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Pensé en la semana anterior y en la imprevista advertencia de Mélanie en el funeral de Blanche: «Sea lo que sea lo que averigües, no quiero saberlo». La hostilidad de Solange cuando mencioné el nombre de June Ashby: «No recuerdo nada referente a ella y tu madre». Y la emoción en la voz de Donna Rogers: «Clarisse fue el gran amor de su vida». Ese mismo día Donna me había pedido por teléfono mi dirección en París para enviarme un par de cosas que June tenía y que quizá me gustaría conservar a mí.

Recibí un paquete al cabo de pocas semanas. Contenía un atado de cartas, algunas fotografías y una película corta en formato Súper 8, además de una carta de Donna Rogers.

Querido Antoine:

June guardó todas estas cosas como algo precioso hasta su muerte. Estoy segura de que ella será feliz pensando que ahora están en su poder. No sé qué es lo que hay en la película, y ella nunca me lo reveló, pero estoy segura de que preferirá descubrirlo usted mismo.

Con mis mejores deseos,

Donna W. Rogers

Cuando abrí las cartas, me temblaron ligeramente los dedos y al comenzar a leer la primera pensé una y otra vez en Mélanie, porque hubiera deseado que ella estuviera allí conmigo, sentada a mi lado en la intimidad de mi dormitorio, compartiendo aquellos testimonios preciosos de la vida de nuestra madre. Leí el encabezado: 28 de julio de 1973, Noirmoutier, hotel Saint-Pierre.

Anoche te esperé en el malecón, pero no viniste. Refrescó y me fui al cabo de un rato; pensé que quizá esta vez te habría resultado difícil escabullirte. Les dije que necesitaba dar un paseo corto por la playa después de cenar y aún me pregunto si me creyeron. Ella me miró como si sospechara algo, aunque yo estoy segura, completamente segura, de que nadie sabe nada. Nadie.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y sentí que no podía soportar seguir leyendo. No importaba, porque podría leerlas más tarde, cuando me sintiera más fuerte. Las doblé de nuevo y las guardé. Las fotografías eran retratos en blanco y negro de June Ashby tomados en un estudio profesional. Estaba muy guapa, con aquel aspecto de fortaleza y aquellos rasgos deslumbrantes y los ojos escrutadores. En el reverso de las fotos mi madre había escrito con su letra redonda e infanticlass="underline" «Mi dulce amor».

Había otras fotos, algunas en color de mi madre con un traje azul y verde que nunca le había visto puesto, de pie frente a un espejo de cuerpo entero, en una habitación que no reconocí. Les sonreía al espejo y al fotógrafo, que supuse que sería June. En la siguiente, mi madre estaba en la misma pose, pero totalmente desnuda. El vestido yacía a sus pies en una pila de color verde y azul. Sentí que me ruborizaba y aparté con rapidez los ojos del cuerpo de mi madre, que no había visto desnudo jamás. Me sentía como un mirón cualquiera. No quería mirar el resto de las fotografías, que mostraban la aventura de mi madre expuesta en toda su desnudez. ¿Habría habido alguna diferencia si June Ashby hubiera sido un hombre? Me obligué a pensar seriamente sobre el asunto. No, no lo creo. Al menos no para mí. ¿Aquello era más difícil de digerir para Mélanie por el hecho de tratarse de un amor lésbico? ¿Lo había hecho eso peor para mi padre? ¿Cuál era el motivo de que Mélanie no quisiera saber nada? Después de todo, me sentía aliviado de que mi hermana no estuviera allí conmigo y no tuviera que ver las fotos. Después cogí la cinta de Súper 8. ¿Realmente quería saber qué había en ella? ¿Y si mostraba intimidades que me resultaran insoportables? ¿Y si luego lamentaba haberla visto? La única manera de averiguarlo era convertirla a DVD. Me fue fácil encontrar un lugar donde lo hicieran en Internet. Si enviaba la película a primera hora de la mañana, la recibiría en un par de días.

En ese momento llevaba el DVD en la mochila. Lo había cogido justo antes de tomar el tren y todavía no había tenido tiempo de verlo. «Cinco minutos», rezaba la etiqueta pegada en la cubierta. Lo saqué de la mochila y lo manoseé con nerviosismo. ¿Cinco minutos de qué? La expresión de mi rostro mostraba tanta alteración que percibí que la chica me miraba. Tenía unos ojos inquisitivos, pero no desagradables. Luego apartó la mirada.

La luz del día fue desapareciendo conforme el tren avanzaba velozmente, balanceándose un poco cuando alcanzaba su velocidad máxima. Nos quedaba aún una hora para llegar. Pensaba en Angele, que me esperaba en la estación de Nantes, y después en el camino que nos aguardaba bajo la lluvia en la Harley hasta Clisson, a unos treinta minutos. Confiaba en que para entonces hubiera amainado la lluvia, pero a ella nunca parecía molestarle, llevaba siempre la ropa adecuada.

Saqué el expediente médico de mi madre de la mochila. Lo había leído con detenimiento, pero no había averiguado nada nuevo en él. Clarisse había comenzado a ver al doctor nada más casarse. Tenía frecuentes resfriados y migrañas; medía un metro cincuenta y ocho -era más baja que Mélanie- y pesaba 48 kilos. Una mujer menudita. Tenía todas las vacunas en orden y sus embarazos habían sido supervisados por el obstetra doctor Giraud en la clínica Belvedere, donde habíamos nacido Mélanie y yo.

De repente, se escuchó un golpe fuerte y el tren cabeceó con violencia, como si las ruedas hubieran tropezado con unas ramas o el tronco de un árbol. Algunas personas gritaron aterrorizadas. El expediente de mi madre se cayó al suelo y la taza de té de la señora inglesa se derramó en la mesa.

– ¡Menudo desastre! -exclamó, e intentó recoger el estropicio con una servilleta.

El tren aminoró la marcha y se detuvo con un frenazo. Todos esperamos en silencio, mirándonos unos a otros. La lluvia comenzó a aporrear los cristales de las ventanillas. Algunos se incorporaban para intentar ver algo en el exterior, y se alzaron murmullos de pánico en zonas distintas del tren. No ocurrió nada durante un buen rato. Un niño se echó a llorar y después se oyó una voz cauta que sonaba por los altavoces:

– Señoras y señores viajeros, nuestro tren se ha visto bloqueado por una dificultad técnica. Les informaremos en breve. Les rogamos que nos disculpen por el retraso.

El hombre corpulento que tenía enfrente exhaló un suspiro desesperado y volvió a coger su BlackBerry. Yo le escribí un mensaje de texto a Angele y le conté lo sucedido. Ella me devolvió otro de forma casi instantánea y sus palabras me dejaron helado.

Siento tener que decirte esto, pero no es una dificultad técnica, sino un suicidio.

La señora inglesa se llevó un susto cuando me levanté para dirigirme hacia la cabecera del tren. Nuestro coche estaba situado casi al principio, al lado de la locomotora. Los pasajeros de los vagones adyacentes estaban impacientes. Muchos de ellos hablaban por el móvil y el nivel de ruido se fue incrementando de forma considerable. Dos revisores aparecieron con sus uniformes oscuros y unos rostros evidentemente taciturnos.

Comprendí con todo el dolor de mi corazón que Angele llevaba razón.

– Perdonen… -les dije, arrinconándolos en el pequeño espacio entre dos vagones, al lado de los servicios-. ¿Pueden decirme qué está pasando?

– Problemas técnicos -masculló uno de ellos, secándose la frente húmeda con una mano temblorosa. Era joven y tenía el rostro espantosamente pálido.

El otro hombre era mayor y se le notaba mucho más experimentado.

– ¿Ha sido un suicidio? -pregunté.

El de más edad asintió apenado.

– Así es. Estaremos aquí un buen rato, y a mucha gente no le va a hacer gracia.