Se acercó al lavabo, abrió el grifo y se mojó las manos. Vestía un traje de lana gris oscuro, medias negras y zapatos de charol también negros con hebillas doradas. Llevaba el pelo con mechas plateadas recogido con un lazo de terciopelo negro. Se inclinó para coger la toalla y se secó las manos.
– Sé que estás en pie de guerra.
– ¿En pie de guerra? -repetí.
– Sé lo que estás haciendo. Sé que le has pedido a Laurence Dardel que te dé el expediente médico de nuestra madre. -La seriedad de su voz me dejó sin palabras-. Y también sé que Gaspard te dio un documento, según me ha dicho él. Y que sabes quién es la mujer rubia. He oído cómo interrogabas a Solange ahora mismo.
– Espera, Mélanie -la interrumpí, ruborizado de pura mortificación ante la idea de que ella pensara que le estaba ocultando detalles importantes-, tienes que entender que te lo iba a contar todo, yo…
Alzó una esbelta mano blanca.
– Quiero que me escuches.
– Vale -repuse, incómodo, sonriendo con inquietud-. Soy todo oídos.
Ella no me devolvió la sonrisa. Se inclinó hacia delante hasta poner sus ojos verdes a escasos centímetros de los míos.
– Sea lo que sea lo que averigües, no quiero saberlo.
– ¿Qué? -musité.
– Ya me has oído. No quiero saber nada.
– Pero ¿por qué? Creí que sí querías saber, ¿te acuerdas? El día del accidente recordaste algo y luego me dijiste que estabas preparada para enfrentarte al dolor del conocimiento.
Abrió la puerta sin responderme y me temí que se marchara sin decir ni una palabra más, pero en el último momento se volvió y cuando se encaró conmigo vi que sus ojos estaban tan llenos de tristeza que me dieron ganas de abrazarla.
– Pues he cambiado de idea. No estoy preparada. Y cuando lo averigües…, sea lo que sea…, no se lo digas a papá. No se lo digas jamás.
Se le quebró la voz, agachó la cabeza y salió disparada. Yo me quedé allí parado, incapaz de moverme. ¿Cómo podía ser que un hermano y una hermana fueran tan distintos? ¿Cómo podía preferir el silencio a la verdad? ¿Cómo podía ella seguir viviendo sin saber la verdad? ¿Por qué no quería conocerla? ¿Por qué protegía a nuestro padre de esa manera?
Mientras yo permanecía allí desconcertado, con el hombro apoyado en el marco de la puerta, mi hija apareció por el pasillo.
– Hola, papá -me saludó, y luego me vio la cara-. ¿Tienes un mal día?
Asentí.
– Yo también -repuso ella.
– ¡Pues vaya dos!
Y para mi asombro, me abrazó con fuerza. Yo le devolví el abrazo y la besé en la coronilla.
No se me ocurrió la idea hasta más tarde, mucho más tarde, cuando ya había vuelto a casa.
Tenía la nota de mi madre destinada a June Ashby en las manos y la estaba leyendo por enésima vez. Entonces eché una ojeada al artículo que había impreso sobre la muerte de June Ashby. Allí figuraba el nombre de su asociada: Donna W. Rogers. Ya sabía lo que quería hacer, lo tenía clarísimo. Encontré su número de teléfono en el sitio web de la galería de arte y miré el reloj.
Eran las cinco de la tarde en la ciudad de Nueva York. «Adelante -me decía esa voz interior-, tú hazlo nada más. No tienes nada que perder. Quizá ni siquiera esté allí, o tal vez no recuerde nada sobre tu madre, o incluso puede que no quiera atender tu llamada, pero hazlo de todos modos».
Después de sonar el teléfono un par de veces, una jovial voz masculina me dijo:
– Galería de June Ashby. ¿En qué puedo ayudarle?
Tenía mi inglés algo oxidado, pues no lo había hablado desde hacía meses. Con una voz algo vacilante, pedí hablar con madame Donna Rogers.
– ¿Puedo preguntarle quién la llama? -inquirió la amigable voz.
– Antoine Rey, llamo desde París, Francia.
– ¿Y le puedo preguntar para qué desea hablar con ella?
– Por favor, dígale que es… un tema muy personal.
Me salió un acento francés tan acentuado que me moría de vergüenza. Me pidió que esperara.
Después escuché el firme tono de una mujer y supuse que sería ella, Donna Rogers. Me sentí incapaz de articular ni una palabra durante un par de segundos y después solté de corrido:
– Sí, hola… Me llamo Antoine Rey. La llamo desde París.
– Ya lo veo -comentó ella-. ¿Es usted uno de mis clientes?
– Oh, no -repliqué con torpeza-. No soy cliente suyo, madame. La llamo por otro asunto. La llamo por…, por mi madre…
– ¿Su madre? -se extrañó ella y después añadió con voz cortés-: Perdóneme, ¿cómo me dijo que se apellidaba?
– Rey, Antoine Rey.
Se produjo un silencio.
– Rey. ¿Y el nombre de su madre…?
– Clarisse Rey.
Se hizo un nuevo silencio al otro lado de la línea, tan largo que temí que se hubiera cortado.
– ¿Hola? -dije a modo de tanteo.
– Sí. Todavía estoy aquí. Usted es el hijo de Clarisse.
Era una afirmación, no una pregunta.
– Sí, lo soy.
– ¿Puede usted esperar un momento, por favor?
– Claro.
Escuché un par de palabras susurradas y algo que sonó como papeles arrastrados y arrugados. Y después otra vez la voz del hombre:
– Espere un momento, señor. Le paso a la oficina de Donna.
Finalmente, se volvió a poner al teléfono:
– Antoine Rey…
– ¿Sí?
– Debe usted de andar por los cuarenta, supongo.
– Cuarenta y cuatro.
– Entiendo.
– ¿Conoció usted a mi madre, madame?
– Jamás me encontré con ella. -Me quedé un poco intrigado por su respuesta, pero mi inglés estaba tan acartonado que no pude reaccionar con rapidez. Entonces ella explicó-: Bueno, mire usted, June me lo contó todo sobre su madre.
– ¿Qué fue lo que le contó sobre mi madre? ¿Podría decírmelo?
Se oyó un largo suspiro, y después ella respondió en voz baja, tan baja que tuve que aguzar el oído para oír sus palabras:
– Clarisse fue el gran amor de su vida.
Desde mi asiento veía pasar el campo, un borrón apagado de color marrón y gris. El tren iba demasiado rápido para que las gotas de lluvia se quedaran adheridas a los cristales de las ventanillas, pero yo sabía que estaba lloviendo, pues llevaba así toda la semana. Era un tiempo de invierno extremo, que lo dejaba todo chorreando. Echaba de menos la luminosidad mediterránea, donde todo era azul y blanco, el calor abrasador… ¡Oh, qué no habría dado por estar en algún sitio de Italia, en la costa de Amalfi, donde Astrid y yo habíamos ido hacía algunos años, donde el aroma pulverulento y seco de los pinos se mecía sobre las cuevas rocosas y la brisa salobre besada por el sol me daba con fuerza en la cara.
Era viernes por la tarde, de modo que el TGV a Nantes iba hasta los topes. El mío era un vagón muy intelectual, donde la gente leía libros o revistas, trabajaba en sus portátiles o escuchaba música por los auriculares. Enfrente de mí una joven escribía con gran aplicación en su cuaderno negro Moleskine. No pude evitar mirarla, era muy atractiva. Tenía un rostro perfectamente ovalado, un exuberante cabello castaño y la boca como una fruta. Tenía también unas manos exquisitas de dedos largos y afilados y muñecas delgadas. No levantó el rostro hacia mí ni una sola vez. Sólo pude atisbar el color de sus ojos cuando echaba una ojeada de vez en cuando por la ventanilla. Eran de color azul amalfitano. A su lado iba un tipo gordito vestido de negro enfrascado en su BlackBerry. Y junto a mí viajaba una señora de unos setenta años que leía poesía en un libro pequeño. El hirsuto pelo gris, la nariz aquilina, los dientes sobresalientes y aquellas manos y pies tan enormes le conferían un aire muy británico.
El viaje de París a Nantes apenas duraba dos horas, pero yo contaba los minutos, que parecían arrastrarse a paso de caracol. No había visto a Angele desde que vino a mi cumpleaños en enero y las ganas que tenía de encontrarme con ella me parecían infinitas. La señora que iba a mi lado se levantó y regresó del bar con una taza de té y unas galletitas saladas. Me dedicó una amable sonrisa y yo se la devolví. La chica guapa seguía escribiendo y el hombre finalmente apagó la BlackBerry, bostezó y se frotó la frente con un ademán de cansancio.