Nos marchamos a última hora de la tarde, cuando el anochecer oscurecía el cielo. Fuimos una de las últimas familias en irnos. Mis hijos parecían exhaustos, como si hubieran realizado un largo viaje. Nada más entrar en el coche cerraron los ojos y se durmieron. Astrid permaneció en silencio también. Mantuvo la mano sobre mi muslo, como solía hacer durante esos largos viajes en coche hacia la Dordoña.
Se oyó un chapoteo y el coche patinó sobre una gruesa capa de lodo en cuanto salimos a la carretera principal, la que conducía a la autopista. Eché un vistazo al suelo sin distinguir la sustancia que lo cubría. Un hedor sofocante logró filtrarse hasta el interior del vehículo y los chicos despertaron de golpe. Olía a pútrido. Astrid se cubrió la nariz con un Kleenex. Las ruedas seguían patinando a pesar de que conducía despacio. De pronto Lucas profirió un grito y señaló hacia delante, donde una forma sin vida yacía en mitad de la calzada. Un coche que iba delante de nosotros giró bruscamente para evitarla. Era un animal. Pude ver el suelo alfombrado de vísceras. Mantuve las manos firmes en el volante mientras luchaba por superar aquella pestilencia. Lucas volvió a gritar cuando de pronto apareció otra figura inerte: las extremidades amputadas de otro animal.
Nos detuvimos frente a las luces de un control policial, donde nos pusieron al corriente de la situación: uno de los camiones de un matadero cercano había perdido toda su carga. Durante cinco kilómetros vimos desperdigados por la carretera baldes llenos de órganos, pellejos, tejidos grasos, vísceras y restos de ganado sacrificado.
Era como una visión del infierno por la que cruzamos muy despacio, soportando un olor pútrido de lo más molesto, pero al final apareció la señal que anunciaba la autopista, y fue recibida con suspiros de alivio. Nos dirigimos a París a buena velocidad y los llevé a Malakoff. Al llegar, los dejé en la calle Émile Zola, justo delante de la puerta, y esperé con el motor en marcha a que se bajaran.
– ¿Por qué no te quedas a cenar? -sugirió Astrid.
Me encogí de hombros.
– ¿Por qué no?
Escuché los ladridos del feliz Titus al otro lado de la valla cuando los niños salieron del coche.
– ¿Está Serge ahí? -pregunté con tacto.
– No, no está.
No pregunté dónde se encontraba. Al fin y al cabo tampoco me importaba. Me alegraba su ausencia y punto, no lograba acostumbrarme a que ese tipo estuviera en mi casa, porque sí, aún sentía que eran mi casa, mi esposa, mi jardín, mi perro. Mi antigua vida.
Cenamos en la cocina americana diseñada por mí con tanto esmero, como en los viejos tiempos. Titas no cabía en sí de gozo. No apartó su húmeda boca de mi rodilla ni dejó de mirarme con extasiada incredulidad. Los chicos nos hicieron compañía un rato, pero al final subieron a acostarse. Me pregunté dónde andaría Serge. Esperaba verle aparecer por la puerta en cualquier momento, pero Astrid no le mencionaba, sólo hablaba de los chicos y los acontecimientos del día. Yo la escuchaba. ¿Cómo iba a contarle que en realidad estaba con la cabeza a años luz de allí? ¿Sucedió así cuando se produjo nuestro distanciamiento?
Encendí la chimenea mientras ella continuaba hablando; nadie lo había hecho en mucho tiempo a juzgar por la rejilla vacía y sucia, y la reserva de madera aún era la que había comprado yo hacía dos años. Astrid y Serge no habían tenido conversaciones íntimas al calor de la chimenea. Extendí las manos hacia las llamas. Astrid se sentó en el suelo junto a mí y apoyó la cabeza sobre mi brazo. Me abstuve de echarme un pitillo, sabedor de cuánto odiaba el tabaco. Observamos el fuego en silencio. Si alguien hubiera pasado por allí y hubiera mirado por la ventana, habría visto a una pareja feliz y habría pensado que éramos un matrimonio dichoso.
Le conté lo de nuestro hijo mayor y le describí lo sucedido en la comisaría, el estado de Arno y mi frialdad a la mañana siguiente. Le expliqué que aún no había hablado con él, pero que iba a hacerlo. Y también le dije que íbamos a necesitar un buen abogado. Ella me escuchó con consternación.
– ¿Por qué no me telefoneaste?
– Pensé hacerlo, pero ¿qué ibas a hacer tú desde Tokio? La muerte de Pauline ya te había alterado bastante.
Ella asintió.
– Tienes razón.
– Margaux tiene la regla.
– Lo sé, me lo ha contado. Me ha dicho que lo llevaste bastante bien para ser un padre.
Sentí una chispa de orgullo.
– ¿De verdad? Me alegra, porque no lo hice muy bien cuando murió Pauline.
– ¿Qué quieres decir?
– No me salían las palabras adecuadas. No fui capaz de consolarla, por eso sugerí que te llamáramos, y eso la indignó.
Estuve a punto de contarle lo de mi madre, pero al final me mordí la lengua, porque ése no era el momento, ese tiempo estaba reservado para nuestros hijos y nuestros problemas. Astrid fue a por un poco de limoncello del congelador y regresó con unos vasitos de cristal que yo había adquirido hacía una pila de años en un tenderete del rastro de Porte de Vanves. Lo bebimos a sorbos en silencio y luego le hablé de Parimbert y la Cúpula Inteligente. Le describí la oficina Feng Shui, el pez negro, el té verde y los bollos. Se rió. Los dos nos reímos.
No dejaba de preguntarme por el paradero de Serge. ¿Por qué no había vuelto a casa ya? Tuve la tentación de interrogarla a ese respecto, pero no lo hice, y hablamos de Mélanie y la rapidez de su recuperación. Después estuvimos conversando sobre el trabajo de Astrid, y también sobre las inminentes fiestas de Navidad.
– ¿Qué te parecería reunimos aquí para esas fechas? -me sugirió-. El año pasado era demasiado complicado.
Me habló de pasar la Nochebuena con ella y los niños. La muerte de Pauline había hecho que todo pareciera triste y precario.
– Bueno, sí, claro, ¿por qué no? -contesté.
Para mis adentros me pregunté otra vez dónde estaba Serge. No dije nada, pero ella debió de intuir por dónde iban mis pensamientos.
– Tu llamada a Tokio fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Serge.
– ¿Por qué?
– No es el padre de esos niños. No tiene ninguna obligación hacia ellos.
– ¿Y qué significa eso?
– Es más joven y no sabe cómo afrontar todo esto. -Las llamas crepitaron con alegría y Titus soltaba fuertes ronquidos. Esperé-. Se ha ido, necesita pensarse con calma las cosas. Ahora está con sus padres en Lyon.
¿Por qué no sentía una oleada de alivio en mi interior? En vez de eso, noté un aturdimiento y cierta cautela, lo cual me sorprendió.
– ¿Estás bien? -pregunté con amabilidad.
Volvió hacia mí un rostro marcado por la pena y el cansancio.
– En realidad no -admitió en un susurro.
Con esas palabras acababa de darme el pie para entrar, el momento para tomarla en mis brazos, el momento que había esperado durante tanto, tanto tiempo, la oportunidad de recuperarla, de recobrarlo todo.
Solía fantasear con ese instante durante las primeras noches en la casa de la calle Froidevaux, cuando me acostaba en la cama vacía y me sentía sin ninguna motivación para seguir vivo. Ése era el momento que había esperado desde el viaje a Naxos, desde que ella rompió, el momento que había imaginado con tanta claridad.
Pero no dije esta boca es mía, pues era incapaz de pronunciar las palabras que ella quería oírme decir. Estudió mi rostro y mis ojos con la mirada sin hallar en ellos lo que buscaba, así que se echó a llorar.