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Se hizo un nuevo silencio.

– Me comentó que haberles tenido a ustedes hacía que todo valiera la pena. Cuánto deben de echar de menos ustedes a una madre así, mademoiselle Mélanie, monsieur Antoine, cuánto… Mi madre jamás me mostró ningún tipo de afecto, pero la suya era todo amor. Nos daba a todos el amor que tenía.

No era necesario que le mirara para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas y tampoco necesitaba mirar a Mélanie. Terminé el cigarrillo y lo tiré al patio desde la ventana. Una ráfaga de viento se coló por ella antes de que la cerrase. La música regresó en la habitación de al lado, sorprendentemente alta. Le eché una ojeada a mi reloj; las manecillas se acercaban a las seis de la tarde y ya era de noche.

– Necesitamos que nos lleve al apartamento de nuestra abuela -le dijo Mélanie con la voz algo temblorosa.

Gaspard asintió humildemente.

– Desde luego.

Nadie habló durante el descenso por las escaleras.

La enfermera nos condujo al interior del gran dormitorio. Había poca luz, pues las persianas estaban cerradas, así que apenas podíamos ver la cama de hospital con el respaldo ligeramente levantado donde reposaba la silueta diminuta de nuestra abuela. Le pedimos a la enfermera, en tono educado, que se marchara porque queríamos hablar con ella en privado, y nos obedeció.

Mel encendió la lámpara de la cama, de modo que al fin pudimos ver el rostro de la abuela. Blanche tenía los ojos cerrados y sus párpados se estremecieron cuando escuchó la voz de Mélanie. Tenía un aspecto cansado y envejecido, como si ya no le interesara la vida. Abrió los ojos lentamente y paseó la mirada entre el rostro de mi hermana y el mío, sin mostrar reacción alguna. ¿Acaso no nos recordaba? Mélanie la cogió de la mano y le habló, y de nuevo sus ojos pasaron de ella a mí en silencio. Su cuello marchito mostraba un apretado collar de arrugas, lo cual era lógico, pues, según mis cálculos, debía de andar cerca de los noventa y cuatro años.

Vimos que la decoración del dormitorio no había cambiado; seguían las mismas cortinas de color marfil, las tupidas alfombras, el peinador ubicado frente a la ventana y aquellos objetos familiares que habían estado allí desde siempre: un huevo de Fabergé, una cajita de rapé de oro, una pequeña pirámide de mármol. También permanecían las fotografías de toda la vida, acumulando polvo en los marcos plateados: nuestro padre y Solange de niños, Robert, nuestro abuelo, y luego Mel, Joséphine y yo. También había un par de fotos de mis hijos de cuando eran aún bebés, pero ninguna de Astrid, Régine o nuestra madre.

– Queremos hablar contigo de mamá, de Clarisse -le dijo Mélanie con toda claridad.

Sus párpados temblaron de nuevo, pero se mantuvieron cerrados, lo que parecía una especie de rechazo.

– Deseamos saber qué pasó el día de su muerte -continuó Mélanie, haciendo caso omiso de los párpados cerrados.

Sus ojos agostados se agitaron hasta abrirse y Blanche nos miró a ambos en silencio durante un rato muy largo. Estaba convencido de que no iba a decirnos ni una palabra.

– ¿Podrías contarnos qué fue lo que ocurrió el 12 de febrero de 1974, abuela?

Esperamos, pero no ocurrió nada. Quería decirle a Mélanie que no había nada que hacer, que aquello no iba a funcionar, pero de repente los ojos de Blanche parecieron abrirse un poco más y apareció en ellos una expresión peculiar, casi de reptil, que me inquietó. Tal vez su pecho marchito respirase pesadamente, pero sus ojos, dos manchas negras en un semblante consumido como el de una calavera, no pestañeaban, nos miraban fijamente, fulminándonos, desafiantes.

Conforme iban pasando los minutos, comencé a comprender que mi abuela jamás nos diría nada, que se llevaría lo que sabía a la tumba. Y yo la aborrecí por eso, odiaba cada centímetro de su piel arrugada y repulsiva, cada centímetro de lo que representaba Blanche Violette Germaine Rey, una Fromet de nacimiento, una parisina del distrito 16°, nacida para ser rica, próspera y excelente en todo.

Mi abuela y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro durante lo que pareció casi una eternidad. Mélanie apartó la mirada de ella y la dirigió hacia mí, desconcertada. Me aseguré de que Blanche recibiera todo mi aborrecimiento por completo, que lo sintiera como un golpe violento, frontal, y que se extendiera por todo su inmaculado camisón. Sentía por ella un desprecio tan grande que me temblaba todo el cuerpo, desde la cabeza hasta el último dedo del pie. Me picaban las manos por el deseo de agarrar una de aquellas almohadas bordadas y estamparla contra su rostro pálido para hacer desaparecer la arrogancia de aquellos ojos relampagueantes.

Esa fiera y silenciosa batalla entre ella y yo duraría para siempre. Oía el tictac del reloj de la mesilla de noche y los pasos de la enfermera justo al otro lado de la puerta, el rugido sofocado del tráfico que circulaba por la avenida flanqueada de árboles. Escuchaba también la nerviosa respiración de mi hermana, el resuello de los viejos pulmones de Blanche y el latido violento de mi propio corazón, igual que lo había oído en la habitación de Gaspard hacía un rato.

Al final Blanche cerró los ojos y arrastró por encima de la manta esa mano suya en forma de garra, marchita como un insecto disecado, hasta alcanzar el llamador y apretar un botón. Se oyó un pitido estridente.

La enfermera entró casi de forma instantánea.

– Madame Rey está cansada.

Salimos en silencio. No se veía a Gaspard por ninguna parte. Mientras bajaba las escaleras, ignorando el ascensor, pensé en mi madre saliendo por aquel mismo lugar en una camilla, vestida con el abrigo rojo. Sentí una opresión en el pecho.

Fuera hacía más frío que nunca y nos dimos cuenta de que no éramos capaces de articular palabra. Yo estaba destrozado, y Mel también a juzgar por la palidez de su rostro. Encendí un cigarrillo mientras ella conectaba el móvil y comprobaba las llamadas. Me ofrecí a llevarla a casa. Desde el Trocadero hasta la Bastilla el tráfico era intenso, como todos los sábados por la tarde. No nos dijimos nada, pero yo sabía que ella estaba pensando lo mismo que yo sobre la verdad de la muerte de nuestra madre. Algo tan monstruoso que de momento sólo podía controlarse no poniéndolo en palabras.

La ayudante personal de Parimbert se llamaba Claudia. Era una mujer con sobrepeso que escondía sus lorzas bajo un vaporoso vestido negro con aspecto de túnica. Me hablaba con condescendencia, de una forma amable e irritante al mismo tiempo. Su llamada fue lo primero que me encontré el lunes a primera hora la mañana, cuando comenzó a meterme presión sobre la fecha de entrega de la Cúpula Inteligente.

Parimbert había aceptado el proyecto, pero se estaba retrasando porque uno de mis abastecedores no había entregado a tiempo las pantallas luminosas especiales que había pedido. Éstas conformaban todo el interior de la cúpula y cambiaban de color constantemente. Cualquier otro día o en cualquier otro momento, yo me habría sentado sumisamente y la habría dejado regatear, pero eso ya se había acabado. Pensé en sus dientes manchados de cafeína, en su peludo labio superior, en ese perfume de pachulí que usaba y sus chillidos como los de la Reina de la Noche de Mozart. El disgusto, la impaciencia y la irritación rebulleron en mi interior hasta alcanzar la temperatura necesaria para estallar con la eficaz precisión de una olla a presión. Me despaché a gusto y me sentí tan satisfecho como después de practicar sexo. En la habitación contigua escuché jadear a Florence.

Colgué el teléfono de un golpe. Era hora de fumar un pitillo rápido en el patio helado. Me puse el abrigo y entonces sonó el móvil. Era Mélanie.

– Blanche ha muerto -me anunció, sin contemplaciones-. Ha sido esta mañana, acaba de llamarme Solange.