– ¿Cómo se enteró Blanche? ¿Qué fue lo que vio? ¿Fue una fugaz mirada de deseo que duró un poco más de lo que era prudente? ¿Una mano tierna acariciando un brazo desnudo? ¿O fue un beso prohibido? ¿Fue una silueta la que descubrió una noche mientras se deslizaba de una habitación a la otra? Fuera lo que fuese lo que Blanche vio, se lo guardó para ella. No se lo contó a su marido ni a su hijo. ¿Por qué? Porque habría sido una vergüenza demasiado grande. Tenía pánico al escándalo: su nuera, que ya llevaba el nombre de los Rey y era madre de sus nietos, tenía un lío y, para empeorarlo todo, con una mujer. ¡Habría que pasar por encima de su cadáver antes de ensuciar el prestigio de la familia Rey! Ella había trabajado demasiado duro para mantener su buen nombre, y no la habían traído al mundo para permitir tal ofensa. Ella, una Fromet de la Passy, casada con un Rey de Chaillot, no, eso era impensable. Era monstruoso. La aventura debía terminar de una vez por todas, y rápido.
Era extraño, me sentía muy tranquilo mientras contaba la historia, la historia de mi madre. No miré al rostro de Angele porque sabía que tenía que estar acongojada. Sabía a lo que le debía de sonar mi historia, con aquella fuerza, aquella potencia. Nunca la había puesto en palabras ni había pronunciado aquella secuencia exacta de frases y jamás había dicho lo que en ese momento estaba contando. Cada palabra surgía como si fuera un bebé en su nacimiento, sintiendo el impacto del aire frío en su cuerpo frágil y desnudo cuando se desliza fuera del útero.
– Blanche se enfrentó con Clarisse en Noirmoutier, en el hotel. Clarisse se echó a llorar, disgustada. La escena tuvo lugar en la habitación de Blanche, en la primera planta. Blanche lanzó una advertencia con un tono terrorífico, ominoso. La amenazó con revelar el asunto a su hijo, el marido de Clarisse. Le dijo también que le quitaría a los niños. Clarisse cedió sollozando: «Sí, sí, claro, no volveré a ver a June». Pero no logró evitarlo, el asunto se le fue de las manos. Volvió a verla una y otra vez y June se reía de su suegra cuando se lo contó, pues no temía a una vieja esnob. El día que June abandonaba el hotel de Noirmoutier para regresar a París, camino de Nueva York, Clarisse deslizó una carta de amor bajo la puerta de June, pero ésta nunca la recibió, porque fue interceptada por Blanche. Y ahí es donde empezó el problema de verdad.
Angele se levantó para atizar las brasas de la chimenea, porque la sala se había enfriado. Se había hecho tarde, muy tarde, no sabía cuánto, porque sólo era consciente del cansancio que me pesaba como plomo en los párpados, pero sabía que debía llegar hasta el final de la historia, a la parte que más me hacía sufrir, aquella que no deseaba traducir a palabras.
– Blanche se enteró de que June y Clarisse seguían siendo amantes. Gracias a la carta interceptada, supo que Clarisse había hecho planes de futuro con June y los niños. En algún momento y en algún lugar. Leyó la carta con aversión y repulsión. No, no habría un futuro para June y Clarisse, no había ningún futuro posible para ellas, al menos no en su mundo. Y desde luego no iba a consentir que sus nietos, que eran unos Rey, tuvieran nada que ver con eso.
»La dama se dirigió a un detective privado parisino y le explicó su encargo: quería que siguiera a su nuera, y pagó un montón de dinero con tal propósito. En ese momento tampoco le dijo nada a su familia y, por eso, Clarisse se creyó a salvo. Esperaba el momento en que June y ella pudieran ser libres. Ya había comprendido que debía dejar a su marido, sabía lo que eso supondría, y temía por sus hijos. Sin embargo, ella estaba enamorada y creía que al final el amor se abriría camino y le permitiría quedarse con sus hijos, que eran lo más preciado para ella, y con June. Le gustaba imaginar un lugar, un lugar seguro donde ella algún día podría vivir con June y sus hijos.
»Pero June tenía más años y era más sabia, y ella sí sabía cómo funcionaba el mundo; tenía muy claro que dos mujeres no podían vivir juntas como pareja y ser tratadas como personas normales. Eso podría ocurrir en Nueva York, allí quizá, pero no en París, y desde luego no en 1973. Y, por supuesto, menos aún en la clase de sociedad en la que vivía la familia Rey. Intentó explicárselo a Clarisse y le pidió que esperaran, que se tomaran su tiempo. Las cosas ocurrirían por sí solas, con calma, lentamente, cuando hubiera menos dificultades, pero Clarisse era más joven, y más impaciente. No quería esperar y no quiso darse ese tiempo.
La tristeza se acerca por fin, como un amigo peligroso pero familiar al que ves llegar con aprensión. Sentía un gran peso en el pecho, que me parecía demasiado pequeño para contener mis pulmones. Me detuve y di dos grandes bocanadas de aire. Angele acudió a mi lado, su cuerpo cálido se apretó contra el mío, y eso me dio fuerzas para continuar.
– Esas Navidades fueron espantosas para Clarisse. Nunca se había sentido más sola y echaba de menos a June con desesperación. Su amada tenía una vida ocupada, activa, en Nueva York, con su galería, sus obligaciones sociales, sus amigos, sus artistas. Clarisse sólo tenía a sus hijos y ningún amigo, salvo Gaspard, el hijo de la doncella de su suegra. ¿Podía confiar en él? ¿Qué podría contarle? Tenía sólo quince años, apenas unos años más que su propio hijo; era un joven encantador, de mente sencilla. ¿La entendería él? ¿Sabría él que dos mujeres podían enamorarse, que eso no las convertía en dos seres perversos e inmorales?
»Su marido vivía consagrado a su trabajo, los juicios, los clientes. Tal vez ella intentara contárselo y dejar pistas, pero él estaba demasiado ocupado para escucharla, ocupado subiendo peldaños en la sociedad, pavimentando su camino hacia el éxito. Él la había sacado de en medio de la nada, pues ella no era más que una muchacha de Provenza, tan falta de sofisticación que había dejado a sus padres alelados. Sin embargo era hermosa, era la más encantadora, exuberante y preciosa chica que había visto en su vida. A ella no le importaban su fortuna, el nombre de la familia, los Rey, los Fromet, los inmuebles, las propiedades, la clase social. Ella le hacía reír, y nadie había conseguido antes hacer reír a François Rey.
Los brazos de Angele se abrieron camino hasta enlazarse en torno a mi cuello y su boca cálida me besó la nuca. Yo relajé los hombros ahora que me aproximaba al final de la historia.
– Blanche recibió el informe del detective en enero de 1974. Allí estaba todo, absolutamente todo. Cuántas veces se habían encontrado, dónde, cuándo, y todo documentado con las pertinentes fotografías. Aquello le causó repulsión, la enloqueció. Estuvo a punto de contárselo a su marido, de lo enfurecida, molesta y consternada que estaba, pero no lo hizo. June Ashby se dio cuenta de que las estaban siguiendo y fue capaz de descubrir que el detective procedía de la residencia de los Rey. Llamó a Blanche para exigirle que se metiera en «sus jodidos asuntos», pero Blanche no contestaba sus llamadas, sólo conseguía hablar con la doncella o con su hijo. June le dijo a Clarisse que tuviera cuidado e intentó advertirla, explicarle que necesitaban frenar un poco, que la situación se tranquilizara y esperar, pero Clarisse no podía soportarlo. No podía soportar la idea de que la siguieran y sabía que Blanche la llamaría para mostrarle las fotos comprometedoras y que la obligaría a no volver a ver a June, que la amenazaría con quitarle los niños.
»Así que una mañana, una fría y soleada mañana de febrero, Clarisse esperó hasta que los niños estuvieran camino del colegio y su esposo se hubiera ido a la oficina, se puso un precioso abrigo rojo y se dirigió a la avenida Kléber desde la avenida Henri-Martin. Era un paseo corto que había recorrido a menudo con los niños o con su marido, pero no desde hacía tiempo, desde las Navidades, desde que se había enterado de que Blanche quería sacar a June de su vida. Caminó con rapidez hasta que se quedó sin aliento, y el corazón se le aceleró y latió muy rápido, demasiado rápido, pero no lo sabía y continuó con la intención de llegar a la casa de su suegra lo más pronto posible.