– ¿Qué me cuentas de tu admirador maduro? -le pregunté un día medio en broma mientras Mina ronroneaba sobre mis rodillas.
Nos hallábamos en el enorme y luminoso cuarto de estar, dominado por hileras de estantes llenos de libros, paredes pintadas de un verde oliva claro, una mesa de mármol redonda y una chimenea. Mélanie obraba maravillas en su apartamento, adquirido hacía quince años sin haberle pedido prestada ni una sola moneda a nuestro padre. Lo hizo cuando todavía no era más que un conjunto de salas contiguas destinado al servicio de habitaciones en el último piso de un edificio sin pretensiones. En aquel entonces esa zona no era un distrito de moda. Había tirado los tabiques y puesto parqué en los suelos, además de instalar una chimenea. Hizo todo eso sin contar con mi ayuda ni mis sugerencias, lo cual me resultó insultante en ese momento, pero al final terminé por comprender que ésa era la forma de actuar de mi hermana: hacer las cosas por sí misma, y la admiré por ello.
– Ah, él… -Ladeó la cabeza-. Todavía me escribe y me manda rosas, e incluso me ha ofrecido llevarme a Venecia para pasar un largo fin de semana. ¿Me imaginas en Venecia con las muletas? -Nos echamos a reír-. Dios, ¿cuándo fue la última vez que practiqué sexo? -Me miró con aire ausente-. Ni siquiera me acuerdo, pero debió de ser con él… Pobre viejo. -Entonces, me dirigió una mirada inquisitiva-. ¿Y qué hay de tu vida sexual, Tonio? Últimamente te muestras de lo más reservado, pero hacía años que no te veía tan animado.
Sonreí al pensar en los suaves y blancos muslos de Angele. No estaba muy seguro de cuándo iba a volver a verla, pero la ansiedad de la espera hacía que, en cierto modo, todo fuera aún más excitante. Hablábamos varias veces por teléfono todos los días e intercambiábamos mensajes por correo electrónico y SMS por teléfono. Por las noches podía verla desnuda a través de la webcam en mi habitación, donde me encerraba como un adolescente vergonzoso. De forma imprecisa, admití ante mi hermana estar manteniendo una relación a distancia con una embalsamadora de lo más sexy.
– ¡Caramba! -se le escapó a Mel-. Eros y Tánatos. ¡Menudo potaje freudiano! Y dime, ¿cuándo voy a conocer a la dama?
Le conté la verdad: ni siquiera yo sabía cuándo iba a verla en persona. Estaba seguro de que la novedad de la webcam pasaría con el tiempo, y entonces iba a necesitar tocarla de verdad, poseerla, tenerla en carne y hueso. No usé esos términos con Mélanie, pero ella se hizo una idea bastante clara de por dónde iban los tiros.
Más tarde, en un mensaje particularmente subido de tono, admití esto ante Angele. Acto seguido recibí un mensaje suyo con el horario del siguiente tren que salía de la estación de Montparnasse hacia Nantes. No podía subirme a ese tren, ya que tenía una reunión importante para firmar un nuevo contrato: la reforma de unas oficinas bancarias en el distrito 12°; otro trabajo tedioso, pero, aun así, no podía permitirme el lujo de rechazarlo.
Mi deseo hacia Angele crecía día tras día. La próxima vez que nos viéramos íbamos a montar una buena, lo sabía, y eso era lo único que me permitía seguir adelante.
Una mañana de octubre hallé un tesoro en mi bodega. Buscaba una buena botella de vino para agasajar durante la cena a Hélène, Emmanuel y Didier. Quería un caldo de su agrado, uno del que se acordasen durante mucho tiempo, pero en vez de subir con una botella de Croizet Bages lo hice con un viejo álbum de fotos familiar con aire triunfal. Ni siquiera recordaba haberlo tenido alguna vez. Estaba junto a una caja de cartón que no me había molestado en abrir desde el divorcio, perdido entre un montón de postales, mapas, almohadones y mohosas toallas con dibujitos de la factoría Disney. El revoltijo era tal que parecía uno de esos mercadillos de beneficencia en los que se venden artículos usados. Me lancé sobre el álbum sin dejar de preguntarme cómo era posible que hubiera acabado en mis manos sin que yo me acordase.
Había viejas fotos en blanco y negro de mi hermana y mías con ocasión de mi primera comunión, por eso vestía de blanco. Tenía siete años y estaba serio, pero exhibía con orgullo mi reloj nuevo. Mélanie, vestida con un blusón de volantes, estaba rellenita a los cuatro años. La celebración había tenido lugar después de la ceremonia en el piso de la avenida Henri-Martin. Podía verse champán, zumo de naranja y pellizcos de monja adquiridos en Carette, una confitería muy próxima. Los abuelos me contemplaban con aire benigno. También estaban la tía Solange, mi padre y mi madre. Tuve que sentarme en el suelo. Ahí estaba ella con su pelo negro y esa sonrisa adorable. Apoyaba la mano sobre mi hombro. ¡Era tan joven! Mirando esa fotografía resultaba difícil de creer que le quedaran tan sólo tres años de vida, pues era la viva imagen de la juventud.
Pasé las páginas con lentitud, procurando no dejar caer la ceniza del cigarro sobre ellas. Olían a humedad tras su prolongada estancia en la bodega. Las había también del último verano en Noirmoutier, en 1973. Me percaté de que debía de haber sido mi madre quien pegara las fotos en el álbum. Esa caligrafía redonda y un tanto infantil era la suya. Me parecía verla en su despacho de la avenida Kléber inclinada sobre esas páginas, absorta en su trabajo con pegamento, tijeras y un bolígrafo especial con el que se podía escribir sobre páginas de color negro.
Mélanie de pie en el Gois durante la bajamar. La pose de Solange en el malecón mientras se fumaba un cigarro. ¿Había hecho mi madre esas fotos? ¿Tenía una cámara? No me acordaba. Mélanie en el puerto y en la playa. Yo enfrente del casino. Mi padre deleitándose al sol. La familia al completo en la terraza del hotel. Me pregunté quién habría tomado esa instantánea. ¿Bernadette? ¿Otra camarera? Mostraba a la perfecta familia Rey en su mejor momento.
Cerré el álbum y un objeto blanco salió volando al hacerlo. Me agaché para cogerlo. Era una tarjeta de embarque antigua. Correspondía a un viaje a Biarritz en la primavera de 1989. Figuraba el nombre de Astrid, de soltera, por supuesto: la conocí en ese vuelo. Ella asistía a la boda de un amigo y yo trabajaba para un arquitecto que había recibido el encargo de renovar las oficinas de un centro comercial. Estaba encantado por mi suerte: me había tocado sentarme al lado de una joven muy guapa.
Tenía un aire escandinavo y ese aspecto sano de quien hace vida al aire libre, por lo cual me atrajo de inmediato. No era una de esas parisinas menudas y arregladitas que van por la vida con la manicura hecha. Me devané los sesos durante el vuelo en busca de algo que decir para romper el hielo, pero ella llevaba un walkman en los oídos y no apartaba los ojos de la revista Elle. Durante la maniobra de descenso hubo muchas turbulencias y cuando parecía que íbamos a llegar al País Vasco francés se desató la madre de todas las tormentas. Se frustraron los dos intentos de tomar tierra y los pilotos debieron desistir entre los bandazos del avión y el gemido de los motores. A nuestro alrededor, el viento ululaba y el cielo se había oscurecido hasta volverse negro como la tinta a pesar de ser las dos del mediodía. Astrid y yo intercambiamos una sonrisa de aprensión. El aparato se bamboleaba de un lado para otro, revolviéndonos las tripas sin misericordia con cada descenso súbito.
Un hombre barbudo situado al otro lado del pasillo se había puesto verde. Extrajo la bolsa para el mareo del bolsillo del asiento y la abrió con gran habilidad para luego, durante lo que pareció una eternidad, vomitar en ella una papilla grasa. Un olor acre a vómito y ajo flotó por el aire en dirección a nosotros. Astrid me miró con impotencia y me las arreglé para decirle que no se asustara. Yo tenía miedo, no de estrellarnos, sino de acabar echando sobre las rodillas de una chica tan guapa los espaguetis a la boloñesa de la comida. Todo cuanto oíamos eran las muestras de mareo de los pasajeros.