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– ¡Hala! No sabía que tu madre «entendía» -me dijo.

– Yo tampoco -repuse yo.

Se produjo un silencio, pero no fue incómodo.

– ¿Cuándo lo descubriste?

– No hace mucho.

– ¿Qué tal te sientes?

– Extraño, por decir algo.

– ¿Y sabe ella que tú lo sabes? ¿Te lo ha dicho ella misma?

Suspiré.

– Mi madre murió en 1974, Mathilde, cuando yo tenía diez años.

– Oh, lo siento -replicó con rapidez-. Perdona.

– Olvídalo.

– ¿Tu padre sabe que ella era lesbiana?

– No lo sé. No sé qué sabe mi padre.

– ¿Quieres pasarte por el bar y nos tomamos una copa y charlamos?

Me sentí tentado de hacerlo. Disfrutaba de la compañía de Mathilde y el bar de su novia era un local nocturno entretenido, pero esa noche estaba demasiado cansado. Me hizo prometer que me pasaría pronto, y así lo hice.

Más tarde, ya en la cama, llamé a Angele. Escuché su contestador automático, pero no le dejé mensaje. Lo intenté con el número de su casa, aunque no tuve mejor suerte. Hice el esfuerzo de no permitir que eso me molestara, sin embargo no lo conseguí. Yo sabía que veía a otros hombres, aunque era discreta. No quería que siguiera haciéndolo, y decidí decírselo pronto, pero ¿qué me respondería ella? ¿Que no estábamos casados? ¿Que era alérgica a la fidelidad? Que ella vivía en Clisson y yo en París y ¿cómo nos íbamos a apañar con eso? Sí, ¿cómo? No había forma de que ella se mudara a París, odiaba la polución, el ruido, y yo no me veía a mí mismo enterrado en aquella pequeña ciudad provinciana. Ella incluso podría echarme en cara, porque casi seguro que lo había adivinado, que alguna vez me había acostado con Astrid en los últimos meses y no se lo había contado.

La eché mucho de menos aquella noche, allí solo en mi cama vacía, con tantas preguntas dándome vueltas en la cabeza. Echaba de menos su perspicacia, la rapidez con la que trabajaba su cerebro. Echaba de menos su cuerpo, el aroma de su piel. Cerré los ojos y rápidamente me corrí pensando en ella. Eso me alivió un poco, pero no me sentí mejor. De hecho me sentí más solo que nunca. Me levanté para fumarme un cigarrillo en la oscuridad silenciosa.

Los finos rasgos de June Ashby volvieron a mi mente. Podía verla llamando al timbre de los Rey, alta y formidable en su furia y su pena. Y a Blanche y a ella, cara a cara. El Nuevo Mundo contra la Vieja Europa personalizada en el distrito 16° de París.

«¡Será mejor que me diga de una vez cómo ha muerto Clarisse!».

Nunca había escuchado su voz y nunca lo haría ya, pero me parecía que podía oírla esa noche, una voz profunda y fuerte, con el acento americano distinguiéndose rudo y vigoroso a través del refinado francés. Podía escucharla pronunciar «Clarisse» al estilo americano, enfatizando la última sílaba y suavizando la «r».

«¡Será mejor que me diga de una vez cómo ha muerto Clarisse!».

Más tarde, cuando por fin me quedé dormido, me agobió en sueños la inquietante visión del agua del mar cerrándose irremediablemente sobre el Gois.

Ya estaba hecho. Blanche yacía en el panteón familiar de los Rey, en el cementerio del Trocadero. Junto a las tumbas, bajo un cielo sorprendentemente azul, permanecimos un pequeño grupo de familiares: mis hijos, Astrid, Mélanie, Solange, Régine y Joséphine, algunos amigos cercanos, unos criados fieles y mi frágil padre, apoyado en un bastón que jamás le había visto usar. Me di cuenta de cómo había avanzado su enfermedad. Su piel, enfermiza y amarillenta, tenía la consistencia de la cera. Había perdido casi todo el pelo, incluidas las pestañas y las cejas. Mélanie estaba a su lado, y constaté que no se apartaba de él, cogiéndole del brazo, ofreciéndole consuelo como una madre a un hijo. Sabía que mi hermana tenía un novio nuevo, Eric, un joven periodista a quien aún no conocía; sin embargo, a pesar de tener un hombre de nuevo en su vida, mi hermana parecía absolutamente concentrada en nuestro padre y su bienestar. Durante la ceremonia, en la fría y oscura iglesia, su mano no había abandonado el hombro de nuestro padre. No sabría decir con exactitud lo preocupada o conmovida que estaba. ¿Por qué yo no sentía lo mismo? ¿Por qué la vulnerabilidad de mi padre sólo me daba pena? Mientras permanecía allí de pie no pensaba en mi padre ni en mi abuela, sino en mi madre, cuyo cadáver yacía en la tumba abierta, unos cuantos metros por debajo de mí. ¿Había ido June Ashby alguna vez allí? ¿Había estado en el mismo lugar en que yo me encontraba, mirando hacia la lápida con el nombre inscrito de Clarisse? Y si lo había hecho, ¿no la habían invadido las mismas preguntas que ahora me atormentaban a mí?

Después del entierro, nos reunimos en la avenida Henri-Martin para celebrar una fiesta en honor de Blanche, a la que acudieron varios de los amigos de Solange, la misma multitud elegante y adinerada que estaba la noche que había muerto Blanche. Mi tía me pidió ayuda para llevar flores al salón grande, abierto de forma excepcional para la ocasión. Gaspard y un par de empleados habían puesto un apetitoso bufé y observé cómo Régine, con las mejillas cargadas de colorete, atacaba el champán. Joséphine no se dio cuenta porque estaba muy ocupada charlando con un rubicundo y empalagoso caballero. Mi padre, muy quieto, se había sentado en una esquina con Mel.

Me quedé a solas con mi tía en el office, ayudándola a meter en unos jarrones unas azucenas de olor dulce y enfermizo; nuevos ramos llegaban cada vez que sonaba el timbre de la puerta. Sin pensarlo, la abordé mientras estaba concentrada arreglando las flores.

– ¿Te acuerdas de una mujer llamada June Ashby? -le pregunté a quemarropa.

Controló la expresión del rostro con tanto cuidado que no movió ni un solo músculo.

– Muy vagamente -murmuró.

– Una americana rubia y alta que tenía una galería de arte en Nueva York.

– Están llamando al timbre.

Observé cómo se cernían sus manos sobre los pétalos blancos, sus dedos regordetes y enjoyados con las uñas lacadas en escarlata. Solange nunca había sido una mujer guapa. No debía de haber sido fácil para ella tener una cuñada con la presencia física de Clarisse.

– June Ashby veraneó un par de años en el hotel Saint-Pierre cuando estábamos en Noirmoutier.

– Ya veo.

– ¿Recuerdas si se hizo amiga de mi madre?

Finalmente me miró y no había nada cálido en aquellos ojos castaños.

– No, no lo recuerdo.

Entró un camarero con una bandeja de vasos, así que esperé hasta que se marchó.

– ¿Tienes algún recuerdo de ella y mi madre?

Me dirigió otra vez aquella mirada pétrea.

– No. No recuerdo nada referente a ella y tu madre.

Si estaba mintiendo, se trataba de una mentirosa consumada. Me miraba directamente a los ojos, con un control férreo, y todo su ser mostraba serenidad y tranquilidad. Me enviaba un mensaje muy claro: «No hagas más preguntas».

Se irguió cuanto pudo y se marchó con las azucenas. Yo también regresé al salón grande, que ya estaba atestado de desconocidos, a los que saludó con toda educación.

Laurence Dardel, que llevaba un traje negro que la hacía parecer mucho mayor, me entregó discretamente un sobre marrón. El expediente médico. Lo puse al lado de mi abrigo, pero me picaban los dedos de las ganas que tenía de abrirlo. Los ojos de Mélanie me siguieron desde lejos y sentí una punzada de culpa. Pronto, me dije a mí mismo, compartiría todo con ella, lo que sabía de June Ashby, la pelea con Blanche y el informe de los detectives.