Le contesté a vuelta de maiclass="underline"
Sí, por supuesto.
No me esperaba nada en absoluto cuando llegué al umbral de su puerta. Didier me saludó con cara de póquer y me dejó entrar. Le seguí al interior del enorme cuarto central, sumido en una calma excesiva, como si un silencio extraño se hubiera apoderado del lugar, y entonces, de pronto, a mi alrededor hubo gritos y aullidos. Todavía sin salir de mi asombro, descubrí a Héléne y a su esposo, a Mélanie, a Emmanuel y a dos mujeres desconocidas, que resultaron ser las nuevas chicas de Emmanuel y Didier. Pusieron la música a todo volumen, corrió el champán y empezaron a pasar platos con tarama, sandwiches, ensaladas, frutas y un pastel de chocolate, después de lo cual vino la catarata de regalos. Yo estaba encantado por primera vez desde hacía años, estaba relajado, disfrutaba del champán y me gustaba ser el centro de atención.
Didier no le quitaba ojo al reloj de la muñeca sin que yo adivinase la razón, pero se puso en pie como movido por un resorte en cuanto sonó el timbre.
– Ah, la gran sorpresa -anunció.
E hizo un ceremonioso ademán al abrir la puerta.
Entró majestuosa, como caída del cielo. Lucía un largo vestido blanco, un vestido sorprendente para llevar en lo más crudo del invierno, con la melena castaña recogida hacia atrás y esbozando una sonrisa inescrutable.
– Happy birthday, monsieur Parisiense -canturreó a lo Marilyn Monroe, y luego vino a besarme.
Todos aplaudieron y dieron vivas. Por el rabillo del ojo capté un triunfal intercambio de miradas entre Mélanie y Didier, e intuí que habían sido ellos quienes habían urdido todo aquello a mis espaldas mientras yo estaba en Babia.
Nadie era capaz de apartar los ojos de Angele. Emmanuel se quedó impresionado y con la mayor discreción posible levantó jovialmente los pulgares en señal de aprobación. Estaba más que seguro de que las damas, Héléne, Patricia y Karine, se morían de ganas por hacerle preguntas acerca de su trabajo. A esas alturas, debía de estar más que acostumbrada a ser interrogada sobre ese tema.
– ¿Cómo puedes trabajar con muertos todo el día? -preguntó al final una de ellas un tanto tímida y sin frivolidad alguna.
– Porque ayuda a que otras personas sigan vivas.
Fue una velada maravillosa. Angele con ese vestido blanco parecía una princesa de nieve. En el precioso loft de nuestro anfitrión, con una claraboya en el techo asomada a la fría oscuridad de la noche, reímos, bebimos e incluso danzamos. Mi hermana aseguró que eran sus primeros bailoteos desde hacía mucho tiempo, y volvimos a aplaudir. Una mezcla de champán y alegría se me subió a la cabeza. Cuando Didier se interesó por Amo, le contesté:
– ¡Menudo desastre! -al tiempo que solté una imitación de ese carcajeo de hiena tan típico de mi hijo.
A continuación pasé a contarles la conversación de hombre a hombre que al final habíamos tenido mi hijo y yo cuando le echaron del colegio. Le leí la cartilla bien leída, pero con el corazón encogido ante lo mucho que me estaba pareciendo a mi padre al hablar en plan admonitorio mientras le reprendía severamente con el dedo en alto. Entonces me levanté e imité la postura de hombros caídos de Arno y puse el mismo ceño de contrariedad, incluso adopté, y exageré, el mismo tono de voz, identificable enseguida como el de un adolescente:
– Vamos, papuchi, no había Internet ni móviles cuando tenías mi edad. Vivíais en la Edad Media. A lo que voy, naciste en los sesenta. Venga, hombre, ¿cómo vas a entender el mundo moderno?
Eso provocó otra salva de vítores. Me sentí eufórico y exultante por una sensación nueva: hacía reír a la gente, una experiencia nueva en mi vida, pues en nuestra pareja Astrid solía ser la de los comentarios socarrones, la de la chispa y las ocurrencias graciosas, la que hacía reír a la gente hasta troncharse. Yo me había limitado a ser el espectador hasta esa noche.
– Deberíais oír a mi nuevo jefe, Parimbert -le dije a mi público.
Todos le conocían, por descontado, pues el tipo había pegado un cartel con su careto en todas las esquinas de París y era casi imposible encender la tele o el ordenador sin encontrarse con esa sonrisa suya del Gato de Cheshire. Empecé a imitar sus andares por la habitación con las manos metidas en los bolsillos y los hombros levantados. Luego, demostré lo bien que me salía la mueca que adoptaba Parimbert cuando le daba por pensar: un mohín de vieja dama seguido de un rápido movimiento de labios, levantando el superior y frunciendo el inferior hasta parecer una pasa arrugada. Entonces imité su forma de dar énfasis a ciertas palabras hablando en voz baja:
– Ahora, Antoine, recuerda: tu espalda debe tener la fuerza de la montaña* cada partícula a nuestro alrededor está viva, llena de energía e inteligencia. Nunca olvides que la purificación de tu yo interior es absolutamente necesaria.
Y luego les hablé de la Cúpula Inteligente, un encargo de lo más complicado, y cómo resultaba inspirador a pesar de ser una pesadilla. Parimbert estudiaba mis bocetos con ojos de miope, porque era demasiado vanidoso para llevar gafas. Mis propuestas nunca parecían complacerle ni disgustarle, le dejaban sin palabras, como si le provocaran una enorme preocupación. Yo había empezado a sospechar que la idea de la Cúpula Inteligente le gustaba mucho porque en realidad no tenía la menor idea de cómo debía ser.
– Recuerda, Antoine, la Cúpula Inteligente es una burbuja de potencia, una célula liberadora, un espacio cerrado con el conocimiento necesario para hacernos libres.
Se rieron a mandíbula batiente, y Héléne estaba literalmente llorando de risa. Luego saqué a colación el seminario al que me había invitado Parimbert; tuvo lugar en un moderno complejo de lo más chic situado en la zona oeste de la ciudad, y en el transcurso del mismo me había presentado a su equipo. Su socio era un oriental intimidante con un rostro imperturbable como una máscara y un sexo difícil de determinar. Todos sus empleados parecían drogadictos o al borde del colapso: tenían ojos vidriosos y cara de padecer algún tipo de intoxicación. Todos vestían de blanco o de negro. Los había muy jóvenes, de hecho algunos parecían recién salidos del colegio, y otros ya eran bastante talluditos, pero normal, remotamente normal, no había ni uno.
El estómago empezó a sonarme a eso de la una. Yo esperaba ir a comer, pero conforme pasaban los minutos veía con absoluta consternación que nadie mencionaba el almuerzo. Parimbert permanecía en la parte posterior de la habitación mientras las pantallas proyectaban desde detrás de su posición y él nos daba la vara con el éxito de su sitio web y con cómo iba a expandirse por el mundo entero. Con toda discreción, me acerqué a la mujer elegante, pero con cara de desnutrida, que se sentaba a mi lado y le pregunté sobre la comida. La tipa me miró como si le hubiera hablado de sodomía o de hacer una orgía.
– ¿Comida? -repitió en voz baja con un gesto de repulsión-. Nosotros no almorzamos nunca.
– ¿Y por qué no? -le pregunté consternado mientras volvían a sonarme las tripas.
Ella no se dignó contestarme. A las cuatro en punto nos sirvieron té verde y pastas con mucha ceremonia, pero yo tenía el estómago en los pies y me pasé todo el día desfallecido de hambre. Por eso, en cuanto pude escaparme, me fui pitando a una panadería y devoré a palo seco una barra de pan entera.
– ¡Qué divertido eres! No sabía que podías ser tan gracioso -observó Mélanie mientras nos marchábamos. Didier, Emmanuel y Hélène estuvieron de acuerdo, lo cual provocó en mí una mezcla de alegría y sorpresa.
Más tarde, mientras me quedaba dormido junto a mi princesa de nieve, me sentí dichoso. Era un hombre feliz.
El sábado por la tarde Mélanie y yo nos plantamos delante del enrejado de hierro forjado que protegía el acceso al edificio donde vivía la abuela. Habíamos telefoneado por la mañana para informar al tranquilo y bondadoso Gaspard de nuestro propósito de visitar a Blanche. Yo no había estado allí desde el verano, hacía unos seis meses. Mi hermana tecleó el código digital en el portero automático y entramos en el enorme hall alfombrado de rojo. El conserje nos miró desde detrás de la cortina de encaje de su garita y nos dirigió una señal de asentimiento al pasar. Prácticamente no había cambiado nada, salvo, tal vez, que la alfombra parecía un poco más gastada y que había un ascensor de hierro y cristal sorprendentemente silencioso en sustitución del antiguo.