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– ¡Uy, pobre chica! Tu hija vio morir a su amiga. Qué mal rollo. ¿Cómo lo ha encajado?

– No muy bien -admití.

– Y tu ex no está ahí, ¿verdad?

– Exacto.

Se hizo un silencio.

– ¿Quieres que vaya?

La oferta fue tan directa que me pilló de improviso.

– ¿Lo harías?

– Si me quieres allí, sí.

«Por supuesto que sí, claro -pensé-. Ven, ven, por favor. Móntate en esa Harley ahora mismo y corre hacia aquí como alma que lleva el diablo. Sí, sí, ven, Angele, ven, te necesito. Ven. Ven». ¿Qué opinión iba a tener de mí si le decía eso, si le imploraba que viniera lo antes posible? ¿Me consideraría un flojo? ¿Se compadecería de mí? ¿Lo haría?

– No quiero ser un incordio. Es un trayecto muy largo.

Ella suspiró.

– ¡Hombres! No se os puede hablar con claridad nunca, ¿verdad? Iré si me necesitas. Sólo tienes que pedírmelo. Ahora buenas noches, que mañana empiezo a primera hora.

Y me colgó.

Tuve la tentación de volver a llamarla, pero no lo hice. Me metí el teléfono en el bolsillo y me recosté sobre el respaldo del sofá. Al final me quedé dormido y cuando abrí los ojos los chicos ya se estaban preparando el desayuno. Me miré de refilón en el espejo. Me vi como una mezcla arrugada de Boris Yeltsin y Mister Magoo. Margaux ya se había levantado y se encontraba en el baño, donde probablemente llevaría un buen rato. Escuché el ruido del agua en la ducha.

Eché un vistazo a su habitación cuando pasé por delante. Las sábanas de la cama estaban echadas hacia atrás. ¿Sábanas nuevas? Resultaba extraño, pues nunca había visto unas de grandes flores rojas. Me acerqué a echar un vistazo y comprobé que no eran rosas carmesíes, sino manchas de sangre. Había tenido la regla durante la noche y, por lo que yo había hablado con su madre, ésa era la primera vez.

¿Estaría bien? ¿Estaría sorprendida? ¿Cómo se sentiría? ¿Estaría temerosa, aliviada, disgustada, avergonzada o tal vez experimentaría todas esas emociones juntas? ¿Tendría dolores? Mi pequeña había tenido la regla. Estaba ovulando, sus óvulos eran fértiles, luego ya podía tener niños. No sabía muy bien qué pensar de todo eso. Astrid no estaba allí, de modo que iba a tener que tomármelo con calma.

Mi hija tenía que menstruar tarde o temprano, y yo ya lo sabía, por supuesto, pero, de una forma en el fondo cobarde, me alegraba mucho que eso no tuviera mucha relación conmigo, su padre, y estuviera más vinculado al mundo femenino, el de Astrid. ¿Cómo abordaban este tema los padres? ¿Cómo se suponía que debía comportarme? ¿Debía hacerle saber que estaba al corriente? ¿Debía mostrarme orgulloso de ella? Yo estaba allí para ayudarla si ella me necesitaba, como una suerte de fornido y arrogante John Wayne. Porque, sí, lo sabía todo acerca de tampones con o sin aplicador, compresas, ultraligeras o superabsorbentes y los dolores de la tensión premenstrual. Era un hombre moderno, ¿no? Bueno, pues estaba al día, pero, claro, ¿cómo iba a hablar con mi hija de la regla? Y más aún al día siguiente de haber sufrido una tragedia. Parecía imposible. Sólo se me ocurría una cosa: pedir ayuda a Mélanie. No recordaba nada sobre el primer sangrado de Mel ni lo vieja que se había sentido cuando tuvo lugar, pero en ausencia de mi ex mujer era la única aliada que se me ocurría.

El cerrojo del baño hizo un ruido al descorrerse y yo salí con sigilo de la habitación de mi hija. Margaux hizo acto de presencia con el pelo envuelto en una toalla. Debajo de los ojos tenía unas ojeras enormes. Murmuró un buenos días y me rozó al pasar. Alargué la mano y le acaricié los hombros, pero ella se alejó.

– ¿Cómo estás, cielo? ¿Qué tal te encuentras? -le pregunté para tantear el terreno.

Ella se encogió de hombros y cerró la puerta de su cuarto con un clic. Me pregunté si sabría qué hacer con la menstruación. ¿Sabría usar compresas y tampones? «Por supuesto que sí», me dije. Astrid se lo habría explicado todo. Sus amigas sabían. Pauline probablemente ya los usaba.

Me dirigí a la cocina para prepararme un café y me encontré con que los chicos ya se iban a clase. Me abrazaron con torpeza y se marcharon, pero el timbre de la puerta sonó antes de que se abrieran.

Era Suzanne, la madre de Pauline. Se produjo un momento muy emotivo y doloroso cuando nos encontramos en el umbral. Mis hijos, sobrepasados por la intensidad de la emoción, intercambiaron unos besos en la mejilla y se escabulleron. Ella y yo nos agarramos de la mano.

Tenía el rostro abotargado y los ojos eran dos minúsculas ranuras, pero aun así me sonrió con valentía. La abracé. Ella llevaba encima los olores de un hospitaclass="underline" pena, miedo y dolor. Permanecimos juntos, balanceándonos con suavidad. Era pequeña. Su hija ya la había superado en altura. Alzó la mirada y me miró con ojos llorosos.

– Me vendría bien un poco de café.

– Claro, ahora mismo.

La conduje hasta la cocina, donde se quitó la bufanda y el abrigo antes de tomar asiento. Le serví una taza de café con pulso inseguro y me senté delante de ella.

– Estoy aquí para lo que necesites, Suzanne -fue cuanto logré articular.

A pesar de sonar poco convincente, la frase pareció de su agrado, pues asintió con la cabeza y se llevó a los labios la taza de café con pulso inseguro.

– Aún creo que voy a despertarme en cualquier momento y que esto sólo es una pesadilla.

– Ya -repuse en voz baja.

Vestía unos pantalones negros y una blusa blanca debajo de una rebeca de lana verde. Calzaba unas botas de caña baja. ¿Llevaba esa misma ropa cuando la telefonearon para decirle que su hija había muerto? ¿Qué estaba haciendo cuando la avisaron? ¿Estaba en la oficina? ¿En el coche? ¿Qué pensó cuando vio el número del colegio en la pantalla del móvil? Que Pauline había hecho novillos o que había tenido algún problema con un profesor, seguro. Me habría gustado contarle lo mal que me sentía desde la llamada de Margaux.

Deseaba expresarle mis condolencias, la tristeza y la zozobra que sentía, pero no me salía ni una palabra, por lo que la agarré de la mano y aguanté ahí como si me fuera la vida en ello, pues no era capaz de hacer nada más.

– El funeral será el próximo martes, pero tendrá lugar fuera de París, en Tilly, en la Alta Normandía, donde está enterrado mi padre.

– Allí estaremos, por supuesto.

– Gracias -murmuró-. He venido a recoger las cosas de Pauline. Su bolsa y algo de ropa, según tengo entendido.

– Está todo aquí.

Mi hija hizo acto de presencia mientras me dirigía a por las cosas de la difunta. Nada más ver a la invitada profirió un agudo grito que me hirió en lo más profundo y echó a correr para arrojarse a los brazos de Suzanne, apoyando la cabeza sobre su hombro. La pequeña figura de la mujer se estremeció bajo el efecto del llanto de Margaux, quien empezó a hablar de forma atropellada y a voz en grito contándole todo lo que no me había contado a mí.

– Estábamos en clase de gimnasia, como todos los jueves, jugando al baloncesto. Pitou cayó al suelo fulminada. Lo supe en cuanto el profesor le dio la vuelta. Tenía los ojos en blanco. El profe intentó reanimarla haciendo lo mismo que en una serie de televisión. Aquello duró una eternidad. Alguien había llamado a una ambulancia, pero todo había terminado cuando ésta llegó.

– No sufrió -susurró Suzanne mientras acariciaba el pelo húmedo de Margaux-. No sintió dolor alguno. Todo ocurrió en cuestión de segundos. El médico me lo aseguró.

– ¿De qué murió? -se limitó a preguntar Margaux, y se retiró un poco para alzar los ojos y mirar a Suzanne.

– Creen que fue un problema cardiaco del que no teníamos ni idea. Esta semana van a hacerle unas pruebas a su hermano pequeño para averiguar si padece el mismo problema.

– Quiero verla, quiero despedirme de ella.