El timbre estridente del teléfono me despertó en plena noche. Busqué a tientas la luz y cogí el auricular. Cerca de la cama el despertador marcaba las 2.47 de la madrugada del sábado.
– ¿Es usted el padre de Arno Rey? -inquirió una cortante voz de hombre.
Me senté en la cama con la boca seca.
– Sí…
– Soy el comisario Bruno, del departamento de policía del distrito 10°. Debe venir ahora mismo, monsieur. Su hijo tiene un problema. Es un menor y no podemos ponerle en libertad sin su consentimiento.
– ¿Qué ha ocurrido? -pregunté con voz preocupada-. ¿Está bien?
– Lo tiene usted en una celda de borrachos, y sí, se encuentra bien, pero debe venir ahora mismo.
Me facilitó una dirección, el número 26 de la calle Louis Blanc, y colgó. Me levanté a trompicones y me vestí de forma maquinal, como un robot. Estaba en una celda de borrachos. ¿Significaba eso que estaba bebido? Después de todo, ¿no es ahí donde encerraban a los alcohólicos? «Su hijo tiene un problema…». ¿Qué clase de problema? ¿Debía telefonear a Tokio otra vez? ¿Para qué? No había nada que Astrid pudiera hacer desde donde estaba. «Oh, sí, colega -me dijo una voz interior-, ahora tú estás al mando, tú defiendes el fuerte contra los indios y sales al exterior cuando sopla el huracán, eres el que se enfrenta al enemigo, es tu trabajo, tú eres el padre. Ponte a ello, tío».
¡Ay, Lucas! No podía dejarle allí solo, ¿verdad? ¿Qué pasaría si se despertaba y encontraba la casa vacía? Debería llevarle conmigo. «No -me dijo la voz-, no puede acompañarte. ¿Qué ocurre si Amo está en mal estado? Está perturbado por la muerte de Pauline, imagínate qué daño podría hacerle ver así a su hermano. No puedes hacer eso. No es conveniente llevar a un frágil niño de once años a una comisaría de policía a medianoche porque han enchironado a su hermano en la celda de los borrachos. Piensa otra cosa».
Levanté el auricular y marqué el número de Mélanie. Me contestó con voz clara. Estaba tan despejada que me pregunté si no habría permanecido en vela. Le expliqué en pocas palabras la situación de Amo y le pregunté si podría venir a pasar el resto de la noche a nuestro apartamento y yo le dejaría la llave debajo del felpudo. No podía dejar solo a Lucas y no tenía a nadie más a quien recurrir.
– Por supuesto, pido un taxi y ahora mismo voy para allá -me contestó con calma y voz tranquila.
La comisaría se hallaba situada en algún lugar detrás de la estación de L'Est, cerca del canal Saint-Martin. París jamás se quedaba vacío el sábado por la noche. La plaza de la República y el bulevar Magenta estaban atestados de gente a pesar del frío, razón por la cual me llevó un buen rato llegar y encontrar un sitio para aparcar.
Me identifiqué ante el policía de la entrada como el padre de Arno Rey y él me dejó entrar con un asentimiento. El lugar mostraba un aspecto de abandono tan desalentador como la morgue de un hospital. Un hombre menudo y delgado con los ojos grises claros se acercó a mí y se presentó como el comisario Bruno.
– ¿Puede explicarme qué ha pasado? -le pedí.
– Su hijo y otros adolescentes han sido arrestados.
– ¿Por qué?
La cara de póquer del tipo me irritaba. Se tomaba su tiempo y disfrutaba mirando cada músculo de mi cara, o esa impresión me dio.
– Han saqueado un apartamento.
– No le entiendo.
– Su hijo y un par de amigos se han colado en una fiesta esta noche. La anfitriona de la fiesta es una joven llamada Émilie Jousselin. Vive en la calle Faubourg-Saint-Martin, en la esquina de al lado. Su hijo no estaba invitado y, una vez dentro, él y sus amigos han llamado a otros amigos por los móviles, y a base de meter a los amigos de los amigos se ha juntado dentro un verdadero ejército. Unas cien personas como mínimo. Y todos borrachos, porque han llevado alcohol.
– ¿Qué han hecho? -pregunté con el tono más calmado posible.
– Han arrasado la casa. Algunos han pintado grafitis en las paredes, otros han roto la porcelana o han hecho trizas la ropa de los padres. Ese tipo de cosas.
Tragué saliva.
– Es una sorpresa para usted, lo sé. Lo crea o no, esto sucede muy a menudo. Debemos enfrentarnos a este tipo de cosas una vez al mes por lo menos. Hoy día, los padres se ausentan un fin de semana y ni siquiera saben que sus hijos han planeado dar una fiesta. Esta joven tiene quince años y no se lo había dicho a sus padres. Sólo les había comentado que iban a pasarse por su casa un par de amigas.
– ¿Va al colegio de mi hijo?
– No, pero anunció la fiesta en su muro de Facebook y así ha sido como ha empezado todo.
– ¿Cómo sabe que Arno ha tomado parte en todo eso?
– Los vecinos nos avisaron cuando vieron que la fiesta se había salido de madre. Mis hombres han arrestado al mayor número posible de jóvenes, aunque muchos han logrado huir, pero su hijo apenas podía moverse: estaba demasiado bebido.
Miré a mi alrededor en busca de un asiento, pero no lo había. Clavé la mirada en los pies calzados con zapatos deportivos de cuero. Mi calzado de todos los días. Sin embargo, ese día me habían llevado a la morgue de un hospital para ver el cadáver de Pauline, luego al apartamento de mi hermana para saber la verdad que había causado el accidente y ahora hasta allí, de madrugada, a una comisaría, para hacer frente al hecho de que habían detenido borracho a mi hijo.
– ¿Quiere un poco de agua? -me ofreció el policía.
Vaya, el tipo era humano después de todo. Acepté su oferta y vi desaparecer la figura delgada del comisario, que regresó casi de inmediato y me entregó un vaso de agua.
Al cabo de un par de minutos aparecieron dos policías llevando a Arno a empujones. Él arrastraba los pies con el paso vacilante de los borrachos. Estaba pálido y tenía los ojos inyectados en sangre. No me miró. Se apoderó de mí una oleada de ira y vergüenza. ¿Cómo hubiera reaccionado Astrid? ¿Qué le habría dicho? ¿Le habría echado una bronca? ¿Le habría tranquilizado? ¿Le habría zarandeado?
Firmé un par de documentos. Mi hijo se mantenía en pie a duras penas. Apestaba a alcohol, pero yo estaba convencido de que conservaba la lucidez suficiente como para enterarse de todo lo que estaba sucediendo.
El comisario Bruno me advirtió de la conveniencia de buscar un abogado por si los padres de la joven presentaban cargos, que era lo más probable. Dejamos la comisaría, pero me negué a ayudar a Arno y dejé que caminara como pudiera hasta el coche. No le dirigí la palabra y tampoco le toqué. Me daba asco. Por primera vez en mi vida me avergonzaba de la carne de mi carne. Observé cómo se metía en el coche con torpeza y me pareció tan joven y frágil que sentí una pasajera punzada de pena, pero la repulsión volvió. Tanteó en busca del cinturón de seguridad e intentó abrocharse en vano. No puse en marcha el motor, esperé hasta que al final logró ponérselo. Respiraba de forma entrecortada por la boca, como cuando era pequeño, cuando era un buen chico, el niño que yo llevaba sobre los hombros y me miraba como todavía hacía Lucas, y no ese adolescente desgarbado y altanero con una mueca de desdén esculpida en el rostro. La ironía resultaba sorprendente: de la noche a la mañana nuestros hijos se transformaban en seres a quienes no conocíamos.
Las calles estaban semidesiertas a las cuatro de la mañana. Las luces de Navidad refulgían con alegría en la fría oscuridad ahora que no había nadie para verlas. Todavía no le había dicho una palabra a mi hijo. ¿Qué habría hecho mi padre en una situación semejante? No pude contener una sonrisa de sarcasmo. ¿Golpearme hasta hacerme fosfatina? Él me había pegado, y yo no lo había olvidado. Me había cruzado la cara en alguna ocasión, aunque no muy a menudo, porque yo era un adolescente apocado en vez del zafio y desafiante despojo que estaba sentado a mi derecha.