Nuestros abuelos vivían allí desde hacía unos setenta años, desde su boda. Nuestro padre y Solange nacieron allí. En aquellos tiempos, la mayoría de los apabullantes edificios de Haussman eran propiedad del abuelo de Blanche, Émile Fromet, un acomodado propietario dueño de varias residencias en la zona de Passy, en el distrito 16°. Nos habían hablado a menudo de Émile Fromet durante nuestra infancia y había un retrato suyo sobre la repisa de la chimenea, donde se mostraba a un hombre implacable provisto de un mentón amenazador que, por suerte, Blanche no había heredado, aunque sí se lo había transmitido a su hija Solange.
Supimos desde muy jóvenes que el matrimonio Blanche y Robert Rey había sido un gran evento, pues suponía el enlace perfecto entre una dinastía de abogados y una familia de médicos y propietarios inmobiliarios. Se aunaban así respetables e influyentes personas de dinero y excelente consideración social. Se casaban personas que tenían la misma educación, los mismos orígenes y la misma religión. Probablemente, el matrimonio de nuestro padre con una sureña paleta había causado cierta conmoción en los años sesenta.
Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro desigual de Gaspard cuando nos abrió la puerta. El hombre me daba lástima, no podía evitarlo. Debía de tener cinco años más que yo a lo sumo y estaba tan avejentado que podría pasar por mi padre. No tenía familia ni hijos, ni otra vida más allá de los Rey. Caminaba arrastrando los pies, siempre controlado por su madre, Odette, y parecía marchito incluso de joven. Odette había trabajado como una muía para nuestros abuelos hasta el mismo día de su muerte. Nos tenía aterrorizados de niños y nos obligaba a calzar pantuflas antes de caminar sobre el parqué recién pulido, y nos hacía callar siempre, pues madame estaba descansando y monsieur leía Le Fígaro en el despacho y no deseaba ser molestado. Nadie sabía quién era el padre de Gaspard. Y nunca oímos el menor comentario a ese respecto. Cuando Mel y yo éramos pequeños, él hacía todo tipo de chapucillas y recados para la casa y no parecía pasar mucho tiempo en la escuela. Su madre habría muerto hacía unos diez años y él se había hecho cargo del mantenimiento del lugar, lo cual le había dado una nueva importancia de la que se enorgullecía.
Nuestra visita era el plato fuerte de su semana. Cuando Astrid y yo acostumbrábamos a traer a los niños para que los viera su abuela, en los buenos viejos tiempos de Malakoff, el hombre alcanzaba el éxtasis.
Lo umbrío del lugar me afectaba en todas las visitas. Su orientación norte no ayudaba nada y lo cierto es que apenas entraba el sol en aquel piso de 450 metros cuadrados. Imperaba una oscuridad sepulcral incluso en pleno verano. Nos encontramos con la tía Solange cuando ya se marchaba. No la veíamos desde hacía tiempo. Nos saludó de forma rápida pero amistosa y dio unas palmadas a Mélanie en la mejilla, sin preguntar por nuestro padre. Hermano y hermana vivían en el mismo barrio, él en la avenida Kléber y ella en la calle Boissiére, se hallaban a cinco minutos de distancia el uno de la otra, pero nunca se veían ni se llamaban. Jamás lo harían, ya era demasiado tarde.
El apartamento era una sucesión continua de grandes techos altos con molde de escayola: el gran salón, que no se utilizaba nunca por ser demasiado grande y frío, el salón pequeño, el comedor, la biblioteca, el despacho, cuatro dormitorios, dos cuartos de baño decorados a la antigua usanza y al fondo del todo una cocina desfasada. Odette acostumbraba a empujar una mesa con ruedas cargada de comida por el interminable pasillo desde la cocina al comedor. Aún no había olvidado el chirrido de las ruedecillas.
Habíamos hablado sobre el mejor modo de entrarle a la abuela mientras íbamos de camino hacia allí. No podíamos soltarle a bocajarro: «¿Sabías que tu nuera se entendía con mujeres?», de modo que Mélanie sugirió otra táctica:
– Deberíamos echarle un vistazo al lugar.
– ¿Y eso qué significa? ¿Fisgonear?
– Eso mismo -respondió con una expresión tan cómica que tuve que sonreír.
Me embargó un entusiasmo extraño, como si me estuviera embarcando en una nueva aventura, y un tanto rarita.
– ¿Y qué hacemos con Gaspard? Vigila el sitio como un halcón.
– Eso no va a ser problema -me aseguró con un gesto de desenfado-. El problema real es saber dónde buscar.
Mientras yo aparcaba el coche en la avenida Henri-Martin me había comentado algo más con voz alegre:
– ¿A que no adivinas una cosa?
– ¿El qué?
– He conocido a un tío.
– ¿Otro viejo verde?
Ella había puesto los ojos en blanco.
– No, de hecho es un poco más joven que yo. Es periodista.
– ¿Y…?
– Pues eso.
– ¿Eso es todo?
– Por el momento sí -me había contestado.
Ya en el piso, descubrimos a una enfermera a la que no habíamos visto antes, aunque ella parecía saberlo todo acerca de nosotros, pues nos saludó por nuestros nombres y nos informó de que la abuela aún dormía. No convenía despertarla, porque había pasado una mala noche.
– ¿Les importaría esperar una hora más? Tal vez podrían tomar un café en algún sitio o ir de compras -nos sugirió con una sonrisa radiante.
Mi hermana se volvió para buscar a Gaspard. Éste se hallaba muy cerca, dando instrucciones a la señora de la limpieza.
– Voy a fisgar -anunció Mel en voz baja-. Mantenle ocupado.
Ella se escabulló y yo debí soportar por un tiempo que se me hizo eterno las quejas de Gaspard sobre la dificultad de encontrar buen personal, los precios por las nubes de la fruta fresca y el exceso de ruido que hacían los nuevos vecinos del cuarto. Mélanie volvió al fin y extendió los brazos en señal de impotencia: no había encontrado nada.
Decidimos regresar en una hora y cuando ya nos encaminábamos hacia la puerta Gaspard se apresuró a decirnos que sería un placer prepararnos un té o un café. Podíamos sentarnos en el salón pequeño y él nos lo traería. ¿Para qué salir con semejante frío cuando podíamos esperar cómodamente allí? Tenía tantas ganas de que nos quedáramos que no nos atrevimos a rehusar la invitación. Cuando pasábamos de camino al salón pequeño una señora de la limpieza estaba quitando el polvo del pasillo. Nos saludó con un gesto de la cabeza.
Ninguna habitación me traía tantos recuerdos como aquélla, por cuanto allí había: las cristaleras que daban a la terraza, el sofá de terciopelo verde oscuro, las sillas, una mesita baja con cubierta de cristal sobre la cual aún descansaba la pitillera plateada de Robert. Los abuelos se reunían allí a tomar café o a ver la televisión y entre esas cuatro paredes nosotros jugábamos a los acertijos mientras aguzábamos el oído para ver de qué nos enterábamos de la conversación de los adultos.
Gaspard regresó con una bandeja donde traía café para mí y un té para Mélanie. Nos sirvió las tazas con cuidado antes de entregarnos el azucarero y la jarrita de leche. Se sentó en una silla enfrente de nosotros con la espalda muy erguida.
Le preguntamos por la salud de nuestra abuela en los últimos tiempos.
– No anda demasiado bien. El corazón le está dando guerra otra vez y ahora se pasa el día durmiendo, cosa de la medicación, que la deja grogui.
– Se acuerda de mi madre, ¿verdad? -observó mi hermana de forma inesperada mientras daba un sorbito al té.