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– Hola, soy papá -saludé con toda jovialidad, pero no obtuve más respuesta que el silencio-. ¿Eres tú, Margaux? -Se me aceleró el corazón cuando al otro lado de la línea se escuchó un sollozo estrangulado-. ¿Qué ocurre, cielo?

Florence volvió hacía mí su rostro de hurón y me lanzó una mirada inquisitiva. Me levanté y me dirigí a toda prisa hacia la entrada de la oficina.

– Papá…

Margaux me hablaba con voz tan débil que parecía estar a kilómetros de distancia.

– Habla, cielo.

– ¡Papá! -aulló. El sonido de su grito me perforó el tímpano.

– ¿Qué ocurre?

Los dedos me temblaban tanto que casi se me cae el móvil. Empezó a hablar de forma tan atropellada que no lograba comprender nada, así que le dije:

– Margaux, cariño, cálmate, que no te entiendo.

La madera del suelo crujió cuando Florence se acercó a mí con sigilo para no perderse ni un detalle. Me giré en redondo y la fulminé con una mirada glacial. Ella dejó un pie en el aire y luego retrocedió otra vez a su mesa.

– Margaux, háblame, por favor -le pedí mientras encontraba refugio detrás de un gran armario de archivo.

– Pauline ha muerto.

– ¿Qué…? -exclamé, jadeante.

– Pauline está muerta.

– Pero ¿cómo es…? -tartamudeé-. ¿Dónde estás? ¿Qué ha sucedido?

– Ha sido en clase de gimnasia, a primera hora de la tarde -contestó con una voz apagada y desprovista de toda emoción.

Se me dispararon los pensamientos y me sentí confuso e impotente. Regresé a mi mesa con dificultad y luego reaccioné echando mano al abrigo, la bufanda y las llaves.

– ¿Sigues en el gimnasio?

– No. Hemos vuelto al colegio. Trasladaron a Pauline al hospital, pero ya era demasiado tarde.

– ¿Han avisado a Patrick y a Suzanne?

– Supongo que sí.

Habría preferido que rompiera a llorar. No soportaba esa voz de autómata. Le aseguré que enseguida estaría allí y salí de la oficina a todo correr sin ni siquiera mirar a Florence. Me dirigí al colegio envuelto en una nube de inquietud.

Entretanto, y con verdadero pánico, en el fondo de mi mente iba pensando: «Astrid se ha marchado lejos y no está aquí. Vas a tener que lidiar con esto tú solo; tú, el padre; tú, el papá; tú, ese tipo a quien su hija apenas le ha dirigido la palabra en el último mes; tú, el fulano que ella no se digna mirar».

No sentí la mordedura del frío, sólo pensaba en ir lo más deprisa posible. Las piernas me pesaban como el plomo mientras iba soltando neblinosas vaharadas de aliento por la boca. Port Royal estaba a veinte minutos. Grupos de adolescentes y adultos se habían congregado a las afueras del colegio cuando llegué al edificio. Todos tenían los ojos nublados por las lágrimas y la expresión alterada. Al fin, localicé a Margaux. Tenía el rostro ceniciento y las mejillas le centelleaban a causa de las lágrimas. La gente había formado cola para abrazarla y acompañarla en su llanto. Me pregunté cuál era el motivo en un primer momento, pero luego caí en la cuenta de que ella era la mejor amiga de Pauline. Habían ido juntas a ese colegio desde los cuatro años. Habían estado juntas diez años en una biografía de sólo catorce. Un par de profesores me identificaron y acudieron a hablar conmigo. Les contesté con una evasiva mientras me abría paso entre el gentío congregado alrededor de mi hija. La tomé entre mis brazos cuando llegué hasta ella. Estaba débil como un animalillo abandonado. No la abrazaba desde hacía mucho tiempo.

– ¿Qué quieres hacer? -le pregunté.

– Ir a casa -respondió en voz muy baja.

Di por hecho que, dadas las circunstancias, habían suspendido las clases para el resto de la jornada. Además, ya eran las cuatro y empezaba a hacerse de noche. Ella se despidió de sus amigos y los dos caminamos por el bulevar del Observatoire.

El ruido del atasco era ensordecedor: el pitido de los cláxones y el ruido sordo de los motores, pero entre nosotros dos reinaba el silencio. ¿Qué podía decirle? No me salían las palabras. Sólo podía pasarle el brazo por el hombro y estrecharla con fuerza mientras seguíamos andando. De pronto me di cuenta de que cargaba con dos bolsas. Intenté cogerle una para aliviar su carga, pero ella se revolvió como una loca:

– ¡No!

Y me entregó la otra, la que me resultaba conocida y familiar, su baqueteada Eastpak. Aferró la otra como si le fuera la vida en ello. Debía de ser la de Pauline.

Pasamos junto al hospital de Saint-Vincent de Paul. Ahí era donde habían nacido todos mis hijos, y también Pauline. Ella vino al mundo en ese mismo sitio hacía catorce años. Conocí a Patrick y Suzanne por ese motivo, porque las niñas nacieron con dos días de diferencia. Astrid y Suzanne estuvieron ingresadas en la misma sala. La primera vez que vi a Pauline fue en ese mismo hospital, en una cuna de plástico contigua a la de mi hija.

Y ahora había muerto. No me hacía a la idea. Aquello no tenía ningún sentido. Deseaba bombardear a Margaux con preguntas a fin de cerciorarme, pero ella mantenía su rostro demacrado mirando en dirección opuesta a mí. Seguimos caminando mientras anochecía y empezaba a helar. El camino de regreso parecía no terminar nunca. Al final atisbé los enormes cuartos traseros de la réplica en bronce del león de Belfort, en la plaza Denfert-Rochereau. Ya era cuestión de unos pocos minutos.

Nada más llegar a casa preparé un té. Margaux se sentó en el sofá, con el rostro entre las manos y la bolsa de Pauline en el regazo.

Me miró de soslayo cuando me acerqué con la bandeja e intentó componer el rostro duro y hermético de un adulto. Deposité la bandeja sobre la mesita de café, llené una taza y le añadí leche y azúcar antes de entregársela. Ella la cogió en silencio mientras yo reprimía el deseo de fumarme un cigarro. Podía aguantar con uno nada más, pero fumar en ese momento me parecía un error.

– ¿Puedes contarme lo sucedido?

Ella dio un sorbo muy lento antes de susurrar con voz tensa:

– No.

De pronto, la taza se le cayó al suelo y, del susto, pegué un bote. Mi hija se atragantó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Jamás la había visto tan fuera de sí, con el rostro hinchado y colorado a causa de una ira que le crispaba las facciones.

– ¿Por qué ha sucedido esto, papá? ¿Por qué le ha pasado a Pauline? ¡Sólo tenía catorce años! -gritó a plena voz, echándome saliva en la cara.

No sabía cómo calmarla. No lograba pronunciar palabras de consuelo ni se me ocurría nada. Me sentía inútil. Era un náufrago y me encontraba perdido. ¿Qué podía decirle a mi hija? ¿Cómo podía ayudarla? Ojalá Astrid estuviera conmigo. Ella sabría qué hacer y decir, las madres siempre tienen una maña especial para esas cosas; los padres no; al menos yo no.

Y por eso le di una respuesta inútil.

– Llamemos a tu madre -musité mientras intentaba calcular la diferencia horaria con Japón-. ¿Qué te parece? ¿Por qué no la telefoneamos?

Mi hija me miró fijamente con desdén y se puso en pie delante de mí, sin dejar de aferrar la bolsa de su amiga.

– ¿No puedes ofrecerme nada más? -murmuró, ultrajada-. «¿Llamemos a tu madre?» ¿Crees que así me ayudas ahora mismo?

– Margaux, por favor… -murmuré.

– Eres patético -siseó-. Es el peor día de mi vida y no tienes ni puta idea de cómo ayudarme. Te odio, te odio.

Se dio la vuelta y anduvo dando grandes zancadas hasta meterse en su habitación y cerrar de un portazo. Esas palabras escocían lo suyo, hacían daño. Me importaba un pimiento qué hora fuera en Japón. Fui en busca del papel donde estaba apuntado el teléfono del hotel de Astrid y marqué los números con torpeza. «Te odio, te odio». No lograba sacarme esas palabras de la cabeza.

La puerta de la entrada se abrió con estruendo y entraron los chicos. Amo venía pegado al móvil, como de costumbre, y Lucas comenzó a decirme algo en el preciso momento en que alguien en Tokio descolgaba el teléfono. Alcé la mano para pedir silencio y pregunté por Astrid usando su nombre de soltera, pero entonces caí en la cuenta de que la habitación estaría registrada a nombre de Serge. El recepcionista me informó de que era la una de la madrugada de la hora local, y yo le repliqué que se trataba de una emergencia. Mis hijos me contemplaron sin salir de su asombro. Al otro lado de la línea Serge empezó a soltar una ristra de quejas, pero le hice callar y le pedí que se pusiera Astrid.