– No exactamente -admití con sinceridad.
– Inyecto el fluido embalsamador en la carótida, justo aquí-me explicó mientras señalaba el cuello de monsieur B- y lo dreno por la yugular. ¿Sabes qué es un fluido de embalsamamiento?
– No.
– Una solución química capaz de devolver el color natural y retrasar la descomposición por un tiempo. Cuando se lo inyecté a monsieur B, por ejemplo, le borró todo rastro de congestión púrpura del semblante. Tras inyectar el compuesto químico, utilizo un aspirador para succionar todos los fluidos del cuerpo. Lo aplico al estómago, el abdomen, el corazón, los pulmones, la vejiga. -Hizo una pausa para preguntar-: ¿Estás bien?
– Sí -contesté, y una vez más era cierto.
Nunca antes había visto un cadáver, aparte de la silueta de mi madre cubierta por un lienzo. Tenía cuarenta y tres años y jamás había visto un muerto. Para mis adentros le agradecí mucho a monsieur B ese aspecto suyo tan saludable y sonrosado. ¿Había tenido mi madre un aspecto similar al de ese caballero?
– ¿Y qué haces después?
– Lleno las cavidades con productos químicos concentrados para luego suturar todas las incisiones y orificios, lo cual también requiere su tiempo. No voy a entrar en detalles. No te gustaría, te lo aseguro. Por último, visto a mis pacientes.
Me encantaba la forma en que decía «mis pacientes». Estaban inertes como la piedra y aun así seguían siendo sus pacientes. Me fijé en un detalle: la mano sin guante había descansado sobre el hombro de monsieur B durante todo el tiempo que había durado la explicación.
– Aplico el maquillaje al final de todo el proceso. Estaba con eso cuando has llamado a la puerta. Tiene que resultar natural. En ocasiones pido fotografías recientes de los pacientes para conocer su aspecto cuando estaban vivos. Intento ajustarme a eso.
– En cuanto a monsieur B, ¿todavía no le ha visto su familia?
Ella echó un vistazo a su reloj.
– Mañana. Estoy muy satisfecha con monsieur B, por eso te lo he enseñado. En el día de hoy he tenido otro paciente, y no estoy tan contenta con él…
– ¿Por qué?
La tanatopractora se alejó de la camilla y se dirigió hacia la ventana, donde se quedó quieta y en silencio durante un buen rato antes de contestar.
– La muerte puede ser muy desagradable a veces y, da igual lo que hagas o cuánto te esfuerces, no consigues proporcionarle un aspecto lo bastante relajado para que lo contemple la familia.
Me estremecí al pensar en lo que estaría obligada a ver esa mujer todos los días.
– ¿Cómo es que no te afecta?
Ella se volvió y me miró fijamente.
– Es que sí me afecta. -Lanzó un suspiro, se acercó a monsieur B y volvió a cubrirle con la sábana-. Me dedico a esto por mi padre. Se suicidó cuando yo tenía trece años. Fui yo quien lo encontró. Me lo encontré sobre la mesa de la cocina con los sesos esparcidos por las paredes al volver de clase.
– ¡Jesús! -se me escapó.
– Mi madre se puso hecha un manojo de nervios y yo tuve que efectuar todas las llamadas necesarias y encargarme de todo, y acabé por organizar el funeral. Mi hermana mayor se vino abajo, pero yo crecí ese día y me convertí en la tía dura que soy ahora. La tanatopractora que se encargó de mi padre hizo un trabajo increíble. Reconstruyó la cabeza de mi padre con cera y así tanto mi madre como la familia pudieron ver el cadáver sin desmayarse. Yo era la única que le había contemplado tal y como quedó tras el suicidio. Me impresionó tanto la habilidad de esa mujer que supe que de mayor querría dedicarme a lo mismo. Aprobé el examen y me convertí en tanatopractora a los veintidós años.
– ¿Fue duro?
– Al principio sí, mucho, pero yo sé qué importante es cuando has perdido a alguien poder ver con paz por última vez a ese ser querido.
– ¿Hay muchas mujeres en este trabajo?
– Más de las que piensas. Cuando me encargo de bebés o de niños, los padres sienten un gran alivio cuando se enteran de que soy mujer. Creen que nosotras vamos a ponerle más esmero, que tenemos un toque más amable y vamos a prestar más atención al detalle y a la dignidad.
Se volvió hacia mí, me tomó de la mano y poco a poco esbozó una de esas lentas sonrisas suyas.
– Deja que me dé una ducha rápida y nos iremos a mi casa. -Entramos en unas consultas contiguas, detrás de las cuales había un cuarto de aseo con azulejos blancos-. Será cosa de un minuto -aseguró.
Examiné las fotografías de su mesa, varias de ellas eran imágenes en blanco y negro de un hombre rondando los cuarenta. Debía de ser el padre de Angele, a juzgar por el gran parecido existente entre ambos. Tenían los mismos ojos e idéntico mentón.
Me senté en la mesa del despacho y paseé la mirada por sus papeles, agendas, ordenador y cartas, la parafernalia habitual de un día de trabajo, vamos. Había una pequeña agenda junto al móvil. Estuve tentado de alargar la mano para cogerla y hojearla. Quería saberlo todo acerca de la fascinante Angele Rouvatier: sus citas, sus encuentros, sus secretos…, pero al final no lo hice, me contenté con quedarme sentado y esperarla, sabiendo que probablemente no era sino un novio más de una larga serie.
Imaginé el chorro de agua sobre su piel desnuda cuando empecé a oír la ducha en la habitación contigua y fantaseé con mis manos recorriendo esa piel y ese cuerpo sedoso, con esos labios cálidos y húmedos, y me regodeé pensando lo que iba a hacerle cuando estuviera en su casa, lo cual me provocó una erección de campeonato. No sabía yo si eso encajaba mucho con la morgue de un hospital.
Sentía como si mi vida se hubiera iluminado por vez primera en mucho tiempo y se filtraran unos rayos de luz entre las nubes después de la tormenta, como el Gois cuando emerge entre las aguas en retroceso de la bajamar.
Y quería sacarle el máximo partido.
Mélanie volvió a casa por vez primera desde el accidente a mediados de septiembre. La acompañé cuando cruzó el umbral de su apartamento y percibí con toda claridad la palidez de su rostro y su debilidad. Todavía llevaba muletas y caminaba con paso inseguro. Las semanas siguientes iban a estar consagradas a la rehabilitación con un fisioterapeuta. Estaba eufórica por volver a casa y una sonrisa le iluminó el semblante cuando vio a todos sus amigos cargados de flores y regalos para celebrar su regreso.
Siempre que me dejaba caer por la calle de la Roquette había alguien con ella preparándole un té, haciéndole la comida, escuchando música en su compañía o haciéndola reír. Nos dijo que si todo iba bien estaría en condiciones de volver al trabajo en primavera, lo cual no significaba que deseara hacerlo.
– No sé si el negocio editorial es tan excitante -nos admitió a Valérie y a mí en el transcurso de una cena-. Me resulta difícil leer. No logro concentrarme, eso es todo. Nunca me había pasado antes nada parecido.
£1 accidente había cambiado a mi hermana. Ofrecía un aspecto más sereno y meditabundo, menos tenso. Había dejado de teñirse el cabello, por lo cual empezaron a verse hebras plateadas en su cabeza, lo cual le daba un aspecto todavía más elegante. Un amigo le regaló una gatita, una felina negra de ojos dorados llamada Mina.
Cuando hablaba con ella me asaltaba la tentación de soltarle a bocajarro:
– ¿Te acuerdas de qué estabas a punto de decirme cuando nos estrellamos, Mel?
No lo hacía, por descontado. Su flojera todavía me asustaba y, en el fondo, había renunciado más o menos a que llegara a acordarse alguna vez, pero esa idea no se me iba de la cabeza.