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La muerte de la abuela no hizo mella en mí: ni la amaba ni la echaría de menos. Todavía tenía fresca en la mente la aversión experimentada el sábado junto a su cama. Sin embargo, era la madre de mi padre y pensé en él. Sabía que tenía que llamarle, y también a Solange, pero no lo hice. Salí afuera a fumarme el cigarrillo bajo el frío. Reflexioné sobre los difíciles días que se avecinaban con la herencia de Blanche y cómo se enzarzarían Solange y mi padre. Se pondría feo, de hecho ya había sucedido hacía un par de años a pesar de que Blanche no había muerto aún. A nosotros nos mantuvieron al margen del asunto y nadie nos contó nada, pero sabíamos que había problemas y complicaciones entre los dos hermanos. A Solange le parecía que François, su hermano, había sido el favorito y que siempre había disfrutado de todas las ventajas. Después de un tiempo habían dejado de verse y con nosotros también.

Mélanie me preguntó si quería pasarme más tarde para ver el cuerpo de Blanche. Le respondí que lo pensaría. Sentía un ligero distanciamiento entre mi hermana y yo, uno nuevo que no había estado antes y que no había sentido jamás. Sabía que ella no aprobaba mi actitud beligerante hacia Blanche, ni la forma en la que la había mirado el sábado ni la manera en la que le había mostrado mis sentimientos. Mélanie me preguntó también si ya había llamado a nuestro padre, y le dije que lo haría. Una vez más sentí su desaprobación. Me contó que iba de camino a verle, y por la forma en que lo dijo deduje que pensaba que yo debería hacer lo mismo. Y rápido.

Era ya casi de noche cuando llegué por fin a la casa de François. Margaux permaneció silenciosa en el coche, con los cascos puestos, los ojos clavados en el móvil y los dedos revoloteando sobre el teclado, enviando un mensaje tras otro. Lucas iba en la parte de atrás, absorto con su Nintendo. Me sentí como si fuera solo en el vehículo. Estos chicos modernos son de lo más silencioso que se haya visto nunca.

Mélanie nos abrió la puerta; mostraba un rostro pálido y triste; tenía los ojos llorosos. Me pregunté si amaba a Blanche o la echaba de menos. Apenas veíamos a nuestra abuela; sólo muy de vez en cuando. ¿Qué había significado para ella? Sin embargo comprendía que Blanche era la única abuela que nos quedaba. Los padres de Clarisse habían dejado de existir cuando ella era joven, y el abuelo había muerto hacía muchos años, cuando éramos adolescentes. Blanche era la única conexión que nos quedaba con nuestra infancia y ése era el motivo por el que lloraba mi hermana.

Mi padre ya se había acostado, lo cual me sorprendió. Eché una ojeada a mi reloj, sólo eran las siete y media. Mélanie me dijo en voz baja que estaba muy cansado. ¿Había reproche en su voz o me lo estaba imaginando yo? Le pregunté si le pasaba algo, pero me empujó a un lado cuando apareció Régine, muy arreglada y con aspecto triste. Nos abrazó de forma distraída y brusca y nos ofreció bebidas y galletitas. Le expliqué que Arno estaba en el internado, pero que iba a venir para estar presente en el funeral.

– No me hables del funeral -gruñó Régine, sirviéndose un vaso alto de whisky con mano insegura-. No quiero lidiar con todo eso. Nunca me llevé bien con Blanche, nunca le gusté, y no entiendo por qué debo tener nada que ver con su funeral, ¡por el amor de Dios!

Entró Joséphine con un aspecto más gracioso de lo habitual. Nos besó y se sentó al lado de su madre.

– Acabo de hablar con Solange -anunció Mélanie con voz firme-. Ella se encargará de todo lo relacionado con el sepelio. No tienes de qué preocuparte, Régine.

– Bueno, si Solange se hace cargo, entonces no es necesario que ninguno de nosotros haga nada, y menos aún vuestro pobre padre. Está demasiado cansado para enfrentarse con su hermana en estos momentos. Tanto Blanche como ella siempre se han comportado de modo grosero conmigo, todo el rato mirándome por encima del hombro porque o no tenía la figura apropiada o mis padres no eran lo suficientemente ricos -continuó Régine, al tiempo que se echaba más whisky en el vaso y se lo bebía de un solo golpe-. Siempre me mostraban que yo no era lo bastante buena para François, y que no tenía bastante clase para ser una Rey; eso hicieron la repugnante Blanche y su aún más repugnante hija.

Lucas y Margaux intercambiaron miradas de sorpresa mientras Joséphine respiraba entrecortadamente. Me di cuenta de que Régine estaba algo más que bebida. Sólo mi hermana mantenía los ojos en el suelo.

– Nadie era lo bastante bueno para ser un Rey -balbuceó Régine, con los dientes manchados de carmín-. Y bien que se aseguraron de que me quedara claro que no valía de nada venir de una familia de alcurnia y con dinero, ni siquiera de una familia de gente decente. Nada es lo bastante bueno para convertirse en un maldito Rey.

Comenzó a berrear y el vaso vacío resonó al caer sobre la mesa. Mi hermanastra puso los ojos en blanco y levantó a su madre con amabilidad, pero también con firmeza. Lo rutinario de sus movimientos me hizo comprender que ese numerito ocurría a menudo. Se la llevó mientras ella seguía sollozando.

Mélanie y yo nos miramos. Yo pensé en lo que me esperaba: la visita al dormitorio iluminado por velas en la avenida Henri-Martin; allí me aguardaba el cuerpo de Blanche.

Pero lo que me asustaba esa noche no era la visión del cadáver de mi abuela, puesto que ella ya estaba prácticamente muerta cuando la habíamos visto dos días antes, a pesar de sus horribles y relumbrantes ojos.

Me asustaba ir allí. Temía regresar al lugar donde mi madre había encontrado la muerte.

Mélanie se encargó de dejar a mis hijos en casa, pues ella ya había ido a presentar sus respetos al cuerpo de Blanche en compañía de Solange y nuestro padre. Regresé solo a la casa de los abuelos. Era ya tarde, casi las once, y yo estaba destrozado, pero sabía que mi tía me estaba esperando, puesto que yo era el único nieto varón y era mi deber estar allí.

Me llevé una buena sorpresa al ver el salón grande lleno de elegantes extraños bebiendo champán. Supuse que eran los amigos de Solange. Gaspard, vestido con un austero traje gris, me explicó que, ciertamente, eran sus amigos y habían venido a darle consuelo en esos momentos. Añadió en voz baja que debía hablar conmigo sobre algo importante. ¿Podía atenderle antes de marcharme? Le dije que así lo haría.

Siempre había pensado que mi tía era una mujer solitaria que vivía casi recluida, pero comprendí mi equivocación cuando vi la puesta en escena de esa noche, aunque por otro lado, en realidad, ¿qué sabía yo de mi tía? Nada. Ella jamás se había llevado bien con su hermano mayor y nunca se había casado. Había llevado su propia vida y la había visto muy poco después de la muerte de nuestra madre y los veraneos en Noirmoutier. Se había dedicado a cuidar de Blanche, sobre todo tras la muerte de Robert, su padre y mi abuelo.

Solange se me acercó en cuanto crucé el umbral. Llevaba un vestido bordado cubierto de adornos que parecía demasiado glamuroso para la ocasión y una gargantilla de perlas. Me cogió la mano. Tenía la cara hinchada y los ojos fatigados. ¿Cómo iba a ser su vida a partir de ese momento, sin una madre a quien cuidar ni enfermeras a las que contratar? Y encima debería hacerse cargo de ese enorme piso. Me llevó a la habitación de Blanche y no tuve otra opción que seguirla. Había varios desconocidos rezando alrededor del lecho. Alguien había encendido una vela y me quedé mirando la silenciosa figura colocada sobre la cama. Sin embargo sólo era capaz de imaginar aquellos ojos terribles fijos en mí. Aparté la mirada.

Acto seguido, mi tía me condujo al salón pequeño, en ese momento vacío, desde donde apenas se escuchaban el rumor de la charla y las voces sofocadas de los invitados. Cerró la puerta. Ese rostro de barbilla alargada que tanto me recordaba al de mi padre parecía haberse vuelto rígido, y la expresión era menos hospitalaria, eso desde luego. De pronto me di cuenta de que probablemente no me haría pasar un buen rato y, la verdad, el simple hecho de permanecer en esa habitación era ya incómodo de por sí. Mantuve la mirada fija en la alfombra. Allí era donde había caído el cuerpo de mi madre, justo allí, al lado de mis pies.