El corazón me habría dado un vuelco en cualquier otro momento de mi vida. Rabagny y yo no habíamos finalizado nuestra colaboración de forma cordial, por decirlo de una manera suave, y daba por supuesto que no me había hecho por ahí la mejor de las publicidades, pero desde entonces había muerto Pauline -a la que enterrábamos al día siguiente- y había regresado del pasado una verdad dura sobre mi madre, y eso sin mencionar el coqueteo con el vandalismo de Amo. Por eso, ahora el nombre de Rabagny me resbalaba por completo y me daba lo mismo si a ese atildado sexagenario se le llenaba la boca con observaciones negativas respecto a mi persona.
Sin embargo, no lo hizo. Me honró con una sonrisa sorprendentemente obsequiosa.
– La guardería me parece impresionante, pero no es sólo eso, hay otro aspecto que en mi opinión resulta aún más atractivo.
– Me pregunto qué podrá ser… ¿Misterios del Feng Shui?
Respondió con una amable risilla a mi ironía.
– Me refiero al modo en que ha tratado usted a monsieur Rabagny.
– ¿Puede ser un poco más concreto?
– No conozco a nadie más que le haya mandado a la mierda, salvo yo mismo.
Ahora me tocó a mí reír entre dientes al recordar ese día. Hubo un ataque final de lo más ofensivo por su parte sobre un asunto que, una vez más, no guardaba ninguna relación conmigo ni con mi gente, y el sonido de su voz me puso enfermo.
– Váyase al cuerno -le espeté. Y colgué el teléfono, para sorpresa de Florence.
Se me escapaba cómo podía haber llegado este incidente a oídos de Xavier Parimbert, pero él me sonrió como si estuviera dispuesto a darme una explicación de buen grado.
– Da la casualidad de que Régis Rabagny es mi yerno.
– ¡Menuda desgracia! -comenté.
Él asintió.
– Lo pienso muy a menudo, no crea, pero mi hija le quiere, y en lo tocante al amor…
Sonó el teléfono de su despacho. Alargó con elegancia el brazo y cogió el auricular con una de esas manos suyas tan cuidadas, porque evidentemente se hacía la manicura.
– ¿Sí? No, ahora no. ¿Dónde? Ya entiendo.
Volví los ojos hacia el despacho aparentemente sencillo cuando vi que se iba a prolongar la conversación. No tenía mucha idea de en qué consistía el Feng Shui, salvo que es un arte ancestral chino cuyo nombre significa «viento» y «agua» y que su propósito es utilizar las leyes del cielo y la tierra. Aquélla debía de ser la oficina más ordenada que había visto jamás. No había ningún objeto encima de otro ni pilas de papeles, y no había forma de hallar nada que molestara a la vista.
Toda una pared era un acuario donde un extraño pez negro de silueta serpenteante nadaba con languidez, dejando una ristra de burbujas tras él. En la esquina opuesta había unas plantas exóticas de grandes hojas. Unos pocos palitos de incienso ardían para impregnar el aire de un aroma relajante. Detrás de la mesa del despacho había una pared forrada de madera donde podían verse más y más fotografías de mi anfitrión con diferentes celebridades.
Parimbert colgó al fin el teléfono y centró toda su atención en mí.
– ¿Le apetecería tomar un té verde y unas pastas de harina integral? -sugirió con alegría, como si propusiera un lujo especial a un chiquillo renuente.
– Claro -repliqué, pues tuve el palpito de que una negativa iba a sentarle fatal.
Agitó una campanilla y apareció una delgada mujer oriental vestida de blanco con una bandeja. Mantuvo los ojos entornados y se inclinó de forma ceremoniosa mientras servía el líquido de una pesada y ornamentada tetera con movimientos gráciles y expertos. Mi anfitrión contempló la escena con expresión plácida. Me ofrecieron una cosa redonda y pesada que supuse que sería una pasta.
Hubo un momento de quietud mientras él comía y bebía, sumido en un silencio casi monacal. Yo le di un mordisquito a aquello y me arrepentí de inmediato. Ese engrudo tenía una consistencia similar a la del chicle. Parimbert hizo grandes aspavientos para tomar el té verde, y luego se relamió los labios. A mi parecer, el brebaje aquel estaba demasiado caliente para metérselo en el cuerpo con semejante entusiasmo.
Tras un último bocado, sonriente como el Gato de Cheshire, propuso:
– Y ahora vamos al negocio.
El té le había dejado en la boca un resto verdoso y era como si una selva intentara asomarle de entre los dientes. Quise echarme a reír, pero en ese mismo momento me di cuenta de que era la primera vez que estaba de humor para reír desde la muerte de Pauline. Se impuso la culpabilidad, aunque persistiera el motivo de la risa.
– Tengo un plan -empezó de forma un tanto misteriosa- y, de verdad, creo que es usted la única persona que puede llevarlo a cabo.
Aguardó mi reacción de forma ceremoniosa. Me limité a asentir. Él continuó:
– Deseo que se imagine la Cúpula Inteligente.
Pronunció esas dos últimas palabras con sobrecogimiento, como si hubiera dicho «Santo Grial» o «Dalai Lama». Yo asentí con cara de póquer y esperé a ver si lograba enterarme de qué rayos era la Cúpula Inteligente, rezando para mis adentros para no parecer tonto del culo.
Parimbert se levantó e introdujo las manos en sus impecables pantalones grises antes de ponerse a pasear por el pulido suelo de madera. Hizo una pausa teatral cuando llegó al centro de la estancia.
– La Cúpula Inteligente es el lugar adonde sólo llevaré a un reducido grupo de gente selecta, elegida con sumo cuidado, con el fin de reunimos y reflexionar en armonía. Ese lugar estaría ubicado aquí mismo, y se diseñaría bajo esas premisas. Deseo que recuerde a un iglú de inteligencia. ¿Lo entiende?
– A la perfección -repliqué, aunque el impulso de echarme a reír era irresistible.
– No he hablado con nadie de este proyecto. Deseo que tenga usted carta blanca. Es usted el hombre perfecto para este encargo, lo sé. Por eso le he elegido, y le pagaré en consonancia.
Mencionó una suma en apariencia generosa, aunque tampoco estaba claro: no tenía ni idea de lo grande que debía ser la Cúpula Inteligente ni de con qué materiales debía construirla.
– Quiero que vuelva con propuestas. Regrese en cuanto las haya consignado sobre el papel. Deje que fluya su energía positiva, sea atrevido y creativo. Apele a su fuerza interior. No necesita ser timorato en este lugar. La Cúpula Inteligente tiene que estar muy cerca de mi oficina, así que haga un boceto partiendo de las dimensiones de esta habitación.
Me despedí de él y me encaminé hacia la avenida Montaigne, donde las tiendas de artículos de lujo trabajaban a pleno rendimiento, dada la cercanía de las fechas navideñas.
Elegantes damas cargadas con bolsas de compras de diseñadores pasaban caminando sobre sus zapatos de tacón alto. El tráfico no cesaba en su cantinela. Pensé en Pauline mientras me dirigía de camino a la orilla izquierda, en ella y en su funeral, y en su familia. Y en Astrid, que en ese mismo momento estaba de camino, pues aterrizaba a última hora. Reflexioné sobre cómo, a pesar de la muerte de una adolescente, la Navidad no había detenido su avance inexorable, las mujeres seguían de compras en la avenida Montaigne y los hombres como Parimbert se tomaban demasiado en serio a sí mismos.
Iba al volante con Astrid a mi derecha y los chicos y Margaux en el asiento de atrás. Ésta era una de las primeras veces desde el divorcio en que viajábamos todos juntos en el Audi, como la familia que habíamos sido. Eran las diez de la mañana y el cielo estaba tan nublado como el día anterior. Astrid luchaba contra el jet lag y no hablaba mucho. A primera hora me había pasado por Malakoff para recogerla. Le pregunté si venía Serge y me contestó que no.
El viaje hasta Tilly, el pueblecito donde la familia de Suzanne poseía una casa, duraba en torno a una hora. Toda la clase de Pauline iba a estar allí. Al final, Lucas había decidido venir. Era su primer entierro. ¿Cuál fue el mío después del sepelio de mi madre? Probablemente el de Robert, mi abuelo, y luego el de un amigo cercano, víctima de un accidente de coche, y el de otro más que murió de cáncer. Entonces caí en la cuenta de que también era el primer entierro de Margaux y de Arno. Los miré de soslayo por el espejo retrovisor. Noté que no había ni un iPod en el coche. Tenían los rostros demacrados y pálidos. Nunca iban a olvidar ese día. Lo recordarían el resto de sus vidas.