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Era otoño o invierno y ambas llevaban abrigo. Las dos fotos a color estaban tomadas en un restaurante o en el bar de un hotel y ambas estaban sentadas a una mesa. La mujer rubia fumaba, y llevaba puesta una blusa de color púrpura y una gargantilla de perlas. El rostro de mi madre era sombrío, con los ojos bajos y la boca apretada. En una de las fotos, la rubia acariciaba la mejilla de mi madre.

Dejé con cuidado las instantáneas en la mesa de la cocina. Me quedé mirándolas un buen rato, formando un mosaico de mi madre y aquella extraña. Sabía que ésta era la mujer que Mélanie había visto en la cama de nuestra madre, la americana que había mencionado Gaspard.

Dentro del sobre también había una carta mecanografiada de la agencia Viaris dirigida a mi abuela. Estaba fechada el 12 de enero de 1974. Un mes antes de la muerte de mi madre.

Estimada madame Rey:

Siguiendo sus instrucciones, y de acuerdo con nuestro contrato, le remitimos la información que nos requirió referente a Clarisse Rey, Elzyére de soltera, y la señorita June Ashby. Esta última, de nacionalidad americana, nacida en 1925 en Milwaukee, Wisconsin, posee una galería de arte en Nueva York, en la calle 57 Oeste. Acude mensualmente a París por motivos de negocios y pernocta en el hotel Regina, en la plaza Des Pyramides, en el distrito Io.

En las semanas que fueron de septiembre a diciembre de 1973, la señorita Ashby y madame Rey se encontraron todas las veces que la señorita Ashby vino a París, un total de cinco. En cada una de esas ocasiones, madame Rey acudió al hotel Regina por la tarde y se dirigió directamente a la habitación de la señorita Ashby, de la cual salió al cabo de un par de horas. En una ocasión, la cuarta semana de diciembre, madame Rey apareció después de la cena y no abandonó el hotel hasta el amanecer del día siguiente.

Le hemos adjuntado su factura.

Agencia Viaris, Investigadores Privados

Me quedé mirando con detenimiento las fotografías de June Ashby. Era una mujer sorprendente. Parecía tener los ojos oscuros, pero las fotografías no eran de buena calidad, así que no podía asegurarlo. Tenía los pómulos altos y los hombros anchos como una nadadora, aunque no parecía masculina. Había algo intensamente femenino en ella, en aquellos largos y esbeltos miembros, en la gargantilla que llevaba puesta y en sus pendientes oscilantes. Me pregunté qué sería lo que habría dicho en inglés el día que tuvo el enfrentamiento con Blanche, aquello que le había sonado tan horrible a Gaspard, y me pregunté también dónde estaría en ese momento y si recordaría a mi madre.

Sentí un movimiento a mi espalda y me di la vuelta con rapidez. Allí estaba Margaux, justo detrás de mí, con la bata puesta. Tenía el pelo apartado de la cara, y eso la hacía parecerse a Astrid.

– ¿Qué es todo esto, papá?

Mi primera reacción fue la de ocultar las fotos en una maniobra llena de culpabilidad, embutirlas de nuevo en el sobre e inventarme alguna historia respecto a estar organizando viejos documentos, pero no me moví.

Era ya demasiado tarde para mentir. Demasiado tarde para continuar en silencio. Demasiado tarde para aparentar que no sabía nada.

– Me las acaban de dar esta noche.

Ella asintió.

– La morena se parece mucho a la tía Mélanie… ¿No es tu madre?

– Sí, ésa es mi madre, y la señora rubia era… su amiga.

Margaux se sentó y examinó cada fotografía con interés.

– ¿De qué va todo esto?

No más mentiras ni silencios.

– Mi abuela hizo que las siguiera un detective privado.

Margaux se quedó mirándome fijamente.

– ¿Y por qué haría eso? -Entonces, de pronto, se dio cuenta. Tenía sólo catorce años, después de todo-. ¡Oh! -exclamó con lentitud, ruborizándose-. Eran amantes, ¿no?

– Sí, así es.

Se quedó callada un momento. Entonces preguntó:

– ¿Tu madre tenía un lío con esta señora?

– Cierto.

Margaux se rascó la cabeza pensativa y luego susurró:

– ¿Esto es una especie de gran secreto familiar del que nadie habla nunca?

– Eso creo.

Cogió una de las fotos en blanco y negro.

– Se parece tanto a Mélanie… Es sorprendente.

– Sí, mucho.

– ¿Quién es la otra señora, su amiga? ¿Te has encontrado alguna vez con ella?

– Es americana y todo esto sucedió hace mucho. Si alguna vez la vi, no lo recuerdo.

– ¿Qué vas a hacer con todo esto, papá?

– No lo sé -contesté, y era cierto.

Sin esperarlo, tuve una visión del paso del Gois recorrido por lenguas de agua marina. Quedaba poco para que sólo los postes indicaran la existencia de una carretera bajo la superficie. Me inundó un sentimiento de ansiedad.

– ¿Estás bien, papá?

Margaux me rozó el brazo con la mano. El gesto era tan raro procediendo de ella que me sorprendió tanto como me conmovió.

– Estoy bien, cielo. Gracias. Vete a la cama, anda.

Me dejó que le diera un beso y se marchó.

Sólo quedaba una cosa más en el sobre, una fina hoja de papel, arrugada y luego alisada. Llevaba el membrete del hotel Saint-Pierre y la fecha era el 19 de agosto de 1973. La emoción de ver la letra de mi madre me golpeó. Leí las primeras líneas con el corazón latiéndome con fuerza.

Acabas de salir de tu habitación y aprovecho la ocasión para deslizar esta nota por debajo de la puerta en vez de dejarla en nuestro escondrijo de costumbre. Rezo para que la recojas antes de coger tu tren de regreso a París.

Tenía las ideas un poco más claras, aunque el corazón aún me latía dolorosamente, como hacía un par de días en la habitación de Gaspard. Fui hacia el ordenador y tecleé «June Ashby» en Google. La primera entrada que aparecía era la galería que llevaba su nombre, en la calle 57 Oeste de Nueva York, especializada en arte moderno y contemporáneo femenino. Busqué otros datos sobre ella en la web, pero no vi ninguno.

Regresé a Google y seguí bajando por la página, hasta encontrar esto:

June Henrietta Ashby murió en mayo de 1989 de un fallo respiratorio en el hospital Monte Sinaí, en la ciudad de Nueva York, a los sesenta y cuatro años de edad. Su renombrada galería en la calle 57 Oeste, fundada en 1966, se concentra en arte europeo moderno femenino, el cual presentó a los amantes del arte americanos. Actualmente la dirige su socia, Donna W. Rogers. La señorita Ashby era una activista a favor de los derechos de los homosexuales, cofundadora del Club Social de Lesbianas de Nueva York y el grupo de defensa de sus derechos Hermanas de la Esperanza.

Sentí una penetrante tristeza cuando me enteré de que June Ashby había muerto. Me hubiera gustado conocer a esa mujer a la que mi madre había amado y a la que había conocido en Noirmoutier en el verano de 1972. La mujer que había amado en secreto durante casi un año. La mujer por la que estaba dispuesta a enfrentarse al mundo y con la que le habría gustado criarnos. Demasiado tarde. Diecinueve años tarde.

Imprimí la entrada y la adjunté al resto de los documentos que había encontrado en el sobre. Busqué «Donna W. Rogers» y «Hermanas de la Esperanza» en Google. Donna, a sus setenta años, era una mujer avejentada con un rostro astuto y el pelo muy corto de color cobrizo. El Club Social de Lesbianas tenía una web entretenida e interesante. Navegué por ella y me enteré de sus encuentros, conciertos, reuniones. Lecciones de cocina y yoga, seminarios de poesía, conferencias políticas. Envié el enlace por correo electrónico a Mathilde, una arquitecta con la que había trabajado hacía un par de años. Su novia, Miléna, tenía un bar de moda en el Barrio Latino al que iba a menudo. A pesar de lo tarde que era, Mathilde estaba sentada delante de su ordenador y me respondió el correo. Tenía curiosidad por averiguar el motivo por el cual le había enviado la dirección. Le expliqué que el Club Social había sido fundado, entre otras, por una mujer que había sido amante de mi madre. Entonces sonó mi móvil. Era Mathilde.