contento de haberse jubilado, pero otros abogados más jóvenes le pisaban los talones y ya no formaba parte del panorama judicial. Me pregunté a qué dedicaría todo el día. ¿Leía? ¿Salía con los amigos? ¿Hablaba con su mujer? No sabía nada sobre la vida de mi padre y él lo ignoraba todo de la mía. También ignoraba lo que pensaba, lo que sabía, lo que censuraba.
Joséphine hizo acto de presencia en la estancia farfullando por el móvil que sostenía entre el hombro y la cabeza ladeada. Me dedicó una sonrisa y me entregó algo. Lancé una mirada furtiva para ver un billete de 500 euros doblado. Me guiñó un ojo y me hizo algo parecido a un gesto que indicaba que más adelante me devolvería el resto.
François me habló de un problema de cañerías en la casa de campo, pero no le escuché. Miré a mi alrededor e intenté rememorar cómo era todo aquello cuando aún vivía mi madre. Había macetas en los balcones, el suelo de madera refulgía con un brillo castaño, había una librería en una esquina, una cretona cubría el sofá y también una mesa de despacho donde ella solía sentarse a escribir a la luz de la mañana. Me pregunté adonde fue a parar todo eso, los libros, las fotografías, las cartas, y también qué escribiría. Me asaltó el deseo de preguntárselo a mi padre, pero no lo hice. Sabía que no podía. Ahora se estaba quejando del nuevo jardinero contratado por Régine.
Nadie mencionaba a mi madre, y menos aún aquí, donde ella murió. Sacaron el cuerpo por la puerta de la entrada y lo bajaron por las escaleras alfombradas en rojo, sí, pero ¿dónde murió exactamente? Nunca me lo dijeron. ¿En su habitación, situada junto a la entrada? ¿Aquí mismo? ¿En la cocina, al final de un pasillo interminable? ¿Cómo sucedió? ¿Quién estaba en la casa? ¿Quién la encontró?
Había recopilado información en Internet sobre la naturaleza de un aneurisma. Le sucedía a gente de cualquier edad, y era como caer fulminado por un rayo. Así porque sí.
Mi madre había fallecido hacía treinta y cinco años en este mismo apartamento donde yo estaba sentado en esos instantes. No me acordaba de cuándo fue la última vez que la besé, y me dolía mucho no ser capaz de recordarlo.
– ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho, Antoine? -inquirió mi padre con sarcasmo.
Mis hijos ya habían llegado a casa cuando crucé el umbral. Lo supe antes de entrar, claro, pues mientras subía las escaleras escuchaba el barullo que hacían: música a todo volumen, pasos, gritos. Lucas estaba viendo la tele con los zapatos sucios plantados encima del sofá. Se apresuró a darme la bienvenida en cuanto me vio. Margaux se asomó a la puerta. Aún no había logrado acostumbrarme a ese pelo naranja, pero no le dije nada.
– Eh, papá -saludó, arrastrando las sílabas.
Detecté un movimiento detrás de ella y enseguida asomó por encima de su hombro Pauline, la mejor amiga de mi hija desde que eran niñas, sólo que ahora la criatura parecía tener veinte años. Hacía nada era una mocosa escuálida y ahora resultaba imposible no apreciar sus senos colmados y sus caderas femeninas. No la abracé como cuando era pequeña, de hecho ni siquiera la besé en la mejilla. Procurábamos mantenernos a una distancia cortés el uno del otro.
– ¿Puede quedarse a dormir Pauline?
Se me cayó el alma a los pies, sabedor de que no iba a ver a mi hija, salvo en la cena, si su amiga se quedaba a pasar la noche. Se meterían las dos en el cuarto de Margaux para reírse como dos bobas y cuchichear toda la noche, y yo ya no disfrutaría ni un segundo de ese tiempo que podía dedicarle a mi hija.