– ¿Cómo se encuentra François esta noche? -preguntó, mientras jugueteaba con el collar de perlas.
– No le he visto, estaba dormido.
Ella asintió.
– He oído que está siendo muy valiente.
– ¿Lo dices por cómo ha encajado lo de Blanche? -inquirí.
Echó mano al collar. La sala era tan silenciosa que se escuchaba el traqueteo de las perlas al chocar entre sí.
– No. Me refiero a lo de su cáncer.
Me quedé de piedra. Cáncer, claro. Cáncer. Mi padre tenía cáncer. ¿Desde cuándo lo padecía? ¿Cáncer de qué? ¿Era grave? En esta familia nadie contaba nada. Preferían el silencio, un silencio denso como el del cloroformo, un silencio sigiloso que lo cubría todo como una avalancha sofocante, mortal.
¿Se daría cuenta? ¿Sería capaz de adivinar a partir de la expresión de mi rostro que era la primera vez que oía mencionar lo de la enfermedad de mi padre, la primera vez que alguien me lo había contado?
– Sí-repuse sin sonreírle-, llevas razón, está siendo valiente.
– Debo regresar con mis invitados -concluyó por fin-. Adiós, Antoine. Gracias por venir.
Y entonces se marchó con la espalda bien erguida. Cuando me dirigí hacia la entrada, Gaspard salió del salón grande con una bandeja en las manos. Le hice una señal, indicándole que le esperaría al pie de las escaleras. Bajé y encendí un cigarrillo justo en la puerta del edificio.
Gaspard apareció unos minutos más tarde. Parecía tranquilo, aunque un poco triste, y fue derecho al asunto.
– Monsieur Antoine, necesito decirle algo. -Se aclaró la garganta y me dio la sensación de que se había tranquilizado respecto al otro día en su habitación-. Ahora su abuela ya está muerta. Me daba mucho miedo, mucho, ¿me comprende? Ahora ya no puede asustarme más. -Hizo una pausa y se estiró la corbata. Decidí no apresurarle-.
Un par de semanas después de la muerte de su madre vino una mujer a ver a madame. Fui yo quien le abrió la puerta. Era una señora americana, y su abuela perdió el control de sí misma nada más verla. Increpó a la visitante y yo le pedí que se marchara. Estaba furiosa, jamás la había visto tan llena de cólera. Salvo su abuela y yo, no había nadie en casa ese día, pues su abuelo estaba fuera y mi madre había salido a comprar.
Una mujer vestida con gran estilo y con un abrigo de visón se acercó a donde estábamos despidiendo olor a Shalimar. Permanecimos en silencio hasta que ella entró en el edificio. Después Gaspard se acercó a mí y continuó.
– La señora americana hablaba muy buen francés y le respondió a gritos a su abuela. Le dijo que quería saber por qué su abuela no había contestado a sus llamadas y por qué había hecho que la siguiera un detective privado. Y después, a pleno pulmón, aulló: «¡Será mejor que me diga de una vez cómo ha muerto Clarisse!».
Se me aceleró el pulso.
– ¿Qué aspecto tenía la americana? -pregunté.
– Debía de andar por la cuarentena. Tenía el pelo largo y rubio, casi blanco, y era muy alta, de tipo atlético.
– ¿Y qué fue lo que pasó entonces?
– Su abuela le dijo que si no se marchaba enseguida llamaría a la policía, y me ordenó que la acompañara a la puerta. Ella salió de la habitación y me quedé a solas con la americana. Entonces dijo algo en inglés que sonó horrible y cerró con un portazo sin dedicarme una sola mirada.
– ¿Por qué no nos contó eso el otro día?
Se ruborizó.
– No podía decirles nada hasta que su abuela dejara de existir. Éste es un buen trabajo, monsieur Antoine, y levo en él toda la vida. El salario es decente y siento respeto por su familia. No quería causar problemas.
– ¿Hay algo más que quiera decirme?
– Sí, lo hay -asintió, diligente-. Cuando la americana dijo aquello de un detective que la seguía, de repente me acordé de un par de llamadas telefónicas que recibió su abuela desde una agencia. No soy de naturaleza curiosa y esas llamadas no me parecieron extrañas, pero tras la pelea las recordé. Y al día siguiente de la aparición de la americana encontré algo… interesante en la papelera de su abuela. -Su rostro se puso aún más colorado-. Espero que no crea…
Esbocé una sonrisa.
– No, claro que no creo que haya hecho nada malo, Gaspard. Simplemente estaba vaciando la papelera, ¿acaso no es así?
Su expresión de alivio fue tan evidente que casi me eché a reír.
– Lo he guardado durante todos estos años -susurró.
Me dio un trozo de papel arrugado.
– ¿Por qué guardó usted esto, Gaspard?
Se irguió en toda su estatura.
– Por el bien de su madre, porque siempre la veneré y porque deseaba ayudarle, monsieur Antoine.
– ¿Ayudarme?
Su voz permaneció en un tono bajo y sus ojos adquirieron una expresión solemne.
– Ayudarle a comprender lo que ocurrió el día de su muerte.
Extendí el papel con cuidado. Era una factura expedida a mi abuela por la agencia Viaris, Investigadores Privados, con domicilio social en la calle Amsterdam, en el distrito 9o. Y por una bonita suma, según pude ver.
– Su madre era una persona encantadora, monsieur Antoine.
– Gracias, Gaspard -le dije, y le estreché la mano. Fue un gesto algo torpe, pero él pareció ponerse contento.
Le vi marcharse, con la espalda torcida y las piernas flacas, hasta desaparecer en el ascensor de cristal. Conduje hacia casa lo más deprisa que pude.
Una rápida comprobación en Internet confirmó mis temores: ya no existía la agencia Viaris. Se había fusionado con un grupo más grande llamado Rubis Detective. Servicios de Investigación Profesional, Vigilancia, Seguimiento, Operaciones Encubiertas, Control de Actividades y de Solvencia. No tenía ni idea de que esa clase de negocios aún existieran en la actualidad. Y según parecía, éste era floreciente, si se tenía en cuenta el moderno y elegante sitio web con sus ingeniosas extensiones. Tenía las oficinas cerca de L'Opera National y descubrí un correo electrónico. Decidí escribirles para ponerles en antecedentes y explicarles mi solicitud: necesitaba los resultados de una investigación que mi abuela, Blanche Rey, había encargado en 1973. Incluí además el número de la factura consignado en el papel y les dejé mi número del móvil. «¿Podrían contestarme lo antes posible? Es urgente, gracias».
Quería llamar a Mélanie para contarle todo esto, y estuve a punto de hacerlo, pero era ya cerca de la una de la madrugada. Me quedé en la cama durante mucho rato, dando una y mil vueltas hasta quedarme dormido, todo el tiempo pensando en lo mismo: el cáncer de mi padre, el inminente funeral de mi abuela y aquella americana alta.
«¡Será mejor que me diga de una vez cómo ha muerto Clarisse!».
A la mañana siguiente, nada más llegar a la oficina busqué el número de Laurence Dardel. Era la hija del doctor Dardel, que calculé que tendría cincuenta y tantos años. Su padre era aquel médico amigo íntimo de la familia que firmó el certificado de defunción de mi madre y que, según nos había contado Gaspard, fue el primero en llegar a la avenida Henri-Martin aquel día fatal de febrero de 1974. Laurence también era doctora y había asumido la mayor parte de la clientela de su padre y de sus familias. No la había visto desde hacía años y tampoco teníamos un trato demasiado cercano. Cuando la llamé a su consulta, me dijeron que estaba atendiendo a los pacientes del hospital donde trabajaba. Parecía que lo único que cabía hacer era pedir una cita. Me comunicaron que la fecha siguiente en que podía verla era a la semana siguiente y les di las gracias y colgué.
Según recordaba, su padre vivía en la calle Spontini, no muy lejos de la calle Longchamp, donde había instalado su consulta. La de ella se hallaba en la avenida Mozart, pero estaba bastante convencido de que Laurence seguiría viviendo en el mismo apartamento de la calle Spontini, que había heredado de su padre. Recordaba haber acudido allí cuando era un niño, después de la muerte de mi madre, a tomar el té con Laurence y su marido, cuyos hijos eran mucho más pequeños que nosotros. No me acordaba mucho de ellos, del mismo modo que tampoco recordaba el nombre del marido de Laurence. Había mantenido su nombre de soltera por motivos de trabajo, por eso no había forma de que pudiera comprobar si aún vivía en la calle Spontini sin ir a comprobarlo por mí mismo.