El más joven se apoyó sobre la puerta del baño con el rostro aún más pálido. Me compadecí de él.
– Es su primera vez -suspiró el veterano, que se quitó la gorra y se pasó los dedos entre el cabello que ya raleaba.
– La persona… ¿ha muerto? -logré preguntar.
El revisor de más edad me miró con socarronería.
– Bueno, eso es lo que suele suceder con los trenes de alta velocidad cuando van tan deprisa -gruñó.
– Era una mujer -susurró el joven con la voz tan baja que apenas le podía oír-. El conductor ha dicho que estaba arrodillada en las vías, de cara al tren, con las manos unidas como si estuviera rezando. No ha podido hacer nada, nada.
– Vamos, chico, contrólate -le instó el hombre mayor con firmeza mientras le daba unas palmaditas en el brazo-. Debemos anunciar a los setecientos pasajeros de este tren que vamos a tirarnos aquí un par de horitas.
– ¿Por qué tanto tiempo? -quise saber.
– Hay que recoger los restos del cuerpo uno por uno -comentó el inspector más viejo con sequedad-, y suelen estar diseminados por las vías a lo largo de varios kilómetros. Así que, por el aspecto que tenía la cosa, con la lluvia y todo, tenemos para rato.
El más joven se dio la vuelta como si fuera a vomitar. Di las gracias al hombre mayor y regresé a mi sitio. Encontré una botella pequeña de agua en la mochila y me la bebí de un trago, pero aun así tenía la boca seca. Le envié otro mensaje a Angele:
Tenías razón.
Me contestó:
Son los peores suicidios, los más desastrosos. Pobre de quien fuera.
– Debido a un suicidio en la vía, el tren experimentará un retraso considerable -anunciaron al fin por los altavoces.
La gente a mi alrededor comenzó a lamentarse y suspirar. La señora inglesa sofocó un sollozo y el gordo dio un golpe con el puño en la mesa. La chica guapa tenía puestos los auriculares y no había podido escuchar la noticia, así que se los quitó.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó.
– Alguien se ha suicidado y ahora estamos aquí atascados en mitad de la nada -se quejó el hombre de negro-. ¡Y yo tengo una reunión dentro de una hora!
Ella se quedó mirándole con sus ojos de un perfecto color azul zafiro.
– Perdone, pero ¿acaba de decir que alguien se ha suicidado?
– Sí, eso es lo que he dicho -replicó, arrastrando las palabras y enarbolando su BlackBerry.
– ¿Y se está usted quejando por llegar tarde? -siseó ella con la voz más fría que había oído en mi vida.
Él le devolvió la mirada.
– Tengo una reunión muy importante -masculló.
Ella le miró con una expresión mordaz. Después se levantó y se marchó al bar, pero antes se volvió y le dijo en voz tan alta que la escuchó todo el vagón:
– ¡Gilipollas!
La señora inglesa y yo compartimos un chardonnay para animarnos un poco. Era de noche y había dejado de llover. Unos grandes proyectores iluminaban las vías y acompañaban a un truculento espectáculo de policías, ambulancias y bomberos. Aún podía escuchar el golpazo del tren contra el cuerpo de aquella desdichada. ¿Quién era? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué clase de desesperación la había llevado allí esa noche a esperar bajo la lluvia arrodillada sobre las vías con las manos unidas?
– Parece increíble, pero voy camino de un funeral -comentó la señora inglesa, cuyo nombre era Cynthia. Soltó una risita seca.
– ¡Qué triste! -exclamé.
– Era una vieja amiga mía, Gladys. Se celebra mañana por la mañana. Tenía toda clase de problemas de salud espeluznantes, pero los afrontaba con un coraje increíble. La admiraba mucho.
Su francés era excelente, con sólo una pizca de acento inglés. Cuando se lo comenté, sonrió de nuevo.
– He vivido en Francia toda mi vida, pues me casé con un francés -me explicó al tiempo que me guiñaba un ojo.
La chica guapa volvió del vagón cafetería y se sentó cerca de nosotros. Hablaba por el móvil, moviendo las manos de un lado para otro. Parecía agitada.
– Estaba buscando precisamente un poema para leerlo en el funeral de Gladys -continuó Cynthia- cuando chocamos con esa pobre mujer que decidió acabar con su vida.
– ¿Y lo ha encontrado? -le pregunté.
– Sí, así es. ¿Ha oído hablar alguna vez de Christina Gabriel Rossetti?
Hice una mueca.
– Me temo que no entiendo mucho de poesía.
– Yo tampoco, pero quería escoger algo que no fuera morboso ni triste y creo que al final lo he hallado. Christina Rossetti es una poetisa victoriana totalmente desconocida en Francia, según creo, y es una pena, porque en mi opinión tenía un gran talento* Su hermano Dante Gabriel Rossetti le robó toda la atención y se quedó con toda la fama. Tal vez haya visto alguno de sus cuadros. Estilo prerrafaelita. Era bastante bueno.
– Tampoco entiendo mucho de pintura.
– Oh, vamos, seguro que ha visto algo suyo, esas lúgubres señoras sensuales con flotantes cabellos de color caoba, labios llenos y largos vestidos.
– A lo mejor. -Me encogí de hombros, sonriendo ante la forma en que sus manos expresivas sugerían la presencia de grandes pechos-. ¿Y qué tal es el poema de su hermana? ¿Podría leérmelo?
– Vale, y podríamos pensar un poco en la persona que acaba de morir. ¿Por qué no?
– Era una mujer. Me lo han dicho los revisores.
– Entonces leeremos el poema en su memoria. Que Dios la acoja en su seno.
Cynthia sacó el libro de poesía del bolso, se puso las gafas -que hacían que sus ojos parecieran tan grandes como los de un búho- y comenzó a leer en voz alta, con entonación teatral. Todos los viajeros del vagón se volvieron para mirarla.
Cuando muera, querido mío,
no entones canciones tristes por mí,
no plantes rosas sobre mi cabeza
ni siquiera un umbroso ciprés.
Sé como la hierba verde que me cubra
húmeda por la lluvia y el rocío.
Y si quieres, recuérdame,
o si lo prefieres, olvídame.
Continuó leyendo, elevando la voz sobre el repentino silencio, y sobre los ruidos crispantes y chirriantes de lo que fuera que estuvieran haciendo allí fuera, y en lo que no quería pensar. Era un poema conmovedor, hermoso en su sencillez, y de alguna manera me devolvió la esperanza. Cuando terminó de leer, algunas personas murmuraron su agradecimiento y el rostro de la chica bonita estaba lleno de lágrimas.
– Gracias -le dije.
Cynthia asintió.
– Me alegro de que le haya gustado. Creo que era apropiado.
La chica se nos acercó con timidez. Le solicitó a Cynthia la referencia del poema y la anotó en su cuaderno. Le pedí que se uniera a nosotros y ella se sentó, agradecida. Nos dijo que esperaba que no la consideráramos grosera por lo que le había dicho al hombre vestido de negro un poco antes.
Cynthia hizo un ademán de burla.
– ¿Grosera? Querida, creo que has estado estupenda.
La chica sonrió con modestia. Era realmente guapa. Tenía una figura excepcional, con pechos erguidos apenas visibles bajo un jersey largo y suelto, caderas fluidas y piernas largas y unas nalgas redondas debajo de los ajustados Levis.
– Ya se lo imaginarán, no puedo evitar pensar en lo que ha pasado -murmuró-. Casi me siento responsable, como si yo misma hubiera matado a esa pobre persona.
– Eso no es lo que ha sucedido -comenté.
– Quizá, pero no lo puedo evitar. Todavía siento el golpe. -Se estremeció-. Y tampoco puedo evitar pensar en el conductor del tren… ¿Se lo imaginan ustedes? Aunque supongo que es imposible frenar a tiempo en estos trenes de alta velocidad. Y la familia de esa persona… Les he oído decir que es una mujer… Me pregunto si ya se lo habrán dicho. ¿La habrán identificado ya? Quizá no lo sepan aún. Quizá sus seres queridos no tengan ni idea de que su madre, hermana, hija, esposa o lo que sea ha muerto. No puedo soportarlo. -Comenzó a llorar de nuevo, muy suavemente-. Quiero salir ya de este tren horrible, ojalá que esto no hubiera ocurrido jamás. ¡Me gustaría que esa persona estuviera viva!