Suzanne me buscó con la mirada.
– ¡No me detengas, papá! -exigió mi hija de forma brusca y sin mirarme siquiera-. Quiero verla.
– No te lo estoy impidiendo, cielo. Te entiendo.
Suzanne tomó asiento y se terminó el café.
– Puedes verla, por supuesto. Sigue en el hospital. Puedo llevarte allí, o que te lleve tu madre luego.
– Mi madre está en Japón.
– Pues entonces que te lleve tu padre -repuso ella, levantándose-. He de irme ya. Tengo mucho trabajo por delante: rellenar papeleo, preparar el funeral… Quiero darle un funeral precioso… -Enmudeció cuando le empezaron a temblar los labios, y se mordió uno-. Un funeral precioso para mi preciosa hija.
Se dio media vuelta para marcharse, pero dispuse de tiempo para ver cómo se le crispaba el rostro. Recogió la bolsa y la ropa de Pauline y se encaminó hacia la salida. Se cuadró de hombros al llegar a la puerta, como un soldado que se preparara para la batalla. Mi admiración por ella no tenía límites.
– Os veo luego -susurró sin levantar la vista.
Buscó a tientas el picaporte y abrió la puerta.
Me asaltó la impresión de haber pasado mucho tiempo en las morgues de los hospitales, y cavilaba a ese respecto mientras esperaba con mi hija en el hospital Pitié Salpetriére para ver el cuerpo de su amiga. En comparación con el lugar donde trabajaba Angele, ese sitio era deprimente y tenebroso: carecía de ventanas, la pintura se descascarillaba y el suelo estaba lleno de rasponazos, y nadie había hecho un esfuerzo por darle un poco de alegría a esa sala.
Nos hallábamos los dos solos y únicamente se oía un murmullo de voces en algún lugar indeterminado y el sonido de los pasos cuando la gente andaba por el pasillo. El tanatopractor era un hombre corpulento de cuarenta y tantos años. No ofrecía ninguna palabra de consuelo, ni tan siquiera una sonrisa. Lo más probable era que se hubiera curtido después de haber visto tantas muertes. Conjeturé que una adolescente víctima de un fallo cardiaco no significaba nada para él, pero me equivocaba. Se acercó a nosotros y dijo:
– Su amiga está preparada. ¿Lo está usted, mademoiselle? -Margaux mantuvo la mandíbula apretada y asintió con la cabeza. Él insistió-: Es duro ver el cuerpo de un ser querido. Quizá debería acompañarla su padre.
Mi hija alzó los ojos y se quedó mirando su piel rubicunda y deteriorada.
– Era mi mejor amiga y voy a verla -masculló entre dientes.
Margaux estaba dispuesta a repetir esa frase toda la vida si era preciso. El hombre asintió.
– Su padre y yo estaremos detrás de la puerta por si nos necesita, ¿de acuerdo?
Ella se levantó, se alisó la ropa y se sacudió el pelo. Parecía varios años mayor. Me entraron deseos de retenerla y protegerla, quise rodearla con mis brazos. ¿Iba a soportarlo? ¿Se vendría abajo? ¿Le causaría un daño permanente? Combatí tenazmente la necesidad de agarrarla por la manga.
El tanatopractor la condujo hasta una sala contigua, le abrió la puerta y la dejó entrar.
Suzanne y Patrick aparecieron entonces con su hijo. Nos abrazamos y besamos en silencio. El niño estaba pálido y cansado. Nos dispusimos a esperar un poco más, pero…
De pronto se oyó la voz de Margaux pronunciando mi nombre. No dijo «papá», sino «Antoine». Nunca antes me había llamado así. Lo dijo dos veces.
Entré en una habitación de proporciones muy parecidas a las del hospital donde trabajaba Angele. Reconocí de inmediato el olor predominante, me resultaba familiar. Posé los ojos en el cuerpo ubicado delante de nosotros. Pauline parecía muy joven, demasiado joven y demasiado frágil. La figura curvilínea de su cuerpo parecía haber encogido un poco. Estaba vestida con una blusa rosa y unos vaqueros. Calzaba unas zapatillas de la marca Converse. Sobre el regazo descansaban las manos cruzadas. Finalmente, le miré el semblante. No iba maquillada, sólo se veía la limpia piel blanca. Alguien le había peinado el pelo rubio con sencillez. La boca estaba cerrada de forma muy natural. Angele lo habría aprobado.
Margaux revoloteaba cerca de mí. Coloqué la mano detrás de su cabeza, tal y como hacía cuando era pequeña. Ella no me rehuyó como había estado haciendo últimamente.
– Esto es algo que no entiendo -me dijo, y se escabulló fuera de la estancia.
Me quedé a solas frente al cuerpo de la adolescente. Astrid no iba a verlo. Seguía en Tokio, aunque tomaría el avión a tiempo de asistir al funeral del martes. Serge y ella no habían conseguido cambiar las reservas en el último minuto. Lo más probable era que hubiera visto a Pauline por última vez en Malakoff, haría cosa de una semana más o menos. Estaría dentro del ataúd para cuando mi ex mujer hubiera llegado a suelo francés. Ella jamás iba a ver el cadáver de Pauline. No sabía si eso era bueno o malo para ella. Nunca había tenido que afrontar ese tipo de situaciones con Astrid.
Pensé en mi padre mientras permanecía allí de pie. Mi madre murió en cuestión de un par de minutos, como Pauline. ¿Había estado François en la morgue del hospital, como yo ahora, contemplando el cadáver de su esposa mientras intentaba sobreponerse? ¿Dónde se hallaba cuando murió nuestra madre? ¿Quién le avisó? No había móviles en 1974. Lo más probable era que estuviera en su oficina, que en aquellos días estaba cerca de los Campos Elíseos.
Miré fijamente el rostro de la difunta, situado enfrente de mí, tan joven y lozano a sus catorce años. Deposité la mano sobre su cabeza con suavidad. La de Margaux tenía la calidez de la vida mientras que aquélla era fría como la piedra. Jamás en la vida había tocado un cadáver. Retiré los dedos. Adiós, Pauline. Adiós, pequeña.
Se apoderó de mí el temor que había experimentado la noche anterior mientras sostenía la bolsa de Pauline, cuyo rostro descolorido de pronto pareció fundirse con el de Margaux, y me estremecí. Podía haberle pasado a mi hija. Podía haberme tocado estar mirando el cuerpo de Margaux. Volví a tocar el cadáver e intenté detener el tembleque que me sacudía todo el cuerpo. Deseé que Angele estuviera a mi lado. Tuve la certeza de cuánto consuelo podrían haberme dado su sentido común y su conocimiento interior de la muerte. Me esforcé por imaginar que había sido ella quien se había hecho cargo del cuerpo de Pauline con todo el cuidado y respeto que yo sabía que empleaba con sus «pacientes».
De pronto sentí una mano en el hombro. Era Patrick. No despegó los labios. Los dos permanecimos allí callados con los ojos fijos en la difunta. Él se percató de mis temblores y me palmeó el hombro en silencio. El tembleque siguió mientras yo le daba vueltas a aquello en lo que se había convertido Pauline. Ni ella ni nosotros llegaríamos a conocer qué era lo que la vida le tenía reservado. Viajes, novios, independencia económica, una carrera profesional, el amor, la maternidad, la mediana edad, el duro envejecer, toda una vida. Había desaparecido todo cuanto tenía por delante.
El miedo se retiró y la rabia se adueñó de mí. La chiquilla tenía catorce años, por amor de Dios, catorce años. ¿Por qué sucedían estas cosas? Y cuando pasaban, ¿cómo rayos ibas a recuperar las fuerzas y tirar para delante? ¿De dónde obtenías el coraje y la entereza para lograrlo? ¿Era la religión una respuesta? ¿De ahí obtenían consuelo Patrick y Suzanne? ¿Era eso lo que les ayudaba ahora?
– Suzanne la vistió ella sola. No quería que lo hiciera nadie más -me informó Patrick-. Los dos juntos elegimos las ropas: sus vaqueros favoritos, su blusa preferida…
Extendió el brazo y acarició la mejilla fría de su hija mientras yo observaba la blusa rosa. Me vino a la mente una imagen: la de los dedos de Suzanne abotonando minuciosamente todo el largo frontal de la blusa, entrando en contacto con la carne inerte de Pauline. El pensamiento me abrumó con todo su terrible poder.
Margaux necesitaba estar con Suzanne y Patrick. Yo supuse que era su forma de permanecer cerca de Pauline.