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Mélanie me hizo un gesto apaciguador para pedirme calma, pero al final no pude más y le solté:

– Cuéntenos de una vez qué sucedió el día que murió nuestra madre.

Por fin Gaspard reunió suficiente coraje para mirarme a la cara.

– Debe usted comprender, monsieur Antoine. Esto es… muy difícil para mí…

C'est si bon…, tarareaba Montand con tono desenvuelto y despreocupado. Esperamos a que Gaspard retomase la palabra, pero no lo hizo.

Mélanie le puso una mano sobre el brazo.

– No tiene nada que temer de nosotros -le susurró-. Nada en absoluto. Somos sus amigos y le conocemos desde que nacimos.

Él asintió, con la carne de sus mejillas temblando como si fuera de gelatina. Entrecerró los ojos y para horror nuestro su rostro se arrugó y comenzó a sollozar sin hacer ningún sonido. No podíamos hacer otra cosa que esperar. Yo aparté la mirada del lamentable espectáculo de su rostro pálido y devastado. Cuando finalizó la canción de Montand, comenzó otra melodía que me resultó familiar, aunque no recordé quién la cantaba.

– Lo que les voy a decir no se lo he contado a nadie. Nadie lo sabe. Nadie lo sabe y nadie ha hablado de ello desde 1974.

La voz de Gaspard sonaba tan baja que tuvimos que inclinarnos hacia delante para escucharle y la cama crujió.

Sentí un ligero escalofrío. ¿Era mi imaginación o realmente el miedo estaba reptando por mi columna? Gaspard se agachó y vi la parte superior de su cabeza con la calva que la coronaba.

– El día que murió -continuó, otra vez en susurros-, su madre había ido a ver a la abuela de ustedes. Era temprano y ella estaba tomando el desayuno. Monsieur no estaba en casa ese día.

– ¿Dónde se encontraba usted? -preguntó Mélanie.

– En la cocina, ayudando a mi madre a hacer zumo de naranja. A su madre le gustaba mucho el zumo de naranja recién hecho, el mío en especial. Le recordaba el Midi. -Sonrió con afecto, aunque pareció patético-. Estaba muy contento de verla esa mañana, pues no venía muy a menudo. De hecho, no había venido a ver a los abuelos desde hacía mucho tiempo, desde Navidad. Cuando abrí la puerta, fue como si hubiera entrado un rayo de sol en el descansillo. Yo no sabía que iba a venir, porque no había llamado con antelación y mi madre no estaba avisada. Se enfadó y protestó porque la joven madame Rey apareciera así, de cualquier modo. Llevaba puesto un abrigo rojo. ¡Qué guapa estaba con su largo pelo negro, aquella piel pálida y sus verdes ojos! ¡Qué belleza! Como usted, mademoiselle Mélanie. Usted se le parece mucho, tanto que causa dolor mirarla. -Las lágrimas aparecieron de nuevo, pero se las apañó para contenerlas. Respiró con lentitud, tomándose su tiempo-. Yo seguí en la cocina, limpia que te limpia. Era un precioso día de invierno. Tenía muchas tareas pendientes y las realicé a conciencia. De pronto mi madre entró con el rostro blanco. Tenía una mano apretada contra la boca como si fuera a vomitar y supe entonces que había ocurrido algo terrible. Yo sólo tenía quince años, pero lo supe.

Un escalofrío se deslizó por mi pecho hasta mis muslos, que empezaron a temblar. No me atrevía a mirar a mi hermana, pero percibí cómo ella se envaraba a mi lado.

De repente se oyó una tonta melodía y deseé que Gaspard apagara la radio.

Talk about pop musik.

Pop pop pop pop musik.

– Mi madre se quedó durante un momento sin habla, y entonces gritó: «¡Llama al doctor Dardel, rápido! ¡Busca su número en la libreta de direcciones de monsieur, que está en su estudio, y dile que venga corriendo!».

Me apresuré hacia donde me había dicho y telefoneé, temblando de pies a cabeza, hasta que el médico me dijo que vendría enseguida. ¿Quién se había puesto enfermo? ¿Qué era lo que había pasado? ¿Era madame? Tenía la tensión alta, eso lo sabía ya. De hecho hacía poco le habían cambiado la medicación, y tomaba un montón de pastillas durante las comidas.

El apellido del doctor, Dardel, me resultaba muy familiar. Era el amigo más cercano de mis abuelos y su médico personal. Murió a comienzos de los ochenta y era un hombre bajo y fornido, de pelo blanco, muy respetado.

Gaspard hizo una pausa. ¿Qué era lo que intentaba contarnos? ¿Por qué le estaba dando tantas vueltas al asunto?

New York , London, París, Munich,

everyone talk about pop musik.

– ¡Por el amor de Dios, continúe de una vez! -mascullé con los dientes apretados.

Él asintió con rapidez.

– Madame Blanche se hallaba en el salón pequeño, todavía vestida con la bata, y andaba de un lado para otro. Yo no veía a su madre por ninguna parte y tampoco entendía nada. La puerta estaba entreabierta y por allí vislumbré parte de un abrigo rojo en el suelo. Le había pasado algo a la joven madame Rey, algo que no me quería contar nadie.

Escuchamos unos pasos al otro lado de la puerta. Él se quedó callado y esperó hasta que el sonido se perdió a lo lejos. El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que Gaspard y mi hermana podían oírlo.

– El doctor Dardel llegó corriendo y cerraron la puerta del salón pequeño. Luego escuché llegar una ambulancia y el sonido de unas sirenas justo en el exterior del edificio. Mi madre no quiso contestar a ninguna de mis preguntas, me dijo que cerrara la boca y me dio unos sopapos. Habían venido para llevarse a la joven madame y ésa fue la última vez que la vi. Parecía estar dormida, muy pálida, con el pelo negro extendido alrededor del rostro. Se la llevaron en una camilla y más tarde me dijeron que había muerto.

Mélanie se puso en pie con un gesto lleno de ansiedad, golpeando sin querer la radio con el pie, y ésta se apagó. Gaspard se tambaleó a su vez.

– ¿De qué está hablando, Gaspard? -le espetó, olvidando bajar la voz-. ¿Está diciendo que nuestra madre sufrió el aneurisma aquí?

Él se quedó petrificado y tartamudeó:

– Mi madre me ordenó que nunca mencionara el hecho de que la joven madame murió en este piso.

Ambos nos quedamos boquiabiertos al escuchar aquello.

– Pero ¿por qué? -logré decir.

– Mi madre me hizo jurar que no lo contaría, pero no sé el motivo. No lo sé. Jamás lo pregunté.

Pareció a punto de echarse a llorar de nuevo.

– ¿Qué ocurrió con nuestro padre? ¿Y el abuelo? ¿Y Solange? -inquirió mi hermana en voz baja.

Él sacudió la cabeza.

– Desconozco qué es lo que ellos saben, mademoiselle Mélanie. Ésta es la primera vez que he hablado de este tema con alguien. -Su cabeza se abatió como una flor mustia-. Lo siento. ¡Cuánto lo siento!

– ¿Le importa si fumo? -dije de repente.

– No, no, claro, por favor.

Me levanté, me acerqué a la pequeña ventana y encendí un pitillo. Gaspard cogió la fotografía de la estantería.

– Su madre confiaba en mí, ya ven. Yo era joven, sólo tenía quince años, pero ella confiaba en mí. Puso su fe en mí -comentó, mostrando un orgullo infinito-. Creo que yo era la única persona en la que confiaba de verdad. Solía venir a esta habitación para verme y hablar conmigo. No tenía ningún otro amigo en París, así que por eso charlaba conmigo.

– ¿Y qué fue lo que le contaba cuando subía aquí a verle? -preguntó Mélanie.

– Tantas cosas, mademoiselle Mélanie, tantas cosas maravillosas… Me habló de su infancia en las Cévennes, en aquel pequeño pueblo donde vivían, cerca de Le Vigan, al que nunca había regresado tras su matrimonio. Me contó que sus padres vendían fruta en el mercado y que los había perdido siendo muy joven. Su padre había sufrido un accidente y su madre tenía el corazón débil. La crió una hermana mayor, que era una mujer muy dura y a la que no le gustó ni un pelo que se casara con su padre, con un parisino. Algunas veces se sentía sola. Echaba de menos el sur, la vida sencilla de allí, el sol. Se sentía sola porque su padre se ausentaba a menudo por sus negocios. Me hablaba de ustedes, de que estaba orgullosa y de que eran el centro de su mundo.