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Le cogí la mano y se la besé con delicadeza. Sollozó un poco, pero luego se enjugó las lágrimas.

– ¿Sabes? A veces me gustaría recuperarlo como fuera -murmuró.

– ¿El qué? -pregunté.

– Recuperarte a ti, Antoine, nuestra antigua vida. -El llanto volvió a crisparle el rostro-. Quiero recobrarlo todo.

Empezó a besarme de forma febril. Ahí estaban sus besos salados, su calor, su aroma, pero nada; quería reclamarla a gritos, devolverle los besos, pero no podía. Algo más fuerte me retenía. Al final sí la besé, pero sin pasión, porque había desaparecido. Ella me acarició y me besó en el cuello y los labios, como si la última vez hubiera sido el día anterior y no hacía dos años. El deseo se removió por los viejos tiempos, por los recuerdos, pero luego se apagó, y la estreché entre mis brazos como a una hija, como a mi hermana, como hubiera abrazado a mi madre. La aferré de forma incondicional para besarla como un hermano besa a otro.

Se apoderó de mí una sensación de pasmo. ¿Cómo era posible? Ya no amaba a Astrid. Me preocupaba muchísimo por ella, pues era la madre de mis hijos, pero ya no la quería. Había ternura, respeto y bondad, pero no amor, no como antes. Y ella lo supo. Lo percibió. Y se terminaron los besos y las caricias insistentes. Retrocedió y se cubrió el rostro con manos temblorosas.

– Lo siento -se disculpó, y soltó un profundo suspiro-. No sé qué me ha pasado.

Se sonó la nariz. Hubo una larga pausa. Le concedí tiempo y la cogí de la mano.

– Lucas me contó lo de tu novia, la morena alta.

– Angele.

– ¿Cuánto hace que la ves?

– Desde el accidente.

– ¿La quieres?

Me froté la frente. ¿Que si estaba enamorado de Angele? Por supuesto, pero no era el mejor momento de decírselo a Astrid.

– Me hace feliz.

Ella me sonrió con valentía.

– Eso está bien, es genial. Me alegro. -Se hizo otra pausa-. Escucha, de pronto se me ha venido encima todo el cansancio. Creo que voy a acostarme. ¿Te importaría sacar a Titus para que haga pis?

El perro ya me esperaba junto a la puerta moviendo el rabo. Me puse el abrigo y los dos salimos al frío cortante de la noche. El animal recorrió el jardín caminando despreocupado y de vez en cuando levantaba la pata. Entretanto yo me frotaba las manos para conservarlas calientes, muerto de ganas de regresar al calor de la casa.

A mi regreso, Astrid ya había subido las escaleras. Titus se dejó caer frente a las brasas del fuego y yo subí a despedirme. Lucas y Arno habían apagado la luz de sus cuartos, pero la de Margaux estaba encendida. Ella debió de escuchar mis pasos, ya que entreabrió la puerta de su habitación.

– Adiós, papá.

Acudió a mí como un fantasma, vestida con un camisón blanco. Me abrazó durante unos instantes y se marchó. Recorrí el pasillo de camino a lo que había sido mi viejo dormitorio. No había cambiado demasiado. Astrid se hallaba en el cuarto de baño y me senté en la cama a esperarla. Fue en esa habitación donde me dijo que quería el divorcio porque amaba a Serge y deseaba estar con él y no conmigo. Añadió que lo sentía mucho, pero que no soportaba mentir por más tiempo. Recordé la sorpresa y el dolor, agaché la cabeza y miré mi anillo de casado, pensando que no podía ser cierto. Esa noche había seguido hablando sobre cómo nuestro matrimonio se había convertido en algo cómodo, como unas zapatillas viejas cuando el uso las da de sí. Yo había torcido el gesto ante esa imagen, pues sabía a lo que se refería, pero ¿había sido culpa mía por completo? ¿Siempre había que imputárselo al esposo? ¿Por permitir que se apagara la chispa de nuestras rutinarias vidas? ¿Por no llevarle flores? ¿Por dejar que un gallardo príncipe más joven la pusiera lejos de mi alcance? A menudo me había preguntado qué había visto en Serge. ¿Juventud? ¿Ardor? ¿El hecho de que no tuviera hijos? Me puse a un lado en vez de luchar por ella como un poseso porque me había quedado como un balón deshinchado.

Una de mis primeras reacciones fue liarme con la ayudante de un colega en un rollo de una noche; fue una chiquillada que no me ayudó nada. No había sido un esposo infiel durante nuestro matrimonio. No era mi estilo, aunque a algunos hombres se les da bien. Eché una canita al aire durante un viaje de negocios con una atractiva mujer más joven justo después del nacimiento de Lucas. Me quedé hecho polvo. El peso de la culpa resultaba difícil de sobrellevar. Descubrí que el adulterio era de lo más complicado y me rendí.

Unos años después se produjo en nuestro matrimonio esa prolongada sequía previa a que yo me enterase de lo de Serge. Ya nada ocurría en nuestra cama y yo me había resignado, no me molestaba en investigar el porqué. Tal vez no deseaba saber la verdad o quizá ya sabía en lo más hondo de mí que ella amaba y deseaba a otro hombre.

Astrid salió del baño vestida con una camiseta larga. Soltó un suspiro de cansancio mientras se deslizaba dentro de la cama y luego alargó una mano hacia mí, y yo, que seguía completamente vestido pero yacía tumbado junto a ella, la acepté.

– No te vayas aún, espera a que me duerma -murmuró.

Apagó la lámpara de la mesilla. Al principio, la habitación pareció quedarse a oscuras, pero luego mis ojos se acostumbraron a la exigua luz de la calle que se filtraba a través de las cortinas y fui capaz de distinguir los contornos de los muebles. Me propuse esperar un poco más hasta que se quedara dormida y luego marcharme con sigilo. Entonces empezaron a dar vueltas en mi mente una serie de imágenes superpuestas: los cadáveres troceados del camino, el féretro de Pauline, la sonrisa del petulante Xavier Parimbert, mi madre y otra mujer unidas en un tierno abrazo…, y de pronto empezó a sonar un zumbido junto a mi oído y me hallé perdido, incapaz de determinar la hora ni el lugar donde estaba. La radio del despertador, que estaba sintonizada en France Info, retumbó como un trueno. Eran las siete de la mañana. La noche anterior debía de haberme quedado dormido.

Entonces, de pronto, noté las cálidas manos de Astrid sobre mi piel, y era una sensación demasiado placentera como para alejarla de mi lado. La somnolencia me tenía aún atontado y no podía abrir los ojos. «No -me alertó la vocecita-, no, no, no lo hagas». Astrid me quitó la ropa. «No, no, no». «Sí, sí-replicó la carne-, sí». «Vas a arrepentirte de esto. Ésta es la mayor estupidez que puedes cometer ahora, os herirá a los dos». Oh, la bendición de su toque de seda, ¡cuánto lo echaba de menos! «Aún estás a tiempo de impedirlo, Antoine. Puedes levantarte, vestirte y poner pies en polvorosa». Ella sabía exactamente cómo y dónde tocarme, no lo había olvidado. ¿Cuándo habíamos hecho el amor Astrid y yo por última vez? Había sido en esta misma cama, haría cosa de dos años largos. «Eres tonto de remate, necio, idiota». Todo sucedió muy deprisa y culminó en un espasmo de placer. Aferré su cuerpo y la retuve a mi lado con el pulso acelerado, pero no dije nada y ella tampoco. Ambos éramos conscientes de haber cometido un error. Me levanté despacio y le acaricié el pelo con torpeza. Recogí mis ropas y me escabullí al cuarto de baño, de donde regresé ya vestido. Astrid seguía acostada y permaneció de espaldas mientras yo abandonaba el dormitorio. Fui al piso de abajo, donde Lucas estaba desayunando; en su rostro se extendió una sonrisa de oreja a oreja al verme. Se me cayó el alma a los pies.

– ¡Papá, has pasado la noche aquí!

Le devolví la sonrisa, aunque por dentro me retorcía de dolor. Sabía que su sueño era vernos a su madre y a mí juntos otra vez. No se lo había guardado para él. Nos lo había dicho a Mélanie, a Astrid y a mí. En su opinión, todavía era posible.

– Sí, estaba reventado.

– ¿Has dormido en el cuarto de mamá? -preguntó con un brillo de esperanza en los ojos.

– No. -Me odié por mentirle-. Me he tumbado en el sofá. Sólo he subido al piso de arriba para ir al baño.