Cynthia la cogió de la mano. Yo no me atreví, porque no quería que esa criatura encantadora pensara que pretendía aprovechar la ocasión.
– Todos nos sentimos como tú -le dijo Cynthia con dulzura-. Lo que ha sucedido esta noche es espantoso. Horrible. ¿Cómo es posible que haya gente a la que no le afecte?
– Ese hombre…, ese hombre que no hacía más que decir que iba a llegar tarde -sollozó-, y también había otros, les he oído.
Yo estaba obsesionado por ese golpe, pero no se lo dije porque su sorprendente belleza tenía más fuerza que el odioso poder de la muerte. Esa noche me abrumaba la muerte. Jamás en mi vida la muerte había extendido sus alas a mi alrededor como el zumbido persistente de un mosquito. El cementerio al que daba mi apartamento. El funeral de Pauline. Los restos de animales sacrificados a lo largo de la carretera en el viaje de vuelta. El abrigo rojo de mi madre en el suelo del salón pequeño. Blanche. Las femeninas manos de Angele manejando cadáveres. Aquella mujer sin rostro, desesperada, aguardando al tren bajo la lluvia.
Y yo estaba contento, tan contento, incluso aliviado, por ser un hombre, sólo un hombre, que, ante la faz de la muerte, se sentía más inclinado a alargar la mano y manosear los bellos pechos de una extraña que a romper a llorar.
El dormitorio de Angele tenía un aspecto exótico del que jamás iba a cansarme. El techo de color oro azafranado y las cálidas paredes de color rojo canela suponían un contraste muy interesante con respecto a la morgue donde trabajaba. La puerta, los marcos de las ventanas y el zócalo en azul oscuro. Unos saris de seda bordada amarillos y naranjas colgaban de las ventanas. Las pequeñas linternas marroquíes arrojaban una temblorosa luz, como la de las velas, sobre la cama, cubierta con sábanas de lino beis. Esa noche había esparcido pétalos de rosa sobre las almohadas.
– ¿Y qué pasa contigo, Antoine Rey? -me aguijoneó ella, intentando desabrochar torpemente mi cinturón (y yo el suyo) -. Lo que pasa es que debajo de ese romántico y encantador exterior, esos vaqueros limpios, esas camisas blancas recién planchadas y esos jerséis Shetland verde militar, no eres más que una fiera sexual.
– ¿No lo somos todos los hombres? -pregunté, intentando soltar las hebillas de sus botas de motera negras.
– Muchos hombres lo son, pero algunos más que otros.
– Había una chica en el tren…
– ¿Hum? -repuso ella, desabotonando la camisa.
Las botas cayeron por fin al suelo con un golpe sordo.
– Sorprendentemente atractiva.
Ella sonrió abiertamente mientras se desprendía de sus vaqueros negros.
– No soy celosa, ya lo sabes.
– Ya, sí, lo sé, pero gracias a ella he logrado soportar esas atroces tres horas en el tren mientras recogían de entre las ruedas los restos de esa pobre señora.
– ¿Y puedo preguntar cómo pudo ayudarte a soportar esas tres horas la chica sorprendentemente atractiva?
– Leyendo poesía victoriana.
– Estoy segura de ello.
Se echó a reír, con esa risa sexy y algo ronca que me gustaba tanto, y la agarré, la apreté contra mi cuerpo y la besé con avidez. La follé como si no hubiera un mañana. Y los fragantes pétalos de rosa se mezclaron con su pelo y me entraron en la boca con su sabor un poco amargo. Me sentí como si no tuviera nunca suficiente de ella, como si ésa fuera nuestra última vez. Me puse frenético de pura lujuria y ansiaba decirle cuánto la amaba, pero las palabras no salieron de mi boca, sólo gestos, gruñidos y gemidos.
– ¿Sabes? Deberías pasar más tiempo encerrado en un tren -murmuró soñolienta cuando yacíamos sobre las arrugadas sábanas de lino, exhaustos.
– Y yo lo siento por todos esos muertos a los que arreglas. No tienen ni idea de lo buena que eres en la cama.
Luego nos duchamos y nos tomamos un tardío tentempié de queso, pan de Poilane y unos cuantos vasos de burdeos, más un par de cigarrillos. Después, más tarde, mucho más tarde, una vez que nos instalamos en el salón, con Angele confortablemente tumbada en el sofá, finalmente me preguntó:
– Cuéntamelo, cuéntame lo de June y Clarisse.
Saqué el expediente médico, las fotografías, las cartas, el informe del detective y el DVD de mi mochila. Ella me observó con el vaso en la mano.
– No sé por dónde empezar -le expliqué, despacio, confuso.
– Imagínate que estás contando una historia. Imagínate que no sé nada, nada en absoluto, que nunca me he encontrado contigo y me lo tienes que contar todo, con mucho cuidado, con todos los detalles correctos. Empieza como si fuera un cuento. «Erase una vez…».
Alargué la mano y cogí uno de sus cigarrillos Marlboro. No lo encendí, simplemente lo sostuve entre los dedos. Me quedé allí quieto, frente a la chimenea, con su luz moribunda y las brasas relumbrando rojas en la oscuridad. También me gustaba esa habitación, por su tamaño, las vigas y las paredes forradas de libros, la antigua mesa cuadrada de madera y el tranquilo jardín que se extendía más allá, aunque en ese momento no lo viera, pues los postigos estaban cerrados por la noche.
– Erase una vez, en el verano de 1972, una mujer casada que se fue de veraneo a la isla de Noirmoutier con sus suegros y sus dos hijos. Iba a pasar unas vacaciones de dos semanas, y su marido se reuniría con ellos los fines de semana, si no estaba demasiado ocupado. Ella se llamaba Clarisse, era encantadora y dulce, para nada una sofisticada parisina…
Hice una pausa. Me parecía muy raro hablar de mi madre con mis propias palabras.
– Continúa -me apremió Angele-. Vas muy bien.
– Clarisse procedía de las Cévennes y sus padres eran gente sencilla de campo, pero ella había emparentado con una rica y acaudalada familia parisina. Su marido era un joven abogado inconformista, François Rey, muy conocido por el caso Vallombreux a comienzos de los setenta. -Mi voz se desvaneció. Angele tenía razón, aquello era una historia, la historia de mi madre. Y jamás se la había contado a nadie. Seguí adelante después de hacer una pausa-. En el hotel Saint-Pierre, Clarisse conoce a una americana llamada June, mayor que ella. ¿Cómo se conocieron? Quizá tomaron una copa juntas un atardecer. O quizá en la playa, por la tarde. O en el desayuno, la comida o la cena. June tenía una galería de arte en la ciudad de Nueva York y era lesbiana. ¿Había acudido allí con una novia? ¿Estaba sola? Todo lo que sabemos es que… Clarisse y June se enamoraron ese verano. Y no fue sólo un lío ni un amor veraniego… No fue sólo sexo…, fue amor. Un inesperado amor con la fuerza de un tornado, de un huracán…, amor de verdad… De esa clase que sólo sucede una vez en la vida…
– Enciende el cigarrillo -me ordenó Angele-, te ayudará.
Yo seguí su consejo y luego inhalé profundamente. Tenía razón, me ayudaba.
– Claro, no tenía que enterarse nadie -continué-. Había demasiado en juego. June y Clarisse se vieron siempre que les fue posible durante el resto de 1972 hasta el comienzo de 1973, y no fueron encuentros muy frecuentes, porque June vivía en Nueva York, aunque, como solía visitar París por negocios una vez al mes, se veían en el hotel en que ésta se alojaba. Fue entonces cuando planearon pasar el verano de 1973 juntas en Noirmoutier. Y June y Clarisse no tenían las cosas nada fáciles ese verano. Aunque el marido de Clarisse no acudiera muy a menudo, porque debía trabajar y viajar, la suegra, Blanche, un día tuvo una horrible e inquietante sospecha. Intuyó todo y aquel día tomó una decisión.
– ¿Qué quieres decir? -me interrogó Angele, alarmada.
Yo no contesté. Continué con mi historia, concentrado, tomándome mi tiempo.